II
Joselete palmoteó:
—¡Chico!... ¡Vino!—Y como el camarero, previniendo el objeto de la llamada, entrase trayendo en una bandeja de zinc dos botellas de Agustín Blázquez y algunos chatos y empezase a romper los lacres trabajosamente para descorchar, el torero se la arrancó de las manos:
—¡Esto se jace así!
Formó un anillo con los dedos, y, girando rápidamente la botella, saltó el lacre.
Nieves, encantada de todo aquello, conceptuándolo muy castizo, muy típico y hasta muy chic, palmoteó:
—¡Bravo! ¡Bravo!
La Ansiosa, sin hacer caso de los demás, prisionera por completo de su nuevo amor, inclinose hacia Jimmi, descansando sobre el brazo del Pierrot la enorme mole de sus ubres bovinas:
—¡Chaval! ¡Gitano! ¡Que te voy a querer!...—Y en el rostro enharinado de luna llena, los ojos grandes y salientes, voltearon voluptuosos.
Sin entusiasmo ninguno por su conquista, sino por el contrario, harto de su pesadez, Jimmi se dejó besar. Una aceituna disparada con certero tino por la Pechuguita, que pueril, cínica y procaz, con su rostro pálido y demacrado de cortesana enferma de tuberculosis, su flequillo de paje y sus ojos burlones de golfo callejero, atalayábase entre Don Simeón y Gorritua, vino a interrumpir el idilio, acompañado de amicales apóstrofes:
—¡Ladrona! ¡Ansiosa!
Habían salido del baile Nieves y Jimmi con los tres toreros, cuatro prójimas que estaban con ellos, más algunos amigos que se les incorporaron. Ambularon por unos cuantos callejones silenciosos y desiertos para llegar por fin al colmado que había de ser escenario de la juerga. Una vez allí, en vez de penetrar por la tienda, cruzaron el portal, internáronse por un pasillo largo y oscuro, atravesaron un patinillo lóbrego, húmedo y sórdido, donde, de unas cuerdas, pendía ropa puesta a secar; luego otro pasillo, otro patio, y, por fin, llegaron a los reservados, construidos al fondo de la casa para mayor garantía de discreción. Al ver el lugar, casi temeroso, donde les conducían, el Arcángel anunciador buscó con sus ojos inquietos los de su amiga, pero ella, posando de valiente, sacole la lengua con un gesto delicioso de burla, y se echó a reír.
Ahora, en el gabinete con tabiques de madera que les servía de cenáculo y en que apenas cabían las trece personas que formaban el elenco, a la menguada luz de la bombilla eléctrica, prensábanse en torno de la mesa cargada de botellas.
Nieves, deliciosa de inconsciencia, en sus labios carmesíes una sonrisa de chicuela que, prisionera en la jaula de las fieras, creyese dominar a los leones con una caricia de sus manitas de marfil, presidía entre Joselete y el Marrón. Frente a ella, Jimmi era disfrutado como una presa—presa de juventud, de gracia y de vida—por la Ansiosa y Pilar la Redicha. La Ansiosa ponía en la conquista toda la abundosa exuberancia de sus pechos colosales y de sus caderas formidables; la Pilar, en cambio, no era fea; un poco agarbanzada también, tenía, sin embargo, una arrogancia castiza, una gracia muy madrileña, que vivía en el ritmo entero de su persona, en sus ojos de gacela, grandes y oscuros, y en su boca fresca y reidora. El Serranito, sentado junto a su querida, permanecía mudo, melancólico y soñador, con los ojos fijos en el espacio y los labios plegados por un rictus casi doloroso. Ella, la Vinagre, era una mujer alta y delgada, artificialmente rubia; tenía los ojos grises, fríos; la nariz larga y recta y los labios crueles; arropada en el mantón alfombrado parecía friolenta; era muy antipática; apenas bebía, y hablaba escupiendo las palabras con chasquidos secos, como si siempre estuviese irritada con una irritación contenida, rabiosa. Los demás—un sastre aficionado a los toros, un pelotari bilbaíno, de cabeza amelonada, pelo rizado, apenas cubierto por la boina de inverosímil pequeñez, rostro enjuto y anguloso y lacios bigotes, y dos chulos sietemesinos, esmirriados y descoloridos—habíanse instalado a la buena de Dios.
Todos reían; Nieves, contenta de sentir rugiente a su lado la bestia del deseo, aquel deseo animal, salvaje, feroz, que tantas veces evocase nostalgia ante las almibaradas palabras y las románticas razones de sus admiradores. ¡Ah, el encanto de sentirse deseada hasta la violencia, hasta el crimen! Los demás reían borrachos, estúpidos: la Vinagre, con risa casi estridente; el Serranito, con una sonrisa pálida, que sólo brillaba en los labios, mientras las pupilas tristes seguían el vuelo de un ensueño.
Joselete y el Marrón hacían la corte a su manera a la aristocrática muñequilla, y ella, inquietante y perversa, complacíase en excitarles con miradas lánguidas, sonrisas prometedoras, algún furtivo apretón de manos y tal cual fortuito pisotón; pero mientras ellos, cada vez más excitados, se inclinaban hacia ella, los ojos dorados de reina de Saba, buscaban los melancólicos ojos del gitano y tropezaban a veces con las frías miradas de la Vinagre.
La Ansiosa se inclinó hacia Jimmi:
—¡Tu boca, mi nene!... ¡gitano! ¡lucero! ¡cielo!... ¡me vas a querer tú a mí!—Y trató de morder los rojos labios del chiquillo.
El la rechazó impaciente:
—¡No seas sobona!
—¡No me quieres!—gimió ella, con su vozarrón de vaca.
Jimmi se sintió chulo:
—¡Que te voy a querer! ¡Amos, tú estás chalá!
Mientras tanto, Joselete formalizaba en toda regla el sitio que tenía puesto a Nieves:
—Porque si usted quisiese, prenda, iba a ver lo que es un hombre.
Ella rió hermética, y mientras el torero, en rapto de mal contenida pasión, se inclinaba para besar su mano, buscó con los ojos al Serranito.
La Vinagre, alerta siempre por los rabiosos celos que todas las mujeres despertaban en su desconfiado espíritu de mujer madura, interceptó la mirada, y encarándose con la traviesa dama, apostrofó:
—¡Cochina! ¡puerca! ¡bribona! ¡púa!
Todos la miraron asombrados por el exabrupto, y el matador, contemplándola severo, interrogó:
—¿Qué es esto? ¡Pa gritar a la plaza de la Cebada! ¡A ver si va a poder ser que te calles y no metas el remo!
La Pechuguita intervino a su vez:
—¡Mujer! ¡no eres tú nadie chillando! ¿Qué mosca te ha picao!
—¡Que qué mosca me ha picao! ¡Que el Serranito es mío, mío y mío, y na más que mío, y no me da la pajolera gana que venga ninguna señora con su pan comío a camelármelo! ¿estás tú?—Calló un instante, roja de ira, y luego, con risa epiléptica y voz chirriante, ahogándose de coraje, siguió:—¡Señoras! ¡señoras! ¡Ja! ¡Ja! ¡Aparte usted, hija, que me tizno! ¡Señoras! ¡Y luego, en cuantito que ven unos pantalones!... ¡catapum! ¡adiós, señorío! ¡Señoras! ¡me río yo de tantismo señorío! ¡Más señora soy yo, que me lo gano con mi cuerpo pa gastármelo con un hombre a quien quiero, que otras que yo me sé, que andan por ahí presumiendo pa luego venir a quitarnos lo nuestro!... Pues...
Joselete cortó airado, empuñando una botella en ademán de tirársela a la cabeza:
—¡A ver si va a poder ser que te calles, burra, o te rompo los morros de un botellazo!
Y como rezongando siempre, la prójima obedeciera, se encaró galante y rendido con Nieves:
—¡Qué van a mirar estos ojitos de sol al banderillero, teniendo al matador mochales por ellos! ¿Verdad, lucero?—e inclinándose hacia ella, intentó robar un beso a los labios de grana.
Pero Nieves, echándose hacia atrás rápidamente, rehuyó la caricia, y ni corta ni perezosa le plantó una bofetada:
—¡Quieto!
La Vinagre rió con cruel satisfacción:
—¡Anda! ¡Pa que te metas con señoronas!
Los demás, conociendo la saña feroz del torero, aquella ira blanca que hervía en él, sobre todo cuando tenía los nervios excitados por el alcohol, le miraron temerosos; pero Joselete pareció echarlo a broma:
—¡Mozo! ¡Vino!—Y siguió como si tal cosa. Sólo en los ojos había una luz maligna, cruel.
Ahora era Jimmi el que se defendía de las mujeres:
—¡Basta de besos, que no soy el Niño de la Bola!
—¡Pero te quiero! ¡Te quiero, mi negro!—Musitaba la Ansiosa con suspiros que levantaban con sacudidas volcánicas la enorme pechera.
—¡Ay, nene! ¡Qué rico eres!—Y la Pilar le besaba anhelante.
Seguía la juerga. La Pechuguita se había arrancado con una copla; los chulos palmoteaban, y el peligro parecía conjurado. Pero Nieves, incapaz de estarse quieta, deseosa de emociones fuertes, no dejaba dormir a las fieras. Habíase encarado con el Marrón, que echado hacia atrás en la silla, apoyada en la pared, el cordobés a la nuca, los cabellos pegoteados a la frente por el sudor, desabrochado el chaleco y el rostro abotargado, dormitaba la borrachera, y esbozando una caricia pasole la mano por la cara e interrogó:
—¿Y tú, chotillo? ¡A ver si no te duermes!
El picador, despierto por el contacto de la piel perfumada, suave y sedeña, lanzó un mugido de toro satisfecho y aprisionó el brazo. Comenzó a cubrir de besos ansiosos los finos dedos y luego la palma de la mano. Nieves le dejaba hacer risueña. Pero él, enardecido, seguía subiendo, paseando por el brazo los gruesos labios. Entonces ella quiso arrancarle la presa, pero él, brutal, enloquecido por el vino y la lujuria, la mantuvo prisionera entre sus brazos, buscando ansioso con la boca voraz la fresca boca de la chiquilla. Ella forcejeaba por desasirse, bromeando primero, furiosa luego; sus manos caían sobre la cara enorme del sátiro, abofeteándole sin piedad; las uñas de pétalos de rosa clavábanse en la piel dura, áspera, curtida, haciendo correr la sangre; pero él, sordo y ciego, insensible a todo lo que no fuera su sed de posesión, se enardecía más y más.
La Vinagre le animaba:
—¡Duro con ella!
Y el mismo Joselete, mostrando en una sonrisa mala los dientes de carnívoro, insinuó burlón:
—¡Que te puede!
Nieves, vencida, sintiendo flaquear sus fuerzas, impetró auxilio de su amigo:
—¡Jimmi, a mí!
Quiso él levantarse para ayudar a su compañera, pero la Ansiosa le echó los brazos al cuello:
—¡Déjala! ¡Qué te importa! ¡Tú pa mí!
Jimmi sacudiole un puñetazo en pleno rostro que la hizo echarse hacia atrás, manando abundante sangre por las narices.
Iba ya a levantarse el muchacho, cuando la mujerona tornó a caer sobre él; no se podía decir esta vez si para matarlo o para poseerlo. Las otras siguieron su ejemplo, y las tres arpías comenzaron a su vez una lucha épica de mordiscos, besos, golpes.
De pronto, la bombilla eléctrica cayó rota y se hizo la oscuridad. En las tinieblas seguía la lucha bárbara entre gritos, lamentos, gemidos, juramentos y maldiciones. Rodó la mesa, y sobre ella cayeron todos en montón, y en el suelo prosiguieron aún. En las sombras resonó, angustiosa, la voz de Jimmi:
—¡Me han matado!
Hubo un momento de confusión y luego un impulso de fuga.
Cuando acudieron con luces, en el suelo, en el montón que formaba la mesa hecha astillas, sobre el mantel manchado de sangre y vino, yacían yertos, rígidos, inanimados, Nieves y Jimmi, como dos pobres muñecos de cera.
HERMAFRODITA
Vers l'archipel limpide, ou mirent les Iles.
L'Hermafrodite nu, le front cenit de jasmin,
Épuise ses yeux verts en un rêve sans fin;
Et sa souplesse torse empruntée aux reptiles,
Sa cambrure élastique et ses seines érectiles
Suscitent le désir de l'impossible hymen,
Et c'est le monstre éclos, exquis et surhumain,
Au ciel supérieur des formes plus subtiles.
La perversité rôde en ses courts cheveux blonds
Un sourire éternel frère des sous profonds
S'estope en velours d'ombre a sa bouche ambiguë,
Et sur ses pales chairs se traîne avec amour
L'ardent soleil païen, que la fait naître un jour
De ton écume d'or, ô Beauté suraiguë.
Albert Samain.