XLI

El hijo de Arias Gonzalo,

el mancebito Pedro Arias,

para responder á un reto

velando estaba unas armas.

Era su padre el padrino,

la madrina doña Urraca,

y el Obispo de Zamora

es el que la misa canta.

El altar tiene compuesto,

y el sacristán perfumaba

á San Jorge y San Román,

y á Santiago el de España.

Estaban sobre la mesa

las nuevas y frescas armas;

dando espejos á los ojos,

y esfuerzo á quien las miraba.

Salió el Obispo vestido,

dijo la misa cantada,

y el arnés pieza por pieza

bendice, y arma á Pedro Arias;

enlázale el rico yelmo,

que como el sol relumbraba,

relevado de mil flores,

cubierto de plumas blancas.

Al armarle caballero

sacó el padrino la espada;

dándole con ella un golpe

le dice aquestas palabras:

—Caballero eres, mi hijo,

hidalgo y de noble casta,

criado en buenos respetos

desde los pechos del ama;

hágate Dios tal que seas

como yo deseo que salgas,

en los trabajos sufrido,

esforzado en las batallas,

espanto de tus contrarios,

venturoso con la espada,

de tus amigos y gentes

muro, esfuerzo y esperanza;

no te agrades de traidores

ni les mires á la cara;

de quien de ti se fiare

no le engañes, que te engañas;

perdona al vencido triste

que no puede tomar lanza,

no dés lugar que tu brazo

rompa las medrosas armas;

mas en tanto que durare

en tu contrario la saña,

no dudes el golpe fiero,

ni perdones la estocada.

Á Zamora te encomiendo

contra don Diego de Lara,

que nada siente de honra

quien no defiende su casa.—

En el libro de la misa

le toma jura y palabra.—

Pedrarias dice:—Sí otorgo

por aquestas letras santas.—

El padrino le dió paz,

y el fuerte escudo le embraza,

y doña Urraca le ciñe

al lado izquierdo la espada.