LII

Escuchó el rey don Alfonso

las palabras halagüeñas

del Cid en su despedida

cuando se partió á la guerra,

y dijo á sus infanzones:

—Hoy deja nuestras banderas

el home más animoso

que sangre de moros riega:

y aunque parezca osadía

el fablar con tantas veras,

non fueron atrevimientos,

supuesto que lo asemejan.

Los amoríos del alma

en el pecho do se encierran

lealtad y amor, con su rey

tienen para hablar licencia.

Alongado va al destierro,

y veo que en su presencia

es sólo un home el que parte

y mil voluntades lleva;

y cuido que un buen guerrero,

cuando de su rey se ausenta,

reprochado de su corte,

se ha de tener á la ajena;

que de un edificio grande,

si se le rompe una piedra,

por sólo su desencaje

se suele venir á tierra.

No hay folgarse entre los reyes,

que nunca los reyes fuelgan,

cuidando el pro de sus reinos

y haciendo en los lueñes guerra.

Si fidalgos con la espada

por su rey en lides entran,

el rey con espada y alma

anda, padece y pelea.

¡Gran lidiador es el Cid!

¡fuerte y noble en gran manera!

Pero si no es homildoso

de Dios y del rey, ¿qué espera?

Conviene que el Cid se alongue,

y dirán en lueñes tierras

que Alfonso face justicia

y en castigo á nadie excepta.