IV

El asesinato de Narciso Alvear, del gran escritor, del poeta insigne, justamente al día siguiente del triunfo, alzó enorme polvoreda. Los periódicos hicieron de ello un crimen sensacional, lleno de folletinesco misterio. ¿Cómo el cadáver del dramaturgo había ido a parar allí desde el hotel en que, amigos y admiradores, le habían dejado? ¿Qué robo, qué venganza personal, había sido el móvil del crimen? Y se habló de novelas extrañas, de represalias femeniles, de misteriosos artes de hipnotismo, de... ¡qué sé yo cuántas cosas!

Sólo la verdad no se dijo. ¿Para qué empañar la fama de aquel hombre que a nadie estorbaría ya, y cuya memoria a muchos podría servir? La muerte es el Jordán en que los grandes hombres dejan vicios, debilidades y cobardías, para entrar limpios de mácula en la inmortalidad.

Poco a poco el crimen, como tantas otras cosas, cayó en el olvido. Sólo los jueces siguieron buscando. Aquella Petra de la carta era una pista. Había que buscar los cómplices. Si ella podía desaparecer entre la infinidad de mujeres que pululan en los suburbios, ellos, los asesinos, habían de ser forzosamente pájaros de cuenta en el hampa madrileña. ¡Los cómplices!

Y buscaron inútilmente, porque de aquel crimen, como de tantos otros crímenes impunes, los cómplices habían sido la lujuria y la noche.

LA DOMADORA