XLV.

Aquel gallego de corazón duro, envejecido en el indiferentismo de la vida material, aquel asesino que sabía matar á sangre fría, dió un grito de horror al ver que D. Carlos estaba muerto, se irguió con desesperado esfuerzo y soltó su bastón diciendo:—¡Mi amo! ¡Mi padre! ¡Mi hijo!—luego llorando se dejó caer y besó los piés del cadáver.

Pasado un breve rato, dijo el Guardián:—Es preciso darle un sepulcro ignorado como él me lo pidió.

Con los útiles que en la noche anterior habían quedado tras de un altar, cavaron una sepultura junto á la de María Luisa.

Antes de colocar el cuerpo en la fosa, el Padre José le quitó del cuello la medalla que María le había dado cuando era niña y la entregó al mendigo, que la besó llorando.

Por último, tomó el padre la mano del cadáver, la estrechó fuertemente é invocando el espíritu de Dios sobre aquellas dos tumbas se retiró.

Sebastián cubrió la sepultura de su amo y cada paletada de tierra que arrojaba, iba mezclada con su llanto.

Al otro día ofreció el Padre José un sacrificio ante los sepulcros de aquella pareja infortunada y cuando se proponía descansar de tantas impresiones, le avisaron que lo buscaba el Secretario del Gobierno.