XLVIII.
El venerable prelado calló unos instantes como reflexionando en lo que iba á decir; luego añadió con noble dignidad:
—¿Los que nos llamamos liberales y tanto hemos defendido la igualdad política del derecho hemos de practicar la desigualdad en los hechos? Para la administración que acaba de constituirse á costa de tanta sangre, no es decoroso barrenar las leyes el mismo día que las promulga. Eso sería herir el derecho ajeno y entronizar el absolutismo bajo el dosel de la república; yo creo que un gobierno prudente deberá estudiar mucho sus determinaciones antes de sancionarlas, porque los excesos de la libertad conducen al despotismo; pero en el ejercicio de su deber, le es deshonroso inclinarse ante las consideraciones de amistad y los respetos humanos.
—Sin embargo, Padre...... ¿Cómo podría Ud. caminar?...... Su salud y su edad no se lo permitirán, y además, si va Ud. á España...... sábese allí que combatió en las filas de la insurrección......
—No tengas cuidado, verdad es que ya me inclino al sepulcro; pero Dios me dará fuerzas. No sé si el gobierno de mi patria me habrá borrado de la lista de los proscritos; mas ahora pienso dirigirme á Guatemala, donde tengo hermanos que me darán un rincón para clamar á Dios y servir á los hombres; mañana partiré. No olvides manifestar al Señor Gobernador mi agradecimiento. Tú, sigue siendo bueno y acuérdate de mí.