XXXIX.
Entre tanto el Padre José había encendido el farol y la enferma volvió de su paroxismo.
Aquel prudente anciano, que sabía demasiado la historia de María Luisa, pudo penetrar en las tinieblas de su corazón para consolarla y sostenerla.
Ella pensó que á la última hora de su vida se aparecía la sombra de D. Carlos acusándola ante Dios y ante los hombres.
Bañada en lágrimas contó al Padre cómo había rodado de abismo en abismo y cómo fué tan ingrata con aquel hombre virtuoso que tanto la había querido y perdonado, hasta quedar esclava del sargento que yacía muerto cerca de ella.
Después de un rato de angustiosa fatiga, el enfriamiento del cólera se apoderó de su corazón y con acento suplicante dijo:—Padre, le ruego que por caridad, llame á el alma de Carlos y en mi nombre, pídale perdón.
Al punto dejó caer su lánguida cabeza como la flor que rueda por el suelo cuando un vil gusano ha llegado á morder su tallo vacilante.
Su agonía fué tranquila y momentánea.
El Padre no quiso decirle que D. Carlos existía; poniendo entre sus manos un pequeño crucifijo, pronunció en su oído palabras de salvación.
La pobre mujer volvió á balbucear el nombre de D. Carlos y murió.