XLIV.

Al anochecer del día siguiente, el Padre José compadecido de tanto dolor y temiendo que la debilitada existencia de D. Carlos se agotara con el sufrimiento, quiso ir á pedirle ó mandarle, si era necesario, que se retirase á descansar; pero hasta la media noche sus múltiples atenciones le permitieron dirigirse á la capilla.

Después de orar un momento, fué adonde se hallaba D. Carlos postrado con la frente sobre la tierra y los brazos extendidos.

Inútilmente le habló, le tocó el hombro y le movió la cabeza creyendo que dormía; D. Carlos Félix de Miranda, por fin gozaba de la eterna paz, había muerto de dolor abrazando el sepulcro de aquella mujer tan querida, tan ingrata y tan funesta.

Él lo había dicho: la vida de María era su vida.

El anciano sacerdote que debería tener un cuerpo de hierro para resistir tantas fatigas y un corazón de oro para padecer y amar como él sufría y amaba, tomó en sus brazos el cuerpo de su amigo, lo tendió al pié del altar y dió gracias al cielo por haber quitado del mundo aquel pobre hombre que ya no podía vivir con una llaga tan grande abierta en el corazón.

Luego se dirigió al pórtico de la iglesia donde Sebastián dormía y lo despertó.

El pobre viejo desde que cargaba tantos remordimientos, no podía dormir bien, por lo que se levantó muy asustado murmurando:

—Mande mi padre.

—Sebastián,—le dijo el religioso con triste acento:—ahora ya puedo permitirte que veas y abraces á tu amo,—y lo invitó á entrar en el templo.

El mendigo lo siguió aturdido.