XVII.
"No pudiendo ya sufrir la curiosidad que me agitaba y el viento frío de la mañana, dejé mi trabajo y entré á la panadería con pretexto de comprar pan."
"—¿Ya sabe Ud. lo que pasa, maestro Sebastián?—me dijo el dependiente."
"—¿Qué, ha pasado algo?—le pregunté mirándome la ropa, pues en aquel momento advertí que pudiera tener alguna mancha de sangre."
"El muchacho me contestó:—Que la maldita mujer, esa que vive enfrente, hacía tiempo que llevaba relaciones con el hijo del patrón y anoche lo asesinó; pero ya se la llevaron á la cárcel. Ud. dirá: cerca de la media noche salió al balcón diciendo á gritos que había entrado un hombre para robar y matar á todos; pero eso no es cierto; las criadas han declarado que nadie pudo entrar porque habían cerrado con llave. Ya la esposa del maestro está en posesión de la casa; dice que se la tomará en pago de los daños y perjuicios."
"El pan que yo comía se me detuvo tanto en la garganta que ya no pude hablar y salí de la tienda."
"Como tenía frío y miedo, fuí á tomar un vaso de aguardiente y seguí trabajando."
"Estaba yo poniendo la última piedra de la cornisa superior; desde allí pudo ver á la señora panadera entrar y salir al balcón y andar por las piezas como si estuviera en su casa."
"De repente bajó y parada en la puerta de la panadería, empezó á decir muchas maldiciones contra María Luisa."
"A todas sus conocidas que pasaban las detenía para contarles lo que llamaba el caso, las invitaba á que viesen la casa que ya consideraba suya, ponderándoles el valor de sus muebles y decía manoteando:—Afortunadamente me ha quedado una buena finca porque para eso tiene uno hijos."