II

—Anoche, cuando volvía

a casa—Juan a su hermano

dijo—, a la luz de la Luna,

era la huerta un milagro.

Lejos, entre los rosales,

divisé un hombre inclinado

hacia la tierra; brillaba

la hoz de plata en su mano.

Después irguióse y, volviendo

el rostro, dió algunos pasos

por el huerto, sin mirarme,

y a poco lo vi encorvado

otra vez sobre la tierra.

Tenía el cabello blanco.

La Luna llena brillaba,

y era la huerta un milagro.


III

Pasado habían el puerto

de Santa Inés, ya mediada

la tarde, una tarde triste

de Noviembre, fría y parda.

Hacia la Laguna Negra

silenciosos caminaban.


IV

Cuando la tarde caía,

entre las vetustas hayas

y los pinos centenarios,

un rojo sol se filtraba.

Era un paraje de bosque

y peñas aborrascadas;

aquí bocas que bostezan

o monstruos de fieras garras;

allí una informe joroba,

allá una grotesca panza;

torvos hocicos de fieras

y dentaduras melladas;

rocas y rocas, y troncos

y troncos, ramas y ramas.

En el hondón del barranco

la noche, el miedo y el agua.