II
Los dos hermanos oyeron
una aldabada a la puerta,
y de una cabalgadura
los cascos sobre las piedras.
Ambos los ojos alzaron,
llenos de espanto y sorpresa.
—¿Quién es? ¡Responda!—gritaron.
—¡Miguel!—respondieron fuera.
Era la voz del viajero
que partió a lejanas tierras.
III
Abierto el portón, entróse
a caballo el caballero
y echó pie a tierra. Venía
todo de nieve cubierto.
En brazos de sus hermanos
lloró algún rato en silencio.
Después, dió el caballo al uno,
al otro capa y sombrero,
y en la estancia campesina
buscó el arrimo del fuego.
IV
El menor de los hermanos,
que, niño y aventurero,
fué más allá de los mares
y hoy torna indiano opulento,
vestía con negro traje
de peludo terciopelo,
ajustado a la cintura
por ancho cinto de cuero.
Gruesa cadena formaba
un bucle de oro en su pecho.
Era un hombre alto y robusto,
con ojos grandes y negros
llenos de melancolía;
la tez de color moreno,
y sobre la frente comba
enmarañados cabellos.
El hijo que saca porte
señor de padre labriego,
y a quien fortuna le debe
amor, poder y dinero.
De los tres Alvargonzález
era Miguel el más bello;
porque al mayor afeaba
el muy poblado entrecejo
bajo la frente mezquina,
y al segundo, los inquietos
ojos, que mirar no saben
de frente, torvos y fieros.