I
Primero había sido la palabra grave, sonora, un poco enfática y engolada de Don Clodoveo Zurriola, el sabio arqueólogo, la que en períodos acabados, correctos, académicos, que armonizaban bien con la noble serenidad de la fábula griega, narrara la historia del hijo de Hermes y Afrodita. La figura venerable del escritor, que suplía con la rigidez lo escaso de la estatura; su gesto sobrio, pero oratorio y elegante; su empaque un poco finchado dentro de la corta y estrechísima levita, adornada en el ojal por multicolor roseta, y del enorme cuello que aparecía en dos inacabables picos por cima de la formidable corbata, sostenida con un camafeo, sentaban a maravilla al severo decorado del salón. Pero lo que sobre todo daba suprema nobleza al viejo caballero era el rostro, un rostro de pergamino en que lucían dos ojos azules, claros y serenos, ojos de niño o de poeta habitante de una Arcadia feliz. Completaban el conjunto larga perilla de plata y nevada trova que nimbaba de luz la cabeza. Hablaba lentamente, mejor dicho recitaba su prosa con enfática entonación, cambiando de registro según convenía a la índole de los períodos descriptivos, trágicos o jocosos, hacía largas pausas y sabía rematar las parrafadas.
Mientras peroraba, sus manos blancas y delgadas de patriarca bíblico trazaban un gesto abarcador, y de vez en cuando posábanse en la amplia frente. Gustábale de recrear a aquellas señoras con alguna de las leyendas de la mitología griega, en que mezclaba con su portentosa erudición un humorismo un poco pueril, muy vieux jeu, pero honesto, limpio y de buen gusto.
Oíanle ellas embelesadas, pese a su gran recato y a lo escabroso de los asuntos, que abundaban en episodios asaz libres; pero la mitología tiene eso: aun en los momentos en que narra las liviandades a que tan aficionados mostrábanse los señores del Olimpo, aun en aquellos otros en que nos presenta las mayores aberraciones, hasta cuando Parsifae se entrega bajo la apariencia de una vaca de bronce a las caricias del toro o Calimante pone sus pecaminosos deseos en el melenudo rey del desierto, incluso en las creaciones de equívocos personajes, hay en ella una diafanidad, una serena fe en el amor y la vida, que permite a los oídos más pudibundos y fáciles de ofender escucharla sin menoscabo de su honestidad. Guardan los amores y aventuras de dioses y diosas, de héroes y ninfas, de reinas y monstruos, sobre todo evocados por la severa palabra de un sabio-poeta, un no sé qué de estatuario, de ecuánime, de plástico, que ahuyenta toda idea de lubricidad y de morbosa delección.
La mitología fue esencialmente moral. Era, sí, la religión del amor; pero, al mismo tiempo, era la religión de la Naturaleza, de la fuerza, de la juventud. Nunca el espíritu ha estado más lejos de la carne; la carne vivía y el espíritu somnolaba plácidamente alejado de enfermizas inquietudes. Nuestras almas son como el mar, como él tienen sus mareas, su movimiento de aproximación y de retraimiento; sino que en ellas es al través de los siglos. Hay momentos en la historia de la humanidad en que las almas han estado a flor de piel, y es el momento de las inquietudes, de los grandes pecados y de los monstruosos impulsos de santidad. El amor tiene el perverso encanto del pecado, y no es el amor, es algo macerante que puebla las noches demasiado castas de calenturientas aberraciones. En otros períodos, al contrario, el alma duerme y la carne reina. Entonces se ama con impudor inconsciente, las mayores aberraciones parecen juegos de niños egoístas; apartan los humanos de su lado a los débiles, a los deformes, a los tristes, y si alguna vez se mata es con un gesto magnífico de desdén por la inutilidad de los viejos, de los enfermos o de los cobardes. En la India, en Egipto, en todos los países del remoto pasado, fue el reinado del alma; en Grecia y Roma triunfó el cuerpo y fue como un paseo victorioso de Venus y Baco a través del mundo entre faunos, sátiros, silvanos y tigres y panteras, montadas por bacantes coronadas de pámpanos. En la Edad Media la carne torturada por el ayuno y las disciplinas agoniza entre alucinaciones, y el espíritu bulle siniestro como un fuego fatuo: es el tiempo de los iluminados y los poseídos, de las brujas y de los quirománticos, de Prelatti y Gilles de Rais.
Contó, pues, Don Clodoveo, la historia de Hermafrodita, su peregrina belleza y cómo sorprendido en el momento de bañarse en una fuente situada en las cercanías del Halicarnaso por la indiscreta y seguramente no muy pudibunda ninfa Salmacis, enamorose ésta perdidamente del apuesto mozo. Describió los desdenes con que el doncel agobiara a la infeliz enamorada, y por fin la gracia que, presa de loca desesperación, imploró ella de los dioses, de fundirse en una sola persona con su amado, y aún hizo algunas veladas y discretas alusiones a cómo, concedido tal favor, conservara el nuevo ser los caracteres de ambos sexos.
Hasta aquí habíanse mantenido las cosas en las serenas esferas de las especulaciones estéticas, pero comenzaba a llegar gente joven procedente del Real y de otras tertulias, y con ellos vientos revolucionarios. Las últimas palabras del sabio prestáronse a chirigotas, salieron a relucir anécdotas picantes, y las malas lenguas emprendieron la caritativa tarea de disecar a los amigos ausentes.
Doña Recareda Witiza, que acurrucada en su sillita de tijera, la inseparable labor de gancho entre los dedos y las gafas en la punta de la nariz, había escuchado la narración embebecida y sin comprender muy bien aquello de los dos sexos, que, como lo de la manzana del Paraíso, lo del sacrificio de Santa María Egipciaca, las tentaciones de los Padres del yermo y tantas otras cosas, era para sabido, creído y aun admirado, pero no para que una mujer honrada metiese las narices en ello; comenzaba a sentir sobresaltos ante las pseudoprocacidades de la juventud.
Doña Elvira era una institución en aquella casa; lloviese o hiciese luna, helárase el aliento o asáranse los pájaros, allí estaba ella, sentada en su sillita de tapicería, sin darles paz a los dedos, escuchando atenta y alzando, cuando oía algo que le causaba gran efecto, los ojillos grises por cima de los redondos quevedos de plata. Bajita, menuda, lisa como una tabla, sin que ni pecho ni caderas acusasen su feminilidad, tenía, pese a su frágil contextura, cierta apariencia masculina agravada por el rostro desproporcionado, demasiado grande para la pequeñez del cuerpo. Era el suyo un rostro largo, arrugado, bigotudo y hasta con algo de barba; la nariz de gancho; la boca grande, de gruesos labios y dientes caballunos, puntiagudos y amarillos, y la frente anchísima, coronada de escasos cabellos grises, dábanle aspecto hombruno. Sabíalo ella e irritada por aquella jugarreta de la naturaleza, exageraba lo menudo de sus gestos, ya harto dengosos, y atiplaba su vozarrón de bajo profundo. Si bien con ello no conseguía ser completamente femenil, en cambio adquiría el ambiguo aspecto de esos viejos pulcros, atildados, untuosos, que pasean por los jardinillos de las plazas públicas en las primeras horas de la noche su sonrisa húmeda y sus pupilas lascivamente escrutadoras. El sencillo hábito del Carmen que vestía siempre y los gruesos zapatones en que escondía sus pies, desentonaban con la elegancia de las damas que desfilaban por el salón; pero la condesa, verdadera gran señora a la antigua española, mujer de corazón, aleccionada además por el destierro y los años, era consecuente con sus viejos amigos y no olvidaba a los que fueron buenos con ella en los días de prueba; y si, mujer de mundo, acogía con una sonrisa de benévola complacencia y una buena palabra a las elegantes que acudían todas las noches a casa de tía Malvina, porque era chic y tenía un gran aire hacer una paradita allí después del Real y de otras tertulias de trueno, guardaba las efusiones de su generoso corazón para sus amigas de siempre, y en boca de la dama aquel siempre significaba muchas cosas.
Era la tertulia de la condesa de Campazas cosa única en su género. En primer lugar la composición de la escena no tenía nada de teatral. Aquello no era una decoración para interior de casa grande (término de entre bastidores, que viene aquí como anillo al dedo). Ni reposteros blasonados, ni fantásticos retratos de guerreros y obispos, ni armaduras históricas; nada. Fuera quedaba el estrado, más solemne (aunque tampoco, a decir verdad, con pretensiones de feudal, si no más bien tocado de la amazacotada elegancia que a mediados del siglo XIX presidiera el triunfo de las plutocracias), con su zócalo de madera imitando mármol, su techo de falso artesonado blanco y oro, las paredes revestidas de raso amarillo capitoné, lunas encerradas en marcos enormes, arañas y brazos de pared de cristal y bronce, pesados, de mal gusto y hasta un tanto de pacotilla, y muebles grandes dorados, recargados de molduras, sin la suntuosa armonía de Luis XV ni la gracia alada del Luis XVI; y en contraste con tanta cosa fea y como sello de la estirpe, dos retratos de Goya prodigiosos—un caballero de ancha frente, penduliforme nariz y mandíbula prominente, vestido con bordado casacón de terciopelo azul, y una dama pícara de ojos, golosa de labios, fosca de cabellera y morena de color, muy grácil y movida en los albos tules de su traje, que se rasgaba en cuadrado escote mostrando el provocativo repujado de los senos—. También veíanse en la sala dos braseros, pues la condesa, pese al calor de las chimeneas, no renunciaba al clásico artefacto que, según ella, fue su único compañero en algunas veladas del destierro. La sala también, a última hora, llenábase de gente; quedaba para los extraños, sin embargo, mientras Doña Malvina con los de su tertulia preferían el billar. Aquello ya era otra cosa, aunque tampoco un dechado de buen gusto, pues en aquellos días de mescolanzas de estilos en que triunfaban los muebles de Boule y los rasos abullonados, época cuya característica podría considerarse el reinado del tapicero, el mal gusto era endémico; el billar tenía un aspecto más familiar, simpático y habitable. Sobre las paredes de damasco verde lucían algunos cuadros, casi todos modernos. Dos marinos de Monteleón, una Sagrada Familia, que si no fuese por aquello de que la intención salva, hubiese valido el fuego eterno a su perpetrador; unas monjas de Franco, dos cuadros pintados por la dueña de la casa—paisajes de una Bucólica feliz—una Concepción de colorido chillón y otra atribuida con algún fundamento a Antolínez, el Malo. La mesa de billar, de troneras, aparecía cubierta por un paño de peluche rojo con aplicaciones de bordados antiguos, y los muebles, salvo la mesa, que cubría un tapete bordado también en oro y sedas, eran amplios y cómodos, tapizados de paño verde con franjas e iniciales de paño negro.
En aquel ambiente familiar encontrábase la condesa a gusto, rodeada de sus íntimos, sus fieles llamábales ella cariñosamente. Para ser admitidos en tal intimidad no eran menester sino dos cosas: talento y corazón. Allí la gente no era lo que representaba en el mundo, sino lo que merecía ser. No había valores convencionales, que el gran espíritu de bondad y de rectitud de la dama, defendidos por su prestigio y posición, rechazaban, si no valores reales. Luego, a última hora, tocábale el turno a la feria de vanidades pero a prima noche sólo formaban los elegidos.
Componían la tertulia seis u ocho invitados a mesa (clásica, española, sencilla y abundante) y cuatro o cinco más que llegaban al café. Allí, en primer lugar, y como uno de los habituales, Facundo Robledo, el gran político, el árbito de la Restauración, hacía pinitos literarios, decía chistes de su pueblo, y hasta alguna vez, excitada su confianza y buen humor por la cordialidad que flotaba en el ambiente, mostraba, como uno de esos modernos ilusionistas que fían más en su arte que en la curiosidad del público, los secretos de la política menuda. Allí también Manuel Salgado, el estilista portentoso, abandonadas las palmetas de crítico y el cincel de artífice único, contaba, con el gracejo de la tierra de María Santísima, cuentos subiditos de color. Junto a ellos, el general marqués de San Florentín defendía los viejos moldes y recitaba con énfasis versos de Don Juan Nicasio Gallego, de Hartzenbusch y de García Gutiérrez. El general era un escritor menos que mediocre, pero por aquellos tiempos de generales poetas y curas guerreros había alcanzado gran boga, y así como era moda entre las damas tener un retrato pintado por el duque de Rivas, éralo también guardar en el álbum de tapas de peluche y bronce una composición poética en que las Musas colaboraron con harta mala gana. Aquello era lo más saliente de la tertulia; como discretos comparsas había otras gentes oscuras, cuya única razón de ser era su amistad con la condesa; gentes que en el destierro fueron amables con la gran dama y que cuando hallábase sola ofrecieron el noble homenaje de las personas de corazón a las majestades caídas; un pintor de historia premioso, machacón, pesadísimo, acompañado de su esposa, mujer insignificante, y de su hija, una señorita redicha, que ahuecábase constantemente los pompones de la falda y abría y cerraba el abanico dengosamente a cada instante; Doña Recareda y dos o tres insignificancias más.
Y presidiéndoles a todos, con su aire inimitable de gran señora, fresco el rostro a pesar de los años, los blancos cabellos cubiertos por la negra cofia, y por los hombros la manteleta de encaje, que prendía al pecho con antiguo broche de lapizlázuli y brillantes, la condesa sonreía, abanicándose lentamente con uno de aquellos admirables abanicos que constituían su pasión. Porque los abanicos eran su vicio: teníalos de oscura concha, incrustada de oro y plata a la moda del reinado de Luis XIV; de nácar, con soberbias incrustaciones, como los que en algunas escenas violentas de la Corte rompieran las blancas manos de la Pompadour; de largas varillas de marfil, con pintadas miniaturas, como los que entre los dedos de la Dubarry señalaron a los Borbones la ruta de la guillotina.
Era la condesa de Campazas mujer de talento extraordinario: sabía hablar sin pedantescos desplantes, pero con la autoridad que le daban los años y la experiencia, y lo que es mejor, tenía el raro arte de saber escuchar. Con singular gracejo ponía el comentario, lleno de filosofía, o colocaba un chiste de buena ley, terciaba en las discusiones acaloradas, suavizaba asperezas de juicios apasionados, velaba la broma con exceso subida de color, y, sin ofender al maldiciente, echaba un capote por el ausente amigo.
Aquella noche, sin embargo, las horas habíanse deslizado gracias a la serena palabra de Don Clodoveo Zurriola, con una placidez que, puesto que a ella contribuían las ninfas y pastores de la fábula, podemos llamar pastoril. Aún no había acabado el sabio su disertación y el grupo de oyentes (cuyas exclamaciones y dicharachos asustaban a la Witiza), engrosado, llegaba ya al salón.
Iban llegando damas procedentes del Teatro Real, donde la Saralto había cantado un Bale in Maschera, y junto con ellas los muchachos que hacían su escala allí antes de irse al Veloz a tirar de la oreja a Jorge, y los viejos del palco de la Infantil, más entusiastas de la bella tiple que de la ópera, que, por no ser menos, seguían la misma ruta de los muchachos.
Pero ni la voz admirable de la Bezké, ni los devaneos de la Sanz, ni los simpares gorgoritos de la Patti, consiguieron distraer la atención del primer sujeto. Había, por el contrario, tomado la palabra Ramón Alvarez de Simancas, uno de los recién llegados, y con su estilo jocoso, desvergonzado, hacía la aplicación de la fábula de Hermafrodita a algunos amigos y amigas ausentes.
Alto, fornido, guapo, con varonil belleza, era arrogante, bravucón, rendido con las damas, a las que trataba con una mezcla extraña de respetuosa pleitesía y atrevimiento, confianzudo, mirándolas siempre en mujer, nunca en señora; sencillo con sus amigos, altivo con los extraños, aficionado con exceso a cuentos y chascarrillos verdes. Constituía el tipo perfecto del antiguo elegante español, antes que el sport convirtiérale en una caricatura del extranjero, transnochador, aficionado a alternar con pelanduscas y toreros, dado a la burla, apasionado de la fiesta nacional, jugador y pendenciero.
Contaba ahora la historia de cierta dama que, culpable de lesbiana pasión por una amiga suya, no había discurrido mejor ardid que en una noche de fiesta escabullirse del salón, merced al bullicio, e irse a esperarla en su propio lecho.
Y proseguía su historia, contando cómo cierto galán, harto audaz en lides de amor, y animado por no sé qué insinuaciones de la dama, decidió seguir la misma ruta que la descarriada señora, y cómo, tras un discreto desposeerse de ropas en la oscuridad, habíanse encontrado entre las sábanas, con los episodios a que tan donosa equivocación dio lugar. El salón entero, convertido en Decamerón por obra y gracia de aquellos cuentos dignos del señor de Bocaccio, reía de buena gana la desvergonzada aventura. La misma condesa sonreía benévola; sólo Doña Recareda, estremecida de horror, ansiaba que se la tragase la tierra para no ver profanados sus castos oídos con tales aberraciones, y miraba a todas partes buscando la manera de escapar. Imposible. El salón rebosaba gente. ¡Y qué gente!
En pie, junto a la mesa de billar, la duquesa de Lorena escuchaba risueña, reverberando en el esplendor de su distinción suprema. Era una belleza del norte, fría y dura, que por su boda con el duque de Lorena había venido a ocupar uno de los primeros puestos en la sociedad madrileña, ciñendo sus sienes, que en lejano país de brumas oprimiera la diadema de los Príncipes mediatizados, con los ducales florones de los Grandes de España. Tenía un aire portentoso, una elegancia señoril que se reflejaba en sus menores gestos, una nobleza innata, inimitable. Su perfil correcto, enérgico, sus ojos dominadores y sus labios desdeñosos, aislábanla en una impenetrabilidad de diosa. El cabello castaño caía sobre la frente en abundantes rizos, que escalonándose por la cabeza, concluían en la nuca alabastrina en catarata de pequeños bucles; el seno blanco, nevado, emergiendo del cuadrado escote del vestido, servía de estuche a soberbio collar de perlas negras; el corpiño de raso corinto oprimía el talle inverosímil, y mientras por delante formaba largo pico sobre el delantal de terciopelo, de igual color que el vestido, bordado en dorados vidrios, por detrás formaba graciosas aldetas que caían sobre los pomposos petits motives de raso, sostenidos, primero por el oculto polisón, luego por grandes golpes de abalorios, y acabados por fin en larga cola redonda, pomposa, frufruante, prendida a la enagua de almidonados encajes por grandes lazos de seda. Y completando el conjunto, tenía brazos de estatua, que enfundados hasta el codo en las estrechas mangas, ocultábanse luego en largos guantes de Grecia; y poco más allá, y compartiendo su atención entre las historias y las tonterías que murmuraba a su oído Fernando Román, Julia Rialta, morena, graciosa, vivaracha, más morena aún en el traje de gro rosa con grandes poufs lazados de terciopelo negro, triunfaba en su castiza gracia de madrileña neta. Junto a ella, Felisa Zamora sonreía, sonreía siempre con su eterna sonrisa estereotipada, contenta de su belleza de Ofelia, de sus cabellos de oro pálido, que, tras partirse en dos rizos sobre la frente, formaban gruesa trenza en torno a la cabeza; de sus ojos cándidos, azules de cielo; de su blancura maravillosa de nardo, que lucía entre el tul celeste del escote, en forma de corazón, y de su talle inverosímil. Era tonta, con tontería inofensiva de grabado de modas; ahora mismo, mientras los demás hablaban, ella estaba pendiente de no descomponer los frágiles pompones de pálido matiz azulado, que sostenidos sobre la falda de pequeños volantes por guirnaldas de rosas salvajes, constituían la obra más elegante que salió jamás de las manos de Worth.
En contraste con ella, toda malicia, gracia e inteligencia, la baronesa de Montevideo, sentada en un puf turco, vestida toda de raso coral con guiones de terciopelo azul; menuda, frágil, los ojos verdes de gata, y el pelo de oro rabioso subrayaba los equívocos con risitas burlonas o hacía comentarios cortantes como filos de cuchillo, y daba empujones con el codo a Escipión Cimarra, que pretendía compartir el asiento con ella.
La Witiza se sintió anonadada. ¡No podía salir! Y las cosas tomaban cada vez peor cariz. Ahora habían dejado a un lado las historias burlescas y tocábale el turno a las narraciones truculentas. El marqués viudo de Casa Guzmán contaba cosas horribles, misteriosos hechos, fenómenos de transformación, raros caprichos de la Naturaleza; descubría monstruos humanos, casos de locura... La conversación despeñábase por los abismos de la pesadilla, y como en los cuadros de Bosco o en las aguas fuertes de Goya, iban y venían en raras zarabandas seres absurdos, criaturas híbridas, que se contorsionaban saliendo de lo grotesco para entrar en los linderos de lo doloroso.
Doña Recareda no pudo resistir más, y poniéndose en pie se despidió de la condesa:
—Yo me voy.
—¿Pero ha venido ya Rosendo—Rosendo era un viejo servidor de la Witiza—a buscarte?—interrogó la dama cariñosamente.
Habíase dado perfecta cuenta del malestar de su amiga; si hubiese habido menos gente, hubiese intentado cortar la conversación; pero con la casa llena era punto menos que imposible. Además, no la gustaba actuar de dómine, y mientras permaneciesen en los límites que marca la buena educación, prefería dejarles en libertad de desbarrar.
Doña Recareda mintió por primera vez en su vida:
—Sí, ya me han avisado.
—Pues no he oído nada—murmuró extrañada la dama.
Cruzó la vieja el salón haciendo equilibrios para no pisar las colas que se abrían en insolentes abanicos, y repartiendo reverencias, que la Montevideo calificó burlescamente de reverencias para uso de artista pedicure en Versalles, llegó al fin a la antesala, fría y destartaladota, adornada con dos o tres reposteros y algunos bancos. Allí esperaría. ¿Que estaban los criados? ¡Bah! Eran viejos servidores respetuosos, que la conocían bien y la rendirían pleitesía y que seguramente no contarían cuentos verdes delante de ella. Pero ¡sí, sí! ¡No contaba con la huéspeda! Para evitar a las señoras la molestia del humo y para hablar con más libertad, habíanse salido allí unos cuantos muchachos a fumar un cigarro, y en cuanto la vieron rodeáronla con afectuosas cuchufletas. Desesperada la infeliz, decidió partir, aunque hubiese de esperar en la escalera la llegada de su criado, y zafándose de sus manos, salió.
Estaba de Dios que en ninguna parte pasase tranquila aquella infausta noche. Como a los viejos Padres del desierto, Satanás entreteníase en ponerle a cada paso, ante los ojos, un cuadro de disolución o una imagen de pecado. En el último descansillo de la escalera, Petra Galván hablaba con Gaspar Monóvar, y el calor con que discutían y la distancia que les separaba no eran precisamente los exigidos por el recato. Doña Recareda Witiza creyó que su sola presencia tendría la virtud de separarles y hacerles tornar a los senderos del bien; pero se equivocó. La Galván limitose a alzar sobre sus hombros, iluminados por los fulgores de soberbio collar de esmeraldas, la amplia capa de seda blanca, forrada de albas pieles de cabra del Tibet, y dando un puntapié a la cola de terciopelo café, forrada de raso café con leche y bordada en cuentas de colores, siguió hablando como si tal cosa con el apuesto húsar, que a su vez limitose a pasar una mano acariciadora por la sedosa barba negra, partida por raya central.
Después de poner su pensamiento en Dios, la buena señora tomó una resolución heroica. Se helaría en el portal, pero prefería cualquier cosa a la contemplación de tales vergüenzas. Abrió la puerta y... estuvo a punto de desmayarse. En el amplio zaguán, enarenado, bajo la vacilante luz del farol central, los cocheros y lacayos, con sus gorras de visera y sus capotones oscuros, cubiertos por siete esclavinas de vivos chillones—el amarillo, el rojo, el verde de la heráldica de librea—hablaban, y lo que es peor, retozaban con retozos de faunos salvajes con cuatro o cinco ninfas callejeras, que entre pellizcos, achuchones y encontronazos, reían, aullaban y barbarizaban. ¡La apocalipsis! ¡Y para eso Dios había redimido al género humano! Indudablemente el fuego del cielo volvería a caer para arrasar tanto pecado como antaño cayó sobre las urbes malditas. ¡Las ciudades de Pentápolis quedaban en mantillas ante tanto vicio triunfante! Pero mientras las divinas llamas venían a purificar el fango, el ángel que había de ser guía del justo (encarnado ahora en la vulgar figura de Rosendo) no llegaba, y Doña Recareda decidió irse sola. ¡Todo menos quedarse allí! Santiguose mentalmente, y como quien en los horrores de un naufragio se echa al agua, lanzose a la calle.
Deprisa, muy deprisa, con andares hombrunos, subió la calle de Segovia. Por aquel camino, cruzando la de la Pasa, la Plaza del Conde de Barajas y la Escalinata, en un momento estaba en la Plaza Mayor, y de allí al Postigo de San Martín, donde vivía, no había más que un paso. El camino érale harto conocido, y lo modesto de su atavío la ayudaba a pasar desapercibida, de modo que, fuera de los encuentros con las nocturnas palomas y con algún rezagado borracho, nada había que temer.
En Puerta Cerrada respiró. Pese al valor que procuraba infundirse repitiendo a cada paso y como entreacto a las oraciones que rumiaba para impetrar auxilio de la Providencia frases alentadoras: «Estoy a un paso de casa». «En dos minutos estoy en mi calle». «A lo mejor me tropiezo con Rosendo». Iba temblorosa y llena de pavura. Las extrañas historias oídas en casa de la condesa bullían en su cerebro, poblando su imaginación de raros monstruos. Las escenas más absurdas—escenas de Sabat en que se mezclaba lo lúbrico y lo terrible—aparecíanse ante ella con una claridad de linterna mágica. Como las monjas poseídas por el Malo de la Edad Media, veía poblarse la noche de seres absurdos, inclasificables, dotados de los más extraños e indescriptibles atributos. Y los monstruos enlazábanse y desenlazábanse en nunca vistas combinaciones, hacían muecas lascivas o burlonas, tejían guirnaldas de cuerpos deformes, y entre aullidos y risotadas, que sonaban alucinantes en sus oídos, se desvanecían en las tinieblas.
Apretó el paso, y cruzando rápida el callejón de la Pasa, llegó a la Plaza del Conde de Barajas. Al desembocar en ella sintió una impresión de inmensidad o de vacío y se detuvo con el corazón oprimido por súbita angustia. Parecíale hallarse ante un precipicio sin fondo, abismo de negruras o enorme lago de quietas aguas turbias y verdosas; o mejor aún, haber llegado a la inmensa plaza de una ciudad muerta, donde no quedaban ni vestigios de la vida remota que en ella debió haber antaño. La atmósfera transparente y fría y el cielo de una serenidad polar, contribuían a la sensación de soledad y quietud mortuorias. Dominose; santiguándose cruzó la pequeña explanada y tomó la calle de Cuchilleros. Helada de espanto tornó a pararse. Ahora escuchaba tras de ella pisadas, pero no unas pisadas vulgares, sino unas pisadas opacas, silenciosas, pisadas de orangután, de secubo o de personaje felino. Permaneció quieta, sin atreverse ni aun a respirar; pero como nada sucedía y las pisadas parecían haber cesado, hizo un esfuerzo y miró atrás. Nada. Riose de su miedo y continuó la ruta.
En los escalones que suben a la Plaza Mayor dormían, hacinados, miserables trotacalles, golfos y pordioseros. Entre los montones de andrajos surgían de vez en cuando caras barbudas, enjutas, amarillentas, dignas de los viejos mendigos de Rivera; deformes rostros de goyescas zurcidoras de gustos, trágicas caretas pintarreadas de vendedoras de amor. Parecía aquello los despojos de un campo donde en una noche de aquelarre se hubiese librado una batalla. Un hedor a suciedad y miseria flotaba sobre los durmientes, apestando el aire. Y, sin embargo, Doña Recareda Witiza respiró satisfecha. Se encontraba más segura allí que en la soledad de la noche, perseguida por los trasgos evocados en las fatales conversaciones de casa de su amiga.
Al desembocar en la Plaza Mayor y cuando ya casi se conceptuaba segura, tropezó con un grupo de mozas del partido que se dejaban conquistar por unos arrieros. Trató de esquivarles y ellas, que notaron la maniobra, empezaron a lapidarla con groseras cuchufletas. Huyendo de la rociada, la dama cruzó a los jardinillos. Allí la luz era más escasa; los faroles, con sus temblorosos mecheros, no bastaban a disipar las tinieblas, y árboles y arbustos adquirían apariencias fantasmagóricas. La Witiza redobló el paso; de pronto surgieron ante ella tres hombres. Vestían a la moda chulesca: de ancho sombrero y capa uno de ellos, a cuerpo, con altas gorras de seda que dejaban escapar los tufos peinados en persianas sobre las sienes, los otros dos. Debían de ser borrachos, por cuanto despedían un olor a vinazo que tiraba de espaldas. Uno de los tres, el de la capa y el sombrero cordobés, cortola el paso, y plantándose ante ella, saludó jacarandoso:
—¡Olé las mujeres!
Doña Recareda, dando un rodeo, procuró zafarse; pero cuando ya lo conseguía, los otros dos la cogieron por las faldas:
—¿Desprecios? ¡Recontra con la señora! A nosotros no nos desprecia naide ¿está usté?
Indignada y aterrada a un tiempo, conminó:
—¡Suéltenme ustedes!
El vozarrón hombruno sonó más bronco y áspero que nunca.
Ellos parecieron ligeramente desconcertados. El más entero de los tres sacó una caja de cerillas, y encendiendo una con no poco trabajo, la aproximó al rostro de la asustada señora.
Un triple juramento, bárbaro, grosero, salió de las tres bocas:
—¡Remonche, si es un tío!
Aprovechando el primer momento de asombro, la Witiza consiguió librarse de ellos y echó a correr con toda la fuerza de sus piernas; pero pasada la sorpresa, los otros, con el tesón y la tozuda pesadez de los borrachos, echaron tras ella gritando:
—¡A ese! ¡A ese!
Al estrépito de los gritos y carreras, las prójimas y sus adoradores lanzáronse también a la persecución de Doña Recareda, y al fin consiguieron detenerla en el momento en que jadeante, próxima a desmayarse, se había detenido. Todos la interrogaron a la vez:
—¿Pero qué pasa?
—¿Qué, lan querío robá?
—¿Los guindas?
Con palabra entrecortada, comenzó:
—Es que... que...
Pero llegaban sus perseguidores:
—¡Que es un tío que anda disfrazada de mujer!
El grupo prensose curiosamente en torno de la infeliz. Seis o siete voces distintas formularon otras tantas preguntas:
—¿Un ladrón?
—¿Un alcahuete?
—¿Un guasa viva!
-¿Un...
—¡Un tío faroles que anda buscándole tres patas al caballo de bronce!
—¡Soy una señora, y hagan el favor de dejarme en paz!
El vozarrón sonó bronco, áspero. Uno imitó el rugido de un trombón. Otro anunció con cavernoso sonido:
—¡Paso! ¡Paso, que es doña Trueno!
Aunque tarde, comprendió que su voz empeoraba la situación, y trató de dulcificar el tono, consiguiendo sólo aflautarla:
—¡Déjenme, por Dios! Soy una señora...
Una voz de tiple gimió burlona.
—¡Ay, mamá, que me comen, que me comen!
Y otra, también con relamido acento:
—¡Ay, Jesús!
Trató de imponérseles:
—O me dejan o llamo.
Pero sus enemigos encendían cerillas y estudiaban su rostro hombruno, adornado de barba y bigote.
—¡Es un hombre!
—¡Un tío!
—¡Ladrón¡ ¡gorrino!
—¡Asqueroso!
Las mujeres eran las más indignadas. Convertidas en furibundas arpías, azuzaban a los hombres:
—¡Arrastrarle!
—¡Matarle!
—¡A darle una paliza que lo deslome!
Enloquecida de miedo, gemía:
—¡Soy una señora! ¡Por Dios! ¡Por Dios!
Una de las hembras tuvo una idea luminosa:
—¡A verlo! ¡Desnudarle!
Diez manos audaces se posaron en ella para consumar el sacrificio; pero atraídos por el escándalo, acudían ya el sereno y unos guardias:
—¡A ver si sus llevamos a la Delegación! ¿Qué escándalo es este?
Todos quisieron explicar a la autoridad su acción vindicadora:
—Es que...
—El tío este...
—Nosotros...
Una, más expedita, narró el suceso:
—Es un tío marrano que anda con faldas.
Doña Recareda, casi sin fuerzas ya, protestó débilmente:
—¡Soy una señora!
Pero el vigilante nocturno, escamado por la voz de bajo profundo, había aplicado la luz al velludo rostro y lanzaba una exclamación:
—¡Pues sí que es un tiu!—Y como ella aún intentase un postrer esfuerzo...—¡Hala para allá; en la Delegación veremus!
En aquella crisis de espanto, algo absurdo, inaudito, sucedió en el cerebro de la infeliz señora. Las historias oídas cobraron realidad; los monstruos quiméricos se animaron con calenturienta vida. Ella no era Doña Recareda Witiza, la honesta y noble dama, era uno de aquellos seres ambiguos, insexuados, híbridos, de la fábula. Y de pronto se irguió, y con los ojos fulgurantes como los de una iluminada, apostrofó a sus sayones:
—¡Atrás, canallas! ¡Yo soy la hija de Hermes, hijo del Cielo y de la Noche, y de la divina Afrodita, hija de Urano y el Mar! ¡Soy Hermafrodita!
Y cerrando los ojos rodó por tierra.
FICHAS ANTROPOMÉTRICAS
EL HOMBRE DE LA MUÑECA EXTRAÑA
—La fábula de Prometeo creando la estatua e infundiéndole vida. Pero esta vez animándola no con el fuego del cielo, sino con llamas robadas qué sé yo dónde, creo que al mismísimo infierno, a Satanás en persona; un fuego maldito de locura, de pecado, de horror; en fin, algo escalofriante, terrible, ultramoderno...
—¿Poe?
—No. Poe es demasiado metafísico y la historia de Guillermo Novelda es más pedestre; no hay nada que no sea explicable, fácil, comprensible; pero al mismo tiempo se unen de tal modo en ella la locura, el vicio y el miedo, que llegan a un paroxismo de horror alucinante.
—Vamos, como en Teresa Raquin.
—No, tampoco; Zola resulta excesivamente sucio y no tiene el instinto de la estética. La muerte de Guillermo es algo tan tremendo, tan trágico, que sin querer hace pensar en los poseídos del demonio. Justamente, eso fue él, un poseído del demonio de la lujuria. Quiso asomarse al abismo en que el monstruo de los cien tentáculos dormía, bajar al fondo del mar para contemplar la sepulta ciudad de Is y quedó prisionero para siempre. Tuvo una hora de supremo goce, y luego fue resbalando hasta caer en la muerte.
Nos habíamos reunido en el despacho de Gustavo Mondragón, a pretexto de tomar una taza de té y charlar, unas cuantas damas y algunos amigos, enfermos todos de literatura.
Anochecía. Fuera, entre hilos de lluvia que caían con monotonía abrumadora, finaba el crepúsculo de un día invernal, frío, gris y tristón, en que el cielo plomizo se reflejaba en los grandes charcos de la calle. Dentro, una penumbra temerosa iba invadiendo los rincones.
El despacho era el de un artista, el de un refinado, quizás el de un decadente, pero sobrio, sencillo, sin estrafalarias suntuosidades de novela. Nada de emular las magnificencias de Bizancio, ni los estéticos alardes de Corte de los Médicis, ni siquiera las, elegancias del XVIII francés; menos aún uno de esos rebuscados y artificiosos decorados del snobismo moderno; limitábase a ser grande, alto de techo, con amplio ventanal sobre un jardín vulgar. Damasco verde oscuro cubría los muros; los muebles eran ingleses, de cuero; en un rincón, un gran diván de damasco agobiado de almohadones, hechos con viejos brocados; dos bibliotecas de caoba y bronce encerraban libros de Poe, de Baudelaire, de Wilde, de Essebacc, de D'Anunzio, de Moreas, de Rollinat, Lorraine, Rodenbach, Verlaine, Rossetti, Ekheold, Rachilde—la flor y nata del decadentismo—, con raras encuadernaciones; sobre las librerías, por cima de la chimenea del escritorio y de las mesillas volantes que llenaban la habitación, veíanse retratos de aristocráticas damas, de actrices, de aventureras, de mujeres famosas en el mundo de la galantería, de tenores, de grandes artistas, de literatos, de toreros, de acróbatas, con pomposas dedicatorias o extrañas fórmulas; mezclados con ellos algunas armas antiguas—dagas de puño enjoyado y puñales cuya adamasquinada hoja triangular se hundía entre las páginas de un libro—y algunos barros y porcelanas antiguos, y, por fin, sobre el damasco de los muros y pendientes de largos cordones de seda, unas cuantas acuarelas y algunas aguafuertes. Nada de Moreau, ni de Goya, ni de Durero; por el contrario, eran obras de principiantes, obras ingenuas, demasiado brillantes de color o sombrías con exceso, pero en que la fantasía, exaltada por cierto perverso intelectualismo y sin el freno aún de la experiencia y del temor a los juicios del mundo, galopaba por campos de quimera. «Las tres ciudades del pecado», «Salomé, Belkis y Cleopatra», unos interiores de mancebía muy goyescos, algunos personajes mitológicos—Gaminedes, Narciso, Hermafrodita—interpretados de un modo ambiguo, y unas imágenes alucinantes de brevario medioeval.
Sobre aquel fondo propicio, destacábanse las figuras actuales. En primer lugar, Lidia Alcocer y Nieves Sigüenza, presidiendo la asamblea, sentadas en el diván; en torno a ellas las demás.
Lidia Alcocer era una belleza provocativa. Sin ser exuberante, más que moldeada podíasele decir repujada en el traje de terciopelo negro muy llamativo, muy cocotesco, con demasiadas pieles y demasiados encajes. El rostro absurdamente maquillado era excesivamente blanco, excesivamente rosa, tenía ojeras azules con exceso y labios que sangraban exageradamente embadurnados de pintura. El pelo teñido de rubio oro (blond d'or, goold watter) rizábase artificialmente bajo la toca empenachada de enormes plumas. Aunque frisaba en los cuarenta, en extravagante contraste con aquel rostro de cortesana de Alejandría vestida a la moda de París, poseía dos ojos de mirada cándida, luminosa y azul, que sabían mirar con ternura apasionada.
Nieves Sigüenza encarnaba otra modalidad femenina. Firme también de líneas, pero más mujer y menos muñeca, era mimosa, ondulante, gatuna. Tenía un rostro inquietante que destacábase a modo de careta de alabastro azulado, traslúcida, bajo una cabellera de ébano tallado en grandes bucles, y en contraste absurdo, como puestos en aquella máscara de Pierrot por el capricho de un artista atrabiliario, unos labios rojos, gruesos, golosos y sensuales, reían provocativos, y engarzados en dos levísimos trozos de azabache que fingían las pestañas, dos tostados topacios de cábala lucían a modo de pupilas. Por fin, completaban la extraña incongruencia, un lunar de terciopelo que se destacaba frívolo y galante sobre el libor de la trágica mascarilla. Más complicada y erudita, el amor era para ella un espejismo de sus secretos ensueños, y sabía hacer de cualquier coqueteo vulgar un idilio de Teócrito, y de la más prosaica aventura de encrucijada una historia de Poe o un cuento de Lorrain.
Frente a ellas, sentada en un sillón, las manos cerúleas cruzadas sobre el regazo y los ojos azules perdidos en la vaguedad de un ensueño, Nora Halm, una noruega de abombada frente y rubias trenzas de Gretchen de balada, que peinaba formando dos rodetes sobre las orejas, escuchaba con atención meditativa. Muy mujer, un poco sentimental, poseía, en contraposición con la exuberancia de las otras, una alegría serena, un callado arte de saborear la vida, aprendido en los interminables inviernos pasados en la mortuoria tristeza de los fiords.
Junto a ella, Beni Rosal fumaba cigarrillos turcos, y de vez en cuando reía con su risa seriecita de buen chico. Aquella muchacha con el pelo corto, peinado en raya, el rostro fino, un poco alargado, el atavío sastre y el alto cuello almidonado, tenía una allure muy varonil, que subrayaba con la brusquedad del gesto y cierta dejadez masculina.
Eran los demás contertulios, Pepito Montesa, un pintor adolescente que tenía el gesto rígido, de esas figuras etruscas que ilustran los vasos encontrados en las excavaciones; el conde de Medina la Vieja, el señor Heliogábalo, siempre con su inquietante apariencia de personaje de ultratumba invitado a una fiesta de espíritus; Julito Calabrés, abracadabrante en su atavío fasshionable, y Jaime Sigüenza y Gregorito Alsina.
Hablaban del caso de Guillermo Novelda. Lidia Alcocer fue la que sacara la conversación. Ella había amado mucho. En un tiempo, su frágil belleza de muñeca realzada con la estrepitosa elegancia, fue el ornato de los salones. Su gracia, su ingenio, su hermosura, la hizo ser deseada y, piadosa, no supo negarse. El Club entero pasó por sus brazos. No exigía de sus amantes sino una condición: la elegancia. Jóvenes o viejos, altos o bajos, rubios o morenos, chatos o narilargos, a todos sabía encontrarles una gracia especial, un oculto encanto, un chiste, un no sé qué... Con lo único que era inexorable era con el chic. Y los hombres se la disputaron entre el odio y la saña de las demás mujeres. Hubo desafíos, suicidios, broncas, escándalos. Pero envejeció y los amantes escasearon, fueron menos fieles, menos constantes; entonces la Alcocer entregose en alma y cuerpo al espiritismo. Las cosas misteriosas del más allá la atrajeron con su peligroso encanto y su escalofriante interés, que sacudía sus nervios de detraquée con nuevas emociones. Adoraba las historias de fantasmas y aparecidos y gustaba de contarlas y oírlas contar, sin perjuicio de luego, en la soledad del lecho (¡oh crueldad inexorable de los años!), estremecerse de miedo, y, tapándose la cabeza con las sábanas, santiguarse muy deprisa. Cada vez que moría un amante (cosa que, tratándose de una señora que tuvo tantos, forzosamente tenía que suceder con harta frecuencia), Lidia sufría un ataque de terror ante el miedo de su visita, ataque que sólo se extinguía cuando al correr de los días, el difunto, bien hallado de su nuevo estado, defraudaba las esperanzas de la dama. Pero cuando el espanto de ésta llegó al paroxismo fue cuando el suicidio de Pepe Madariaga. Aunque ella nada tenía que ver, pues las causas fueron el tapete verde, cierto Don Isaías Iscariote que practicaba la usura y una pájara francesa, metiósela en la cabeza ser la razón del drama. Pasó noches atroces en que a cada instante creyó ver la sombra del difunto, y hubo momento en que pensó en la conveniencia de implorar al sereno.
Ahora, como siempre, había sido ella la que en los azares de la charla evocó aquellas cosas. Rodando, rodando la conversación, había llegado a Guillermo Novelda, y Gustavo Mondragón, gran amigo suyo en vida, contaba el sucedido.
—Yo no sé si ustedes se acordarán bien de Guillermo...
—¡No habíamos de acordarnos!—habló Lidia—. Era un artista, músico, literato, pintor, escultor... y, al fin, moldeador de figuras de cera. Todavía recuerdo las palabras con que explicaba su amor a esos muñecos. «El mármol o el bronce—decía el pobre Noveldason demasiado inmutables, y, como tales, se alejan mucho de la naturaleza humana; en cambio, la cera es más dúctil, se transforma insensiblemente, palidece, envejece... Una estatua siempre es un trozo de mármol o de bronce, mientras que una figura de cera, una vez creada, tiene vida, nos acompaña, nos habla en el silencio de la noche, y, sobre todo, sabe escuchar...»
—Sí; Guillermo fue un gran dilettante de todas las artes.
Lidia protestó con vehemencia:
—Dilettante no; un artista, un verdadero artista. En sus obras hay chispazos, llamaradas de genio...
—Justamente—concedió Gustavo, razonando con las palabras de la dama—. Llamaradas, chispazos, pero nada más. Un contraste de color, la ejecución de un trozo al piano, la mueca de un rostro, la crispación de una mano, el detalle de un aguafuerte... Fue un genio fracasado; su obra maestra quedó por hacer. Dejó retazos, fragmentos, bocetos; pero todo incompleto, inacabado. Por eso digo que no fue sino un dilettante, genial si ustedes quieren, pero al fin y al cabo nada más que un dilettante.
—¿Y las figuras de cera?
—En eso, sí—asintió Mondragón—En las figuras de cera fue un artista único. Ese arte, pueril y complicado a un tiempo, le tentó siempre. Puso en él una inspiración enfermiza, malsana, que rimaba a maravilla con la materia prima.
Lidia Alcocer se estremeció al recuerdo. Casi temerosa, interrogó:
—¿Ustedes llegaron a ver el museo? Yo no le olvidaré nunca. Jamás he visto nada más atroz, más impresionante, que aquella colección de muñecos. Casi todos eran personajes de novela ¡pero con una vida! ¡con una expresión! Había caras monstruosas, deformadas; caras de idiotez, de lujuria, de gula; otras aviesas o amenazadoras; algunas con una expresión de angustia suprema. Cuando me las enseñó estuve mala tres días; luego, soñé con ellas mucho tiempo—. Y añadió a modo de conclusión:—¡Era un gran artista!
Gustavo sostuvo tercamente:
—Un gran dilettante.
Nieves terció en defensa del amigo muerto:
—Pues lo que es simpático lo era y de verdad.
—Eso no quiere decir nada. Ya sabe usted la teoría de Oscar Wilde: «El sólo hecho de publicar un libro de sonetos mediocre hace encantadora a una persona. Vive el poema que no supo escribir, así como otros escriben el poema que no supieron vivir». Guillermo vivió el arte que no supo crear.
—¡Qué agradable y qué divertido era!—insinuó la rubia Nora.
Beni adhiriose a la opinión de su amiga:
—Encantador.
Nieves, más psicóloga, dio una opinión complicada, en consonancia con su laberíntica espiritualidad:
—Era muy simpático, con aquella alegría ruidosa, comunicativa, en cuyo fondo había como un yacimiento de amargura, una tristeza un poco irónica, un desdén compasivo para las flaquezas de los demás y para sus propias flaquezas. Y era artista por naturaleza, artista del gesto, de la palabra, de la idea. Poseía el secreto de encontrar belleza en todo, una belleza refinada, quintaesenciada; una belleza de contraste que estaba en sus ojos de él y que sabía hacer sentir a los demás. Parecía superficial; pero lo íntimo de su espíritu...
—Yo, que he ambulado por ahí con él a las altas horas de la noche—interrumpió Gregorito Alsina—, podría hablar mejor que nadie. La verdad, creí que era posse, pero su muerte trágica fue la firma que selló la veracidad de todo ello. Guillermo tenía como nadie el arte de saborear la sensación. El analizaba, escrutaba, buscaba el por qué de las cosas, el origen de las ideas, de los deseos y hasta de los impulsos generosos. Era implacable con todos y con todo. Su alma misma complaciose en someterla a cruel autopsia y exponerla luego a la vergüenza. ¡Y en el fondo, qué cruel escepticismo!
Callaron todos un momento, y luego Gustavo reanudó:
—Pues ya se acordarán ustedes que primero le dio por frecuentar los salones, donde le acogieron en palmas. La vida fácil, alada, insustancial; la moral harto elástica y convencional, la frívola perversidad de todas aquellas gentes, le encantaron. Luego sintió la curiosidad de los viajes. Fueron unos viajes en que, según el mismo, no hizo más que buscar el escenario en que vivir sus novelas; viajes incongruentes, en que unas veces aparecía en las misteriosas ciudades del remoto Oriente y otras en las estaciones de moda. Yo casi llegué a creer que dábase esas caminatas por el gusto de epatarnos con una acuarela exuberante de color desde la India, una narración misteriosa desde el viejo Egipto, un cuadro de decadentismo ultramoderno desde la Costa Azul, o una de esas turbadoras aguafuertes de apaches y trotacalles desde París o Londres. Así recorrió la India, China, Persia, Egipto; rehizo el Calvario, buscó las huellas de las ciudades del Pentápolis, soñó con el Templo de Salomón y las magnificencias de Tadmor, y un día...
Y un día desapareció. Por lo menos desapareció para todo el mundo; pero yo, que estaba unido a él por antigua y sincera amistad, aún seguí recibiendo vagas noticias de él. Primero unas postales fantásticas desde Ceylán, unas postales en que me hablaba de triunfos misteriosos, en que decía haber encontrado el Paraíso terrenal; después unos renglones desde París, deslabazados, inconexos, que reflejaban un vencimiento absoluto, un descorazonamiento sin límites, y por fin nada. Cesó toda correspondencia e ignoré su paradero.
Un año después y otoñando en la capital de Francia, supe casualmente sus señas. Al día siguiente me encaminé a visitarle. Vivía al otro lado de los puentes, en una calle del viejo París, junto a la rue de l'Université, que viene a ser al bullicio de los bulevares, por su calma provinciana, su poco tránsito y lo vetusto de las edificaciones, lo que la Plaza del Conde de Aranda a la Puerta del Sol. Caminé un rato entre los altos edificios de piedras grises y uniformes, rasgados por grandes ventanas; en la calle silenciosa resonaban mis pisadas sobre el asfalto; los grandes portones con pesadas aldabas de bronce, permanecían cerrados, mudos y misteriosos, como si guardasen el secreto de otras vidas arcaicas, que permaneciesen estacionadas, y mi imaginación me ofrecía extrañas imágenes, cuadros de la vida que fue. Parecíame que al través de los vidrios de emplomados cuarterones, divisaba viejos estrados Regencia de raso amarillo o verde musgo, con grandes sillones de talla y panzudas consolas, que sostenían bajo fanal un reloj rematado por amorosa escena, y flanqueado por dos jarrones con flores de cera. En el salón había un clavicordio, y una damisela momificada, vestida con pomposas sedas, polvorientas y desvaídas, pasaba por el teclado amarillento sus manos de esqueleto, entonando una romanza sentimental; mientras, un galán, no menos acartonado, aguardaba inclinado hacia ella, para pasar las hojas del papel de música, y en una bergère, junto a la chimenea apagada, dormía un viejo caballero de blanca peluca y casaquín bordado.
Por fin tropecé con la casa de mi amigo. Era uno de esos amazacotados y sombríos hoteles, construidos a la moda del reinado de Luis XIV, entre patio y jardín, que sirvieron de morada, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, a la aristocracia de la toga. Era pequeño, macizo, con ventanas estrechas, casi siniestro, sin adorno alguno en la fachada. A un lado y por encima de alto muro, divisábanse algunos árboles centenarios, que aumentaban aún el aire de tristeza de la casa. Vacilé un instante, sobrecogido por el aspecto lúgubre de la morada que había ido a elegir Guillermo, y al fin, con súbita decisión, llamé.
Pasó un rato, y cuando comenzaba a desesperar temiendo haberme equivocado, la puerta giró silenciosamente y en el dintel apareció un hombre:
—¡Tú!
—¡Tú!
Era Guillermo en persona. Vestía un pijama a rayas blancas y amarillas, y al primer golpe de vista me pareció demacrado y envejecido. Al verme había esquivado un gesto de sorpresa; pero ahora, dominándose, sonreía forzadamente. No cabía duda, mi presencia allí le sobresaltaba penosamente, como si acabasen de descubrir un secreto que desease tener oculto. Cortado ante la glaciedad de aquella recepción, balbuceé:
—Si te molesta mi visita...
Dueño de sí mismo, halló los tonos de su antigua cordialidad.
—¿Molestarme?... ¡Qué disparate! Ya sabes que te quise siempre... Es que al primer momento tu llegada me ha sorprendido, pues ni remotamente la esperaba.—Y luego animó:—Entra, entra...
Penetré en la morada misteriosa y los batientes de la puerta cochera cerráronse tras de mí. Guillermo explicó:
—Estoy solo, sabes, y por eso te he abierto yo mismo.
El zaguán era grande, lóbrego. Había allí un fuerte olor a humedad, a moho, característico de las viviendas abandonadas. Hacía frío, y mi amigo, tiritando, me propuso:
—Vamos arriba. Todo esto está helado.
La escalera que arrancaba del zaguán partíase al llegar al primer descansillo en dos ramales. Era una escalera señoril, con bóveda de cristales que la suciedad había empañado y oscurecido. Los muros agrietados tenían por todo adorno escudos de armas labrados en yeso, rotos y maltrechos, que alternaban con misteriosas ventanas de cerrados postigos. El pasamanos de terciopelo rojo caíase a pedazos, y sobre los escalones de madera pintados de blanco, que con los años había tomado un tinte crema, veíase la señal de una alfombra que debió de haber en otros tiempos.
A media escalera notó que mi amigo jadeaba; pero como al mirarle con el rabillo del ojo vi pintada en sus labios la misma forzada sonrisa que mostraba los dientes largos y amarillos, no me atreví a decirle nada y seguimos subiendo. Cruzamos dos o tres salones que parecían surgidos allí a la evocación de mis sueños callejeros. Eran los viejos estrados que mi imaginación colocara tras los cerrados postigos; muebles Luis Felipe, de ébano, tapizados de reps granate, verde o azul, grandes, amazacotados, exentos de toda gracia; cómodas de Boule, horarios de pesas, cuadros de campestres paisajes, muy mal pintados, muy relamidos, con sus riscos de mazapán y sus corderillos de cartón piedra, y pesados cortinajes, llenaban las estancias, cuadradas, vastas, altas de techo. Sobre todo ello habían caído inexorables los años; los sofaes, rotos, despanzurrados, mostraban el pelote y los desvencijados muelles; los muebles, descascarillados, arrancadas las incrustaciones, yacían rajados, con el mármol partido; los cronómetros, parados en horas misteriosas; los cuadros, cubiertos de polvo, y en el rígido abandono de las cortinas, no sé qué inquietante secreto. De las bóvedas, cubriendo los ángulos y enlazándose con las pesadas lámparas de cristal y bronce, pendían telas de araña. Por todas partes reinaba una semipenumbra temerosa y un acre, violentísimo, olor a humedad.
Guillermo se disculpó:
—Perdona, chico: pero no he tenido tiempo de arreglar la casa y está como la encontré al alquilarla.
Después, abriendo una puerta y dejándome paso murmuró:
—Mi estudio.
El cuarto era mayor que los anteriores. Al través de una vidriera entraba la luz tristona del patio; sólo un rincón parecía haber sido arreglado; allí habían colocado un amplio diván hecho con tapices de Smirna, pieles de oso y de cabra del Thibet, y almohadones de bordadas sedas orientales; junto a él una mesilla de ébano y marfil, y defendiéndolo todo, un biombo de tapicería, sobre el que caía al desgaire antigua capa pluvial de brocado. El resto de la estancia correspondía en decorado y adorno al de lo demás de la casa; pero por todas partes veíanse en revuelta confusión, tiradas, cubiertas de polvo, dejadas de cualquier modo, obras comenzadas en un momento de inspiración, abandonadas luego en el desaliento de una impotencia absoluta. Cuadros empezados y sin concluir; luego estatuas inacabadas, rotas, maltrechas, sin brazos ni cabeza; trozos de cera comenzados a modelar y abandonados luego en una monstruosa deformación, y por fin, sobre la mesa desordenada y polvorienta, cuartillas garrapateadas, libros deshojados... Respirábase allí una atmósfera enrarecida, cargada de humo, de aroma de opio, de perfumes violentos y de ese extraño olor a cera quemada y flores marchitas que se respira en las cámaras mortuorias.
Novelda dejose caer en el diván; parecía aniquilado por el esfuerzo; estaba lívido, jadeaba y sin dejar de tiritar, gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente; sus cabellos se pegaban a las sienes y sus manos temblaban levemente. Con un gesto cansado me señaló una butaca. Luego suspiró, sonriendo con la sonrisa dolorosa que ahora parecía no abandonarle nunca:
—¡El amor cansa mucho!
Así el cable y deseoso de provocar una conversación que disipase la glaciedad que había en la atmósfera, echeme a reír bromeando:
—Por eso temí haber llegado en mal momento: que estuvieses con alguien o esperases alguna visita...
Movió la cabeza negativamente:
—Mi amor está siempre conmigo.
Extrañome la frase, pero deseando distraerle y sacudir a mi vez cierta inquietud indefinible que me azoraba, comencé a hablar de unas cosas y otras. Parecía como adormilado, dándome la sensación de que su pensamiento estaba muy lejos de allí. Mientras charlábamos le examinaba disimuladamente; ¡parecía imposible que aquel hombre fuese el mismo Guillermo Novelda que yo conociera antaño, alegre y dicharachero! Bajo la liviana seda del pijama marcábase la osamenta; el rostro demacrado tenía un color plomizo, y los ojos mortecinos brillaban en el fondo de dos profundos surcos amoratados.
Le interrogué a boca de jarro:
—¿Fumas opio? Aquí huele a él.
—A mi Lady le gusta el olor del opio.
¡Otra respuesta cabalística! Tras ella quedamos en silencio largo rato. Guillermo parecía nervioso, inquieto, como si fuese presa de una lucha interior. Al fin, en la resolución del gesto adiviné que acababa de decidirse a algo trascendental. Encarose conmigo:
—Te voy a contar la verdad, toda la verdad.
Sentí una sacudida eléctrica, frío en la raíz del pelo, un temblor que me corría por la espalda. ¿Qué atroz historia iba a escuchar? ¿Qué abismo del corazón humano iba a abrirse ante mis ojos?
—¡Ah, mi historia!—prosiguió Novelda—. Mi historia es algo extraordinario y vulgar, encantador y terrible. ¡Mi historia! Si yo hubiese vivido en la Edad Media puede que la Inquisición me hubiese quemado como poseído, como uno de esos brujos que hechizaban a las gentes clavando una aguja en el corazón de un muñeco de cera y bailando luego ante el Malo en las noches de aquelarre; si tuviese familia, quizás me encerrasen en una casa de salud... y sin embargo, en lo que me sucede no hay nada de extraordinario ni de inexplicable.
Hablaba ahora con calor. Sus ojos brillaban húmedos y pasábase nerviosamente las manos por los cabellos que debían erizársele.
Reanudó:
—¿Te acuerdas de mí en otros tiempos? Yo era el prototipo del hombre feliz: alegre, incansable, dispuesto siempre a divertirme... Todo el mundo (¿para qué falsas modestias?) me encontraba encantador, divertido, insustituible. Un poco poseur...
Hizo una pausa, durante la que pareció meditar. Al fin siguió:
—La pose... ¿Si yo te dijese mi creencia de que en realidad la pose no existe? La cultivamos más o menos, la combatimos con armas de vulgaridad o la exaltamos con venenos sabios, pero en realidad está en el fondo de nosotros. Es una enfermedad, un desequilibrio, algo trágico o ridículo, pero más fuerte que nuestra voluntad; algo que alienta pese a nosotros, que nos vence, nos arrastra, nos hace estrafalarios, locos o geniales a pesar nuestro.—Excitábase al hablar. Continuó—: Yo, por lo que a mí se refiere, sé decirte que lo que las gentes llamaban mi pose y que yo cultivaba cuidadosamente, era más fuerte que mi menguada voluntad. Siempre he sentido una atracción invencible por el misterio, por la vesania, por el dolor y la muerte. Las cosas inquietantes, los inexplicables fenómenos de que está llena la vida humana, esas escalofriantes coincidencias que nos hacen detenernos ante un hecho imprevisto como ante la puerta de un cuarto en que se guardan no sé qué misteriosos males, me inquietaron, despertaron en mí el anhelo de rasgar el velo de Isis. ¡Ah! ¡Si yo hubiera poseído la caja de Pandora, la hubiese abierto, y luego entre ansioso y aterrado me habría entretenido en contemplar el progreso de todos los males! Recuerdo que de chico la oscuridad me inspiraba infinito terror; pues bien, por un masoquismo moral, extraño en un niño, complacíame en pasar largo rato con los ojos fijos en ella, adivinando la mirada de unos ojos, esos ojos de color indefinido, luminosos e hipnóticos; esos ojos en que brilla la atracción terrible del misterio, la locura, el delirio, la muerte; ojos agoreros de no sé qué secretos horrores. Pues con las cortinas me sucedía igual. Cuando vivíamos en la calle del Sacramento, en el viejo caserón de mis abuelos, tan propicio con sus enormes salas y sus inacabables pasillos, con su cuarto azul y su galería de retratos, a todas las alucinaciones, llegué a sentir como una verdadera inquietud el miedo a los cortinajes. Mi imaginación enfermiza los plegaba en inquietantes formas, ceñialos a invisibles cuerpos, moldeaba absurdos torsos, les hacía temblar en imperceptibles estremecimientos, o los entreabría, mostrando al fondo de oscuras cavidades figuras borrosas imposibles de definir. De vez en cuando, veía surgir de ellos, en la penumbra crepuscular o en el aún más temeroso claroscuro de las lámparas de aceite, una mano negra y peluda o una mano blanca, traslúcida, de dedos largos y descarnados que, parecía llamarme...
—Pues ¿y las figuras de cera?...
Detúvose un momento. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Al fin continuó—: ¡La obsesión de las figuras de cera! Esa la he sentido siempre; creo que de muy niño me perseguía ya con su inquietud, que se traducía en una opresión, en un malestar extraño ante esos muñecos, frívolos al parecer y que, sin embargo, tienen una vida tan misteriosa, tan honda y turbadora. En las ferias, en esos barracones donde exhiben fantoches, me gustaba ir estudiándoles uno a uno; tendía la mano para tocarles, entre asustado y curioso, como hacen otros chicos con los reptiles, y costaba trabajo arrancarme de allí. Luego, hombre ya, cuando descubrí mis disposiciones para la escultura en cera, sentí un gran alivio, algo así como si me quitasen un peso de encima. ¡Era el pretexto conque engañarme a mí mismo! Años después, en Viena, mi rara obsesión resurgió súbitamente. Habíamos recorrido las instalaciones de un parque de recreos establecido en el Pratter, cuando al penetrar en un Grevin admirable que había, sentí otra vez angustia anhelante que se tradujo en un deseo absurdo. ¡Era preciso que pasase una noche allí, entre todos aquellos mudos personajes, cuyas historias nos iba contando pomposamente el cicerone.—Hubo otra pausa.—Nunca—, prosiguió el pobre Guillermo con voz estragada—nunca, por mucho que sea el horror de tu situación, podrás imaginarte nada semejante! Sólo el que herido y tenido por muerto, haya pasado la noche rodeado de cadáveres en un campo de batalla, puede figurarse algo igual. ¡Y aun ése está al aire libre! Oculto por un empleado complaciente a fuerza de oro, vi llegar la noche. Los visitantes desfilaron, el director giró la última ronda y al fin sentí cerrarse las puertas, correrse los cerrojos ¡y me encontré solo, rodeado de los misteriosos personajes! Había luna, y al través de los altos ventanales penetraba una tenue claridad que, una vez acostumbrados los ojos a las relativas tinieblas, bastaba para distinguir los objetos. Entonces, alardeando de un valor que no sentía, giré mi visita de cumplido a mis compañeros de la noche. Allí estaban todos: rígidos, hieráticos, inmóviles, en posturas que durante el día se nos antojaban ridículas, afectadas, cómicas o prosopopéyicas, y que así, en el misterio de la noche, tenían no sé qué prestigio de una sinceridad casi dolorosa. Allí estaban, en el hall central, de pie o sentados en los bancos, parados o en actitud de romper a andar, espectadores todos de la ceremonia de ungir el Papa, Emperador a Napoleón, que las figuras centrales reproducían, damas y caballeros que en la fantasmagoría lunar eran herméticos e inquietantes; allí estaban el chasseur que tiende perpetuamente un programa a los visitantes, el caballero que se ha dormido, la enlutada triste...
Al principio anduve de un lado para otro, sacando fuerzas de mis flaquezas. El ir y venir de empleados que trajinaban por el jardín contribuía a infundirme valor, pero llegó un momento en que se hizo un silencio absoluto. Aún me dominé. Fui a sentarme en el banco entre la dama enlutada y el caballero. Ella gemía quedamente; por el rostro muy pálido resbalaban lágrimas. ¡Bah! ¡Qué tontería! La volví la espalda y entonces mis miradas cayeron sobre mi otro compañero de banco. ¡Era un loco!; su rostro grande y blanco plegábase en absurdas muecas; sus cabellos crespos, peinados con cepillo, se habían erizado, y sus ojos de cristal fosforecían siniestros. Horrorizado, me alcé de allí y caminé a la ventura. Pero el botones me hacía muecas burlonas; los paseantes que permanecían petrificados, como habitantes de una ciudad maldita sorprendida por el fuego, volvían la cabeza a mi paso o tendían la mano para detenerme. Si yo me paraba, volvían a la forzada inmovilidad, pero yo les sentía remover. Entonces me confesé por primera vez que tenía miedo. Desmoralizado por aquella confesión, empecé a vagar de un lado para otro, prisionero de la siniestra mascarada.
Y comenzó para mí espantosa pesadilla.
En mi fuga, y buscando tinieblas absolutas que borraran las figuras alucinantes, había dejado atrás la sala central, y descendiendo por una escalerilla, me encontraba en las cuevas. Allí estaban reproducidas escenas de la corte de Luis XVI y de la Revolución francesa. Primero los días felices, las pastoriles escenas del petit Trianón, el skating de Versalles, las recepciones de Corte. Y era Marie Antoniette, la archiduquesa austriaca, Delfina de Francia, rodeada de sus damas, jugando con corderillos lazados de azul y rosa; y era la misma archiduquesa, cubierta de pieles, los ojos entornados por una voluptuosidad que no se sabía si estribaba en el vértigo de la rapidez o en la apostura del galán, el vizconde de Charny, el infortunado caballero de Tavernay Maison Rouge, que empujaba el trineo.
Eran luego las horas terribles en que una fatalidad cruel llevaba por senderos de frivolidad la tragedia del desenlace. Y venían las extrañas escenas de la cubeta de Mesmer, los experimentos de Cagliostro, las nocturnas escapadas de Versalles, las entrevistas del cardenal de Rohan con Juana de la Motte Valois, las violencias del collar, las aventuras de Monseñor el Conde de Artois. Y eran, en fin, los bárbaros furores del pueblo, el asalto de Versalles, la Conserjería, el Temple... Toda aquella historia de Francia, muy Dumas, que con gente y luz me había parecido casi risible, así, a la débil claridad lunar que se filtraba trabajosamente hasta allí, tenía un espanto de evocación. Los decorados falsos, contrahechos por la falta de espacio, adquirían en la semipenumbra una realidad pasmosa, y los personajes hablaron y me contaron su historia. No eran las historias, picarescas o tristes, jocosas o sangrientas, pero siempre triviales, que narraba el empleado al explicar los grupos a los visitantes. Eran historias amargas, dolorosas; porque no eran la historia vista por el público, sino la historia verdad, la que sólo alentó en las almas, la historia del por qué de las cosas. Y la Reina me dijo de su amor por el caballero de Charny, de su alma de mujer, fiera y apasionada, que sentía latir el odio en derredor; Cagliostro me habló de su pasión por la infortunada Andrea de Tavernay, y Juana de la Motte de sus locos anhelos de ambición. Y todos me dijeron cómo entre corderos lazados de raso, embarques para Citerea, juegos de ecarté y sesiones de patines, prepararon el drama. Sólo la Lamballe, insustancial, graciosa, inconsciente, limitábase a mover la cabeza coronada de bucles y enguirnaldada de rosas.
Huyendo de los obsesionantes fantoches, bajé aún algunos escalones y me encontré en lo que representaba las cárceles: prisiones históricas, inquisitoriales, o simplemente modernas celdas, en ellas yacían grandes criminales o grandes mártires. Allí estaban la Máscara de hierro, Juana de Arco, Gilles de Rais, Señor de Thiffages, el Marqués de Sade, el Príncipe Don Carlos (hijo de Felipe II), la Voisín, la Marquesa de Brinvilliers, y junto a ellos unos cuantos feroces criminales de relativa actualidad. Yo no sé si la luz llegaba hasta allí o si eran mis ojos alucinados los que me fingían claridad en aquellas lóbregas catacumbas; pero yo veía, veía sobre la sórdida miseria de los calabozos las extrañas figuras, que la tristeza y el largo encierro habían demacrado y como traslúcido, cobrar vida para hablar conmigo. Y fue primero el rostro enjuto, los ojos negros, fosforescentes, dominadores, la boca cruel y el gesto elegante bajo la chupa de terciopelo negro, bordada de azabache, del Marqués de Sade; luego la bárbara y altiva brusquedad del señor de Thiffages; más tarde el alucinado fervor de la Pucelle, la amable elegancia de la Voisín o el ademán equívoco de la heroína de la rue de la Lune, y por fin la grosera torpeza de Salvarose, el feroz asesino. Y ellos también me dijeron su secreto. Sade, galante mundano, me habló de la voluptuosidad de ver correr la sangre como un ardiente lacre que sellase el placer, aquel placer más fuerte que su voluntad; Gilles gimió en uno de sus místicos arrebatos todo el horror y toda la delicia de aquellas carnes inocentes que temblaban entre sus manos, mientras en la capilla, de una fastuosidad salomónica, toda recargada de oro y pedrerías, el órgano entonaba el oficio de los Santos Inocentes; la libertadora de Orleans, con su voz de plegaria, narrome sus visiones, y Salvarose bramó aún bestial al recuerdo de sus víctimas. Y en el fondo de todas aquellas vidas, latía la cosa misteriosa y horrenda, el monstruo devorador que para la antigüedad remota fue la voluptuosidad, para la Edad media el pecado y para nosotros es el vicio, el huracán asolador de vidas, el extraño monstruo que yo sentía latir en mis entrañas! Fue una noche de locura, de vértigo; una noche en que a cada instante sentí vacilar mi razón; por la mañana me encontraron yerto, exánime. Llevado a mi hotel declaróseme intensa fiebre cerebral. Repuesto de ella, partí para la India.
—Calló un momento Guillermo. A mi pesar sentíame impresionado por tales historias. El ambiente del salón, el olor a opio y cera, aquel abandono de casa deshabitada, todo contribuía a acrecentar mi obsesión. El parecía fatigado por las evocaciones; al fin, con voz rota, desvalida, prosiguió;—dábase ya en mi vida un fenómeno horrible, capaz de erizar el cabello a cualquiera. Yo temeroso de hacer el vacío en derredor mío, jamás he confesado esto a nadie; pero ahora, seguro ya de saber vivir en la soledad cuando soy dueño del secreto de, en la soledad, poseer a la persona amada, no me importa revelártelo. Una misteriosa fatalidad parecía acompañarme, algo así como una jettatura que pesaba sobre cuantas personas se acercaban a mí. Yo era el manzanillo; mi sombra era fatal. Bastaba que pusiese mi amor, mi cariño o mi amistad en alguien; bastaba que entrase en una casa con una mayor intimidad, para que la desgracia se cerniese inmediatamente sobre ella. Y fueron los tiempos del suicidio de Illana Floriani, la gran actriz; aquel suicidio en el Rhin, que tuvo la magnífica teatralidad de la última escena de una tragedia antigua; de la fuga de Lady Georgina Greem; del asesinato por los terroristas del Gran Duque Sergio; de la ruina fraudulenta de Simeón Róssend, el gran banquero semita, y de la catástrofe automovilista que costó la vida al duque d'Arconville, y de la que yo salí milagrosamente ileso; la época de todos aquellos extraños escándalos mundiales en que yo me veía envuelto, según vosotros, por snobismo, en realidad por una fatalidad cruel. Huyendo de ella comencé mi éxodo, y en Ceylán conocí a Lady Judith Woodstons. Ya sabes lo que son esos centros de elegancia mundial donde entre tantas gentes que se curan, por hacer algo, de enfermedades imaginarias, hay algunos verdaderos moribundos que gozan ansiosamente de las postrimerías de la existencia—uno de los encantos de la muerte es dar todo su valor a lo que nos queda de vida, y que los mismos que se aburren cuando creen tener una vida ilimitada por delante, en cuanto ven la muerte a plazo fijo, descubren nuevas delicias al mundo—son verdaderas ferias de vanidades, en que se vive en una perpétua exhibición de joyas, de trajes, de honores y bellezas más o menos auténticas; pues, sin embargo, en cuanto entra en el hall del Indian-Palace, mis ojos se fijaron en Lady Judith y quedé deslumbrado. No es dable imaginar nada más bellamente frágil, más delicado, más sutil y espiritual que aquella criatura. Semicubierta por los toisones de un gran abrigo de raras pieles, aparecía envuelta en un traje de antiguos encajes de Venecia bordados en nácar; un fastuoso collar de perlas resbalaba en nacarado iris sobre el terciopelo del escote y caía hasta las rodillas rematado por gruesos borlones de esmeraldas y brillantes, y, surgiendo de aquellas magnificencias, bajo la cabellera de oro pálido—ese oro que en los cuentos de encantamientos hilan las princesas—, el rostro de fino perfil y óvalo perfecto, y en el rostro los ojos. ¡Los ojos! Eran dos zafiros pálidos que rebrillaban bajo la dorada sombra de las pestañas. Había en ellos algo misterioso y trágico: el dolor de morir. Desde entonces le amé; veíala todos los días, siempre sutil, frágil, quebradiza, cubierta de pieles, de perlas, y de encajes, con no sé qué de irreal, de imaginario. No parecía una criatura humana, sino una de esas evocaciones fantásticas de los ensueños de los paraísos artificiales, la abstracción de un pintor infiltrado por una mezcla de paganismo y misticismo, la tentación de un escultor asceta. En las promiscuidades de hotel no es difícil trabar conocimiento con las gentes, y además Lady Judith no se hacía inabordable; así que a los ocho días había conseguido conocerla, a los quince éramos amigos y algunos después hacíale la corte.
Una noche estábamos solos en la terraza del Indian. El cielo era como una inmensa bóveda de zafiro incrustada de brillantes; al través de un bosquecillo de palmeras, divisábase el mar como un encantado espejo que reflejase el cielo. Lady Judith reclinada en la chaisse longue, vestida de gruesos encajes de Irlanda sostenidos por lazos de seda azul, tiritaba bajo la amplia pelliza de renard argente, haciendo rebrillar el portentoso aderezo de zafiros que ostentaba. Yo la hablaba de amor. Ella parecía escucharme con arrobo, sin atenderme, atenta sólo a la armonía de la voz como atenta estaba a las notas de la orquesta de tzíganes, al rumor de los pájaros en el bosquecillo de palmeras o al lejano murmullo del mar. De improviso, se incorporó: «Le creo a usted sincero y voy a ser leal—habló con su voz cristalina en que vibraba sin embargo un extraño timbre de energía.—No sé si le quiero o no; sé únicamente que no seré nunca suya... suya, ni de nadie—añadió, al sorprender en mi un gesto de amargura.—Quizás le parezca raro en una mujer, mujer de mundo y gran señora por añadidura, esta crudeza. Lo lógico y lo corriente sería que yo flirtease, diese largas, me negara a tiempo... Pero hay una razón para borrar todos estos convencionalismos sociales: la muerte. Me muero y me muero a plazo fijo. Y esta seguridad de morir da un extraño, un imprevisto, valor al tiempo. Para una mujer cualquiera, perder una semana, un mes, un año, no importa nada. Para mí una hora, un minuto, un segundo, tienen un valor extraordinario. ¡Tres meses de vida! ¡Tengo tres meses de vida!...—Hizo la inglesa una pausa.—Si le dijese que no sentía morir, mentiría. Pero segura de que no hay remedio para mí, me he resignado, y entre manchar mi agonía con potingues, fealdades, terrores, o ennoblecerle con todo lo que es bello en el mundo, he preferido esto último. Ya sabe usted el verso
Un bel morire tutta una vida honora
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Una sonrisa triste vagaba por sus labios. Siguió:
—La muerte, sin embargo, es implacable usurera, y esta portentosa belleza mía (cuando le quedan a uno noventa días de vida la modestia es una estupidez) a la muerte se la debo. Así, viéndome sólo en las horas de respiro, en las treguas que la enfermedad me deja, únicamente puede apreciarse el lado bello de las cosas, la trasparencia de nácar de mi cutis, el fulgor de zafiro de mis ojos y estas dos pálidas rosas que se marchitan en mis mejillas. Pero si yo fuese suya, si entre nosotros existiese la intimidad de dos amantes, vería usted también el lado feo de mi mal, y serían los espasmos de amor cortados por golpes de tos, y los besos que sabrían a sangre y a creosota... Además, ¡quién sabe!, yo soy muy fuerte, pero mujer al fin y al cabo, y, quizás interesada en el juego, no tendría valor para acabarlo a tiempo, y asistiría usted al horror de una agonía, agravada aún por las ansias de vivir. Vería usted el desmoronamiento, la descomposición de mi hermosura, y en vez de un bello recuerdo, tendría la sensación de una pesadilla casi repulsiva.
—Comencé a formular un ruego—prosiguió Guillermo dificultosamente—pero ella no me dejó hablar.
—Usted es artista, un grande, único y admirable moldeador y le voy a dar a usted lo que un artista estima más: la belleza. Mi cuerpo será de los gusanos, pero mi belleza será de usted. Moldeeme una estatua; en estos tres meses de vida yo seré su modelo, y así, cuando yo muera, en vez de un recuerdo repulsivo, le quedará, hasta que a su vez le llegue la hora de morir, una imagen de belleza que ni años ni enfermedades podrán borrar. Como las heroínas antiguas, reinaré en su vida después de muerta.
—Y me tendió en señal de pacto una mano blanca y fina, enjoyada como la de un icono.
Guillermo enjugose la frente con el pañuelo y luego con trabajo continuó hablando:
—Tres días después, comenzaron aquellas extrañas sesiones de modelado. En la pesada atmósfera del invernadero convertido en estudio, siempre tendida sobre un lecho de pieles, Lady Judith se ofrecía a mis ojos toda desnuda, con un impudor de diosa, mejor, de marmórea escultura. Yo temblaba de deseo, con un ansia loca de poseerla, de acariciarla, contenido por su amenaza de que al primer gesto aquellas horas habrían acabado irremisiblemente para siempre. Exasperado, presa de una fiebre pasional rayana en el delirio, ensañábame en el trabajo, encontrando un acre placer en perpetuar la maravilla del modelo que nunca sería mío. ¡Y qué modelo! Jamás pintor ni escultor alguno pudo soñar nada más bello que aquella viviente estatua que modelaba la muerte. ¡Nada de mórbidas delgadeces ni de angulosas osamentas; nada de amarillentas palideces ni de agónica viscosidad. Una elegancia insuperable, una maravillosa armonía de línea y de contorno y una piel fina, blanca y aterciopelada...! ¡Su piel! Era tan lechosa y transparente, que algunas veces hacíale semejar una estatua de alabastro iluminada por interior y misteriosa claridad. Luchaba yo por fijar aquellas maravillas, pero como por obra de sortilegio, cada día acrecentábanse más. De hora en hora, parecía espiritualizarse, afinarse, hacerse más sutil y transparente, sin perder jamás la ecuanimidad de su hermosura. Al fin un día di mi obra por concluida. Ya no me faltaban más que los cabellos y los ojos, aquellos cabellos de princesa legendaria y la líquida transparencia que se filtraba por entre las pestañas de oro y que hacía pensar en la serena belleza del cielo reflejada en las aguas de un lago en calma. Lady Judith tuvo una de sus enigmáticas sonrisas.
—Es tarde—murmuró.—Esta es la última sesión.
—Y como yo, desesperado protestase de ver mi obra condenada a quedar sin concluir, añadió:—Me encuentro muy mal. Mi hora se acerca; sé que me muero...—Y como yo intentase atajarla, sin permitírmelo, con un vago tinte de ironía, aseguró:—Tan mal me encuentro, que ya he avisado a mi marido y mañana vendrá con un yacht a recogerme.
«Yo imploré aún:—¡Esos ojos!... ¡ese pelo!...—Sonrió.—Los tendrá usted.
—Pasó un mes. Yo no sabía nada de Lady Woodstons. El yacht seguía anclado en la bahía. Al fin, un día, al salir a la terraza, vi que el barco se hacía a la mar. ¡Lady Judith había muerto! Loco de dolor, me precipité al hall del hotel para informarme de la catástrofe. Allí un groom me entregó un paquete. ¡Su letra! Desfalleciendo de emoción subí a mi cuarto y lo abrí. Había dos cajas. Rompí las cintas que sujetaban la mayor. Allí estaba la maravillosa cabellera de Lady Judith! Un papel rezaba: «mi pelo». Tembloroso abrí la otra: «mis ojos», y vi en el fondo del estuche dos pálidos y admirables zafiros. Con todo ello completé mi estatua, y nuevo Prometeo, me enamoré de ella.
Hizo aún otra pausa nuestro pobre amigo. Estaba tan pálido que temí por un momento que fuera a desmayarse. Al fin, con un gesto enérgico se puso en pie.
—Voy a presentarte a mi Lady.
Les confieso a ustedes que sentí un vago malestar. Todas aquellas historias, agravadas por las tinieblas crepusculares y el fuerte olor a opio y cera, me turbaban. Hubiese querido irme, pero algo más fuerte que mi voluntad me retenía prisionero allí, y con los ojos fijos en la puerta por donde había salido Guillermo, esperé. Al fin apareció en el dintel el escultor, sosteniendo una mujer casi por completo cubierta por un enorme abrigo de chinchilla. Parecía enferma—una de esas irreales enfermas que van a morir a la corniche, entre sonrisas, rosas y naranjos en flor—, entregada por completo a su galán.
El gabán sólo dejaba ver la parte alta del rostro en que lucían los ojos admirables y la cabellera de hilado oro, y por debajo del abrigo salía la fastuosa cola de encajes. Lentamente acercose la extraña pareja al diván, y con cuidado exquisito depositó Guillermo su carga en él. Después, con un gesto rápido, nervioso, como si temiese quemarse, abrió la pelliza que cubría la muñeca.
Lancé un grito y me puse de pie. Ante mis ojos, en lugar de la figura admirable que la pureza de la frente, el oro de los cabellos y el luminoso azul de los ojos hacía presentir, acababa de ofrecerse a mi vista algo horrendo, abominable, alucinante. Las mejillas deformadas, los labios mordidos, el cuello destrozado, el escote hendido por las huellas de las uñas que se habían clavado en él; en vez de la admirable estatua que esperaba tenía ante mí una de esas figuras que los inquisidores hallaban en los antros de las brujas medioevales y que quemaban ante el Patriarca de Indias en las hogueras de la plaza Mayor.
Guillermo rió sarcástico y encarose con la estatua:
—¡Ah! ¡Parece que ya no gustáis tanto, Milady! ¡Parece que vuestra belleza está en el ocaso!
Después, dirigiéndose a mí, habló con voz estridente, en que vibraba un odio feroz:
—¿Comprendes? ¡La odio y la amo! Y veo llegar para ella la vejez y el olvido!... ¡Es la liberación!... ¡La batalla! ¿Comprendes? ¡Reinaré en su vida después de muerta! Si ahora me entregase a usted, vería el lado feo de las cosas, y día por día, hora por hora, enrojecería ante sus ojos; mientras que así... así mi belleza le sobrevivirá!... ¡Y ha envenenado mi vida para siempre! Si hubiese sido mía, mía una vez siquiera; si hubiese sido mujer, su memoria estaría para mí llena de dulzura; mientras que así, quimérica e impasible, reproduciendo su piel, que para mí no tiene otra realidad que la cera, y sus ojos, que son dos piedras yertas, y sus cabellos, que han adquirido la sequedad de los de las muñecas, la visión perpétua de su desnudo maravilloso me persigue, me obsesiona, aniquila mi vida... ¡Y es la batalla! ¡Ahora es mía! ¡Mía! Aquel amor que en vida le asustaba porque podía marchitar su hermosura, la destroza día por día. Y hora llegará en que, fea y repulsiva, la arroje a un braserillo, donde se derretirá como los endemoniados muñecos que quemaban en las noches de aquelarre. ¡Y ese día, por fin, seré libre y el maleficio estará roto para siempre!
Se había puesto de pie, el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas. En el diván, la figura abandonada parecía mirarle con sus pupilas azules de cristal y sonreír irónica con los labios destrozados a mordiscos.
Hubo una pausa. Nadie hablaba ni se movía. Todos escuchábamos anhelantes la extraña historia de Guillermo Novelda que Gustavo nos contaba. Al fin reanudó el hilo:
—Un año después volví a París. Durante el invierno, el recuerdo de nuestro infortunado amigo me persiguió como un remordimiento. ¡Había hecho mal en dejarle allí solo y abandonado a su extraña locura! Mi deber era haber avisado a su familia... El egoísta que todos llevamos en nosotros salía a mi encuentro con sus fríos razonamientos. ¿A qué familia? Guillermo no tenía sino parientes lejanos a quienes nada importaban sus cosas. Además, ¿con qué derecho iba yo a meterme en sus asuntos? ¿Quién era yo para inmiscuirme en el misterio de aquella vida, revelado a mí en un momento de confianza? Un amigo de azar, un conocido de los salones. Y me había cruzado de brazos. Ya en París, decidí volver a visitar a mi amigo; pero la pereza y una vaga inquietud de perturbar mis nervios con todas aquellas raras historias, me hacían retrasar de día en día mi visita. Además ¡hacía tanto calor! Esto sucedía el verano pasado, y ya recordará usted la temperatura senegalina de que disfrutamos en todas partes, pero sobre todo en París. Por fin, un día hice un esfuerzo, me armé de valor y me encaminé a la rue de l'Université. Desde que pisé la calle, un presentimiento me oprimió. Un grupo no muy numeroso de gente permanecía estacionado precisamente ante la casa de Guillermo. Acerqueme inquieto, e interrogando a unos y otros acabé por averiguar lo que sucedía: iba transcurrido más de un mes sin que el inquilino diese señal de vida. Como era harto misantrópico, al principio a nadie extrañó no verle, pero a la larga concluyeron por inquietarse. Fueron entonces al amo de la casa, el cual, a su vez, acudió allí, y como, pese a sus reiterados llamamientos, nadie abría la puerta, acudió a la Comisaría, y por fin iban a forzar la puerta. Inquieto por la suerte de mi amigo, presintiendo una desgracia, pedí hablar al comisario; presenteme a él, no como amigo, sino como pariente, que, inquieto ante un injustificado silencio, había hecho un viaje exclusivamente para saber a qué atenerse, exhibir documentos, y al fin fui autorizado a acompañar a la justicia en sus indagaciones. La puerta acababa de ser forzada y entramos todos en el zaguán. Un olor nauseabundo nos dio el alto. No era sólo el olor a humedad que percibí la primera vez que pisé aquella casa, era un olor a podredumbre, a carne muerta, agravado de emanaciones de opio y de cera quemada, lo que salía ahora a nuestro encuentro. Al fin, tras un momento de vacilaciones, seguimos avanzando y cruzamos los mismos salones de mi anterior visita, pero aún más lúgubres, más polvorientos, llenos de telas de araña y de cucarachas que corrían ante nuestros pasos. Y el olor hacíase cada vez más intenso y violento, tornando la atmósfera en irrespirable. Los agentes iban abriendo a nuestro paso puertas y ventanas. Al fin llegamos ante la entrada del estudio: el Comisario empujó la puerta y todos retrocedimos un paso helados de horror.
Sobre el diván, semidesnudo, yacía el cadáver de Guillermo, pero el cadáver devorado por ratas y gusanos, el cadáver sin labios ni nariz, con los ojos vacíos y las mejillas descarnadas; el cadáver negro, purulento, en plena fermentación, que estrechaba ferozmente, en una crispación sarcástica de las mandíbulas descarnadas, la figura atrozmente deformada de Lady Judith. El calor y la podredumbre habían fundido absurdamente cera y carne y en la confusa masa pululaban los gusanos. Una larva amarillenta salía de una de las vacías cuencas del cadáver y resbalaba sobre los labios destrozados de la muñeca. Sobre la escalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde el fondo de aquella miseria los ojos azules de Lady Judith me miraban burlones.
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Había concluido de anochecer. En el despacho no se oía más que el castañetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba. Después, un suspiro de descanso de Claudio Hernández de las Torres, que acababa de darse una inyección de morfina. Al fin Nieves Sigüenza, estirándose con voluptuosidad de gata perversa, murmuró, presa de delicioso terror:
—Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo conocer a Lady Judith.
Sonó la voz irónica de Gregorito Alsina:
—Lady Judith... ¿Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos el otoño pasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un té de la princesa Fornarina Pescari. Allí no moría tísica, moría del veneno de Venecia, de una rara fiebre que, embelleciéndola, la mataba poco a poco. Y para eternizar aquella agonía, había encendido el incendio de una pasión que devoraba los últimos chispazos del genio del pobre Gustavo Golderer, el gran pintor alemán.