XLIII.
El Padre salió de la capilla y regresando luego con la pala y el azadón del jardinero, acabó de abrir un sepulcro en el mismo lugar donde pocas horas antes había estallado la granada.
¡Triste destino el de aquella mujer excepcional, que después de haber pasado su vida en la constante anarquía de las pasiones, hubo de hallar un sepulcro en el hueco que abriera el proyectil de la revolución!
En medio de un silencio absoluto y con religiosa veneración pusieron ambos el cadáver en su lecho de tierra.
D. Carlos colocó en el rostro de María su pañuelo mojado con lágrimas.
La tierra cubrió aquella fatal belleza; su amante cayó de rodillas murmurando una oración y el Padre se retiró.
Al punto una fuerte ráfaga de viento entró por las vidrieras rotas y apagó la lámpara del altar.
El desdichado joven, como si temiera que le robasen los despojos de su amor que había ocultado en el secreto de la tumba, no quiso salir de la capilla.
Detenido por una fuerza sobrenatural, permaneció allí veinticuatro horas en vigilia solitaria y dolorosa.
Sus recuerdos y sus pensamientos chocaban y se confundían en aquella tumba, como los restos del buque despedazado se adhieren á la roca donde los lleva la tempestad.