XXXVIII.

D. Carlos aproximó la luz cuanto pudo; entonces la enferma tuvo un estremecimiento, lanzó un grito de terror y cubriéndose el rostro con las manos exclamó:—¡Dios mío! ¡El muerto! y quedó desmayada.

A la vez D. Carlos tiró el farol gritando:—¡María Luisa! ¡María Luisa!

La pieza estaba completamente obscura.

En el arrebato del momento, el amante de María se arrojó sobre ella para estrecharla en sus brazos, pero el anciano lo detuvo diciéndole con voz terrible:

—Valor, amigo mío, lo que aquí precisa es un médico, vaya Ud. á traerlo porque esta mujer se muere.

El joven obedeció maquinalmente, corrió como un loco en las tinieblas pisando los cadáveres tendidos en el corredor y se lanzó á la calle.

A esa hora las tropas de Santo Domingo bajaban haciendo fuego sobre las trincheras para posesionarse con precaución de la plaza desocupada.

D. Carlos se dirigía precipitadamente á la casa de su médico y cuando algún centinela le gritaba:—¿Quién vive?—ó le marcaba el alto, él respondía con penoso acento:—¡Un médico! ¡Un médico!—y continuaba su carrera.

Hubo un momento en que no escuchó la voz de unos soldados que lo llamaban y sólo se apercibió de ello al sentir en el rostro varios golpes de piedras y tierra desprendidas de la pared por una bala que le habían disparado.

El plomo desvió su dirección quizás porque la muerte se compadeció de tan inmenso dolor.