XLV

Por aquel postigo viejo,

que nunca fuera cerrado,

ví venir pendón bermejo

con trescientos de á caballo.

En medio de los trescientos

viene un monumento armado,

y dentro del monumento

viene un ataúd de palo,

y dentro del ataúd,

venía un cuerpo finado,

qu’era el de Fernando d’Arias,

el hijo de Arias Gonzalo.

Llorábanle cien doncellas,

todas ciento hijosdalgo,

todas eran sus parientas

en tercero y cuarto grado:

las unas le dicen primo,

otras le llaman hermano,

las otras decían tío,

otras le llaman cuñado,

sobre todas lo lloraba

aquesa Urraca Hernando.

¡Y cuán bien que las consuela

ese viejo Arias Gonzalo!

—¿Por qué lloráis, mis doncellas?

¿Por qué hacéis tan grande llanto?

No lloréis así, señoras,

que no es para llorallo;

que si un hijo me han muerto

aquí me quedaban cuatro;

no murió por las tabernas,

ni á las tablas jugando;

mas murió sobre Zamora

vuestra honra bien guardando;

murió como caballero,

con sus armas peleando.


PARTE TERCERA

ÉPOCA DE ALFONSO SEXTO

Destierro del Cid