XLVI.
"En el acto salió de las sombras la prisionera, temblorosa y despeinada; cayendo de rodillas á mis piés, con las manos extendidas, gritó llorando:—¡Perdóname, soy muy culpable!"
"Yo quedé como herido por un rayo, con los ojos fijos y los brazos caídos."
"¡Era María Luisa, la misma María Luisa que volvía yo á encontrar como aparición milagrosa!"
"—En nombre del cielo......—la dije:—¿Eres tú María?"
"—¡Perdón! ¡Perdón!—repitió sin oirme,—déjame aquí toda la vida ó mátame, porque si no me mato yo; pero antes perdóname."
"Sí, María, te perdono con todo el corazón,—contesté,—pero levántate y dime ¿por qué te encuentro así? ¿Por qué me dirían que habías muerto?"
—"¿Por qué me dijeron que te habías casado en España?—repuso sin que cesara de llorar."
"Después de un momento de penosa vacilación se levantó y permaneciendo muda é inmóvil como la estatua del dolor, sus ojos derramaban un fuego sombrío y sus lágrimas rodaban hasta secarse en su pecho enardecido."
"Mostraba tal melancolía en su frente y tanto dolor en su mirada, que me causó inmensa compasión y no queriendo que me viera estremecerme de pesar, retrocedí buscando un apoyo en la pared."
"¡En qué estado y en qué lugar encontré á la mujer que había sido el hechizo y la adoración de mi vida!"
"Cuando partí á Europa dejé una flor sin mancha, una virgen cándida y pura como ángel del cielo y aquel día contemplaba llorando á mis piés, una mujer perdida para siempre, un vaso de ignominia sacado á subasta en el albañal del vicio."
"Por la turbación de mis sentidos no sabía cómo concluir aquella escena terrible."
"Tuve miedo, vergüenza, horror...... y permanecía mudo también."
"Ella rompió el silencio y en breves palabras me refirió cómo después de la muerte de mi madre se enfermó gravemente y apenas restablecida, mi tío quiso seducirla persuadiéndola de que yo estaba casado en España y no volvería; ofendido por su resistencia la despidió de la casa, lo mismo que á Sebastián, única persona que le daba buen trato en memoria mía."