XLVII.
—Padre, hoy estamos de plácemes y yo me congratulo más, porque traigo para Ud. una buena noticia.
—Ciertamente debemos felicitarnos porque ya cesó el derramamiento de sangre y la peste va desapareciendo.
—Hay más todavía; el Señor Gobernador me manda participe á Ud., que acaba de salir el decreto de expulsión para los súbditos españoles; razones de alta política y necesidades de la situación han obligado á dar este paso; pero dice Su Excelencia, que como Ud. es más mexicano que español y por sus servicios hechos á la patria tiene títulos gloriosos y derechos á la gratitud nacional, será Ud. una excepción, pudiendo permanecer con nosotros.
—¿Y á qué otras personas exceptúa ese mandato?
—A ninguna, Padre, pero el Señor Gobernador quiere tener con Ud. solamente, una distinción, una......
—Una tolerancia.
—Sí, Padre.
—Siendo así, puedes manifestar á Su Excelencia que mi alma le agradece su bondadosa distinción; pero que con la mano en la conciencia rehuso ese favor. Muy doloroso me será dejar este país, porque aquí he hallado la paz del corazón y veo á todos ustedes como hermanos y como hijos, respeto la razón de estado que haya tenido el Gobierno para dictar esa determinación y tal vez los pequeños servicios que durante mi juventud presté á la causa de la libertad pudieran clamar en mi favor; pero yo no debo renegar de mi nacionalidad ni el decreto de que me hablas puede hacer mención de mi persona. Tú sabes que los efectos de una ley sólo se suspenden con otra; si yo aceptara esa tolerancia, comprometería ciertamente la honra del jefe del Estado.
—El Gobernador puede......
—Los gobernantes no pueden lo que no deben hacer. Por otra parte, hay en Oaxaca muchos españoles, que ajenos á la política, merecen toda consideración y yo no debo anteponerme á esas honorabilísimas personas. ¿Qué dirían del Gobierno y de mí los que me vieran permanecer tranquilo mientras mis hermanos caminaban al destierro? ¿Cómo vería correr las lágrimas de la viuda y de los huérfanos, disfrutando yo las comodidades del claustro?