III
Corría, corría, ciego de miedo. Tras él resonaban los pasos de su perseguidor, cada vez más firmes y cercanos. El camino hacíase interminable; los muros, más elevados, acercábanse hasta casi imposibilitar el paso, y el barro, espesándose por momentos, no le dejaba correr. Sudoroso, jadeante, agonizando de horror, el fugitivo sentía flaquear sus piernas; tropezó con una piedra, y cayó de rodillas en el fango. Alzose trabajosamente y recomenzó su carrera de pesadilla. Los perros aullaban en macabro concierto; tras una nube asomó la luna.
¡No podía más! Ahora oía distintamente los pasos del incógnito que le daba caza y casi sentía su respiración. ¡Allí estaba! Su mano se tendía hacia él; el frío de la hoja de un cuchillo le desgarraba las espaldas...
Tropezó y rodó por el suelo. Intentó levantarse y un golpe seco le hizo caer por tierra nuevamente. Trató de luchar, de defenderse aún; pero una lluvia de palos descargando sobre su cabeza le hizo rodar por tierra con el cráneo partido y la cara bañada en sangre.