XLIV

Ya se salen por la puerta,

por la que salía al campo,

Arias Gonzalo, y sus hijos

todos juntos á su lado.

Él quiere ser el primero,

porque en la muerte no ha estado

de don Sancho; mas la Infanta

la batalla le ha quitado,

llorando de los sus ojos

y el caballo destrenzado.

—¡Ay! ruégovos por Dios, dice,

el buen Conde Arias Gonzalo,

que dejéis esta batalla,

porque sois viejo y cansado:

dejáisme desamparada

y todo mi haber cercado.

Ya sabéis cómo mi padre

á vos dejó encomendado

que no me desamparéis,

ende más en tal estado.—

En oyendo aquesto el Conde

mostróse muy enojado:

—Dejédesme ir, mi señora,

que yo estoy desafiado

y tengo de hacer batalla

porque fuí traidor llamado.—

Con la Infanta, caballeros

juntos al Conde han rogado

que les deje la batalla,

que la tomarán de grado.

Desque el Conde vido aquesto

recibió pesar doblado;

llamara á sus cuatro hijos

y al uno d’ellos ha dado

las sus armas y su escudo,

el su estoque y su caballo.

Al primero le bendice

porque era dél muy amado;

Pedrarias había por nombre,

Pedrarias el castellano.

Por la puerta de Zamora

se sale fuera y armado;

topárase con don Diego,

su enemigo y su contrario.

—Sálveos Dios, don Diego Ordóñez,

y él os haga prosperado,

en las armas muy dichoso,

de traiciones libertado.

Ya sabéis que soy venido

para lo que está aplazado,

á libertar á Zamora

de lo que le han levantado.—

Don Diego le respondiera

con soberbia que ha tomado:

—Todos juntos sois traidores,

por tales seréis quedados.—

Vuelven los dos las espaldas

por tomar lugar del campo,

hiriéronse juntamente

en los pechos muy de grado;

saltan astas de las lanzas

con el golpe que se han dado;

no se hacen mal alguno,

porque van muy bien armados.

Don Diego dió á la cabeza

á Pedrarias desdichado;

cortárale todo el yelmo

con un pedazo del casco;

desque se vido herido

Pedrarias y lastimado,

abrazárase á las clines

y al pescuezo del caballo;

sacó esfuerzo de flaqueza,

aunque estaba mal llagado;

quiso ferir á don Diego,

mas acertó en el caballo,

que la sangre que corría

la vista le había quitado.

Cayó muerto prestamente

Pedrarias el castellano.

Don Diego que vido aquesto

toma la vara en la mano,

dijo á voces:—¡Ah Zamora!

¿Dónde estás, Arias Gonzalo?

Envía el hijo segundo,

que el primero ya es finado.—

Envió el hijo segundo,

que Diego Arias es llamado.

Tornara á salir don Diego

con armas y otro caballo,

y diérale fin á aquéste

como al primero le ha dado.

El Conde, viendo á sus hijos

que los dos le han ya faltado,

quiso enviar al tercero,

aunque con temor doblado.

Llorando de los sus ojos

dijo:—Vé, mi hijo amado,

haz como buen caballero

lo que tú eres obligado:

pues sustentas la verdad,

de Dios serás ayudado;

venga las muertes sin culpa

que han pasado tus hermanos.—

Hernán D’Arias, el tercero,

al palenque había llegado;

mucho mal quiere á don Diego,

mucho mal y mucho daño.

Alzó la mano con saña,

un gran golpe le había dado;

mal herido le ha en el hombro,

en el hombro y en el brazo.

Don Diego con el su estoque

le hiriera muy de su grado,

hiriéralo en la cabeza,

en el casco le ha tocado.

Recudó el hijo tercero

con un gran golpe al caballo,

que hizo ir á don Diego

huyendo por todo el campo.

Así quedó esta batalla

sin quedar averiguado

cuáles son los vencedores,

los de Zamora ó del campo.

Quisiera volver don Diego

á la batalla de grado;

mas no quisieron los fieles,

licencia no le han dado.