XVIII.
"Indignado contra la infame á quien más preocupaban los espejos y candiles que la muerte de su hijo, me ví tentado de aplastarla tirándole un trozo de cornisa, pues precisamente la puerta de su tienda quedaba al pié de un andamio."
"En esos momentos sentí que la bebida ya estaba descomponiéndome y al voltearme para oir mejor lo que decía la panadera, puse un pié en el vacío y caí sobre aquella mujer, sin hacerle gran daño por pura casualidad."
"Al verme tirado dijo gritando:—¡Jesús me valga! ¡Otro muerto! ¡Hoy es el juicio final!"
—¡Justicia de Dios!—Murmuró el Padre José moviendo la cabeza.
"Yo no perdí completamente los sentidos,—continuó Sebastián,—miraba y oía sin poder hablar ni moverme y soportaba fuertes dolores en un brazo y una pierna."
"Ya ve Ud., Padre, que Dios me castigó tan pronto como lo merecía."
"Mientras bajaban mis compañeros á socorrerme, pasó una señora que me conocía y habló por mí á la panadera diciendo:—¡Pobre maestro Sebastián! ¿No quiere Ud. que lo llevemos á su casa mientras vienen por él?"
"¡No lo permita Dios!—Contestó la mala mujer apretándose la cabeza,—si acaba de morir mi hijo y no quiero estorbos en mi casa nueva. ¿No ve Ud. que se mancharían las alfombras?"
"Inmediatamente me condujeron al hospital."
"Allí por desgracia, ví el cadáver del joven que había matado; estaba en el corredor, tendido sobre una mesa de piedra muy limpia y para más tormento mío, me colocaron en una sala cuya puerta se abría frente á la piedra, por lo que no dejaba yo de ver al muerto."