EL ALFÉREZ DOÑA CATALINA DE ERAUSO
El Capitán Miguel de Erauso, vecino de San Sebastián, á fines del siglo XVI y principios del XVII hubo en su mujer María Pérez de Galarraga tres hijos, militares los tres, otras tantas hijas, todas monjas profesas, y, además, el sér extraño vulgarmente conocido con el nombre de La Monja Alférez, militar como sus hermanos, monja como sus hermanas, en el claustro Soror Catalina de Erauso, y en los ejércitos de Chile y el Perú Alonso Díaz Ramírez de Guzmán.
La existencia de este fenómeno antropológico consta del modo más auténtico en documentos y testimonios fehacientes de su época. Hablan de tan singular mujer: el Dr. Isasti, en su Compendio histórico de la Provincia de Guipúzcoa; el maestro Gil González Dávila, en su Historia de la vida del ínclito monarca, amado y santo Don Felipe III; Pedro de la Valle, el Peregrino, en Carta á Mario Schipano, fechada en Roma el 11 de Julio de 1626, y otros textos de menor importancia, escritos, como los anteriores, en vida de la célebre Monja.
Á los mismos días pertenece también la comedia de Montalbán La Monja Alférez, compuesta el año en que ésta se hallaba en Roma, que fué el de 1626.
.......tenga fin aquí
Este caso verdadero.
Donde llega la comedia
Han llegado los sucesos.
Que hoy está el Alférez Monja
En Roma, y si casos nuevos
Dieren materia á la pluma,
Segunda parte os prometo.
Aun más importantes son, sin duda, los documentos originales que existen en el Archivo de Indias, en Sevilla, sobre todo el Expediente de méritos y servicios del famoso Alférez, encabezado con un pedimento suyo, verdadera autobiografía, comprobada por las certificaciones de autoridades militares tan importantes como D. Luis de Céspedes Xeria, Gobernador y Capitán general del Paraguay, D. Juan Cortés de Monroy, Gobernador y Capitán general de Veraguas, y D. Juan Recio de León, Maestre de Campo y Teniente de Gobernador y Capitán general y Justicia mayor de las provincias de Tipoán y Chunchos. No hay personaje de aquel tiempo cuyos hechos capitales estén comprobados más plenamente que los del Alférez Doña Catalina de Erauso.
Á estas fuentes, de autenticidad indiscutible, podemos recurrir, por fortuna, para conocer la verdad, ya en vida de Catalina, considerablemente adulterada en narraciones novelescas tenidas por históricas aun en los mismos días que alcanzamos.
La principal de estas narraciones, considerada como verdadera autobiografía, y en la cual se funda cuanto dentro y fuera de España se ha escrito modernamente tocante á nuestra heroína, es la publicada en París, en 1829, por el ilustre hombre de Estado y de letras D. Joaquín María Ferrer, con el título: Historia de la Monja Alférez, Doña Catalina de Erauso, escrita por ella misma.
Ya el docto crítico pudo observar en el texto de esta obra, comparándola algunas veces con preciosos documentos hasta entonces desconocidos y por él sacados á luz, numerosas equivocaciones en punto á fechas y nombres; pero, lejos de entrar en sospechas respecto á la autenticidad del manuscrito, atribuyó los errores observados á la impericia del copista; cuando estos errores, y otros de más bulto no reparados hasta ahora; la índole misma de la supuesta Historia, que tiene desde la cruz á la fecha todo el corte y sabor de novela picaresca, más burda quizás que ninguna otra; la carencia de toda prueba, ni memoria siquiera de que la Monja Alférez hubiera escrito su vida en ninguna forma, y, sobre todo, la radical diferencia de la figura verdaderamente histórica, la que los documentos nos ofrecen con la que aparece en algunos capítulos de la novela, bastan sobradamente para evidenciar por completo que la pretendida autobiografía es poco más ó menos tan histórica como la comedia de Montalbán ó la zarzuela de Coello.
Como en otros casos, la persona histórica es mucho más interesante, más poética que la personalidad de la leyenda. La imaginación del novelista ó del poeta, lejos de embellecer, ha afeado la figura de la heroína que intentaba enaltecer con sus invenciones, al convertirla en personaje, ya de comedia de capa y espada, ya de novela picaresca. El Alférez Monja de su pretendida autobiografía no es siquiera un pícaro de la familia de los Lazarillos y Guzmanes; es un espadachín ó perdonavidas adocenado, más bien un guapo ó jaque vulgar, sin talento, sin grandeza, hasta sin gracia, cuyas aventuras, toscamente referidas, están siempre lejos de despertar interés, y mucho menos simpatía. Pasajes hay en ese libro, tan repugnantes los unos, tan chabacanos los otros, que sólo con sólidas pruebas podían ser atribuidos á la verdadera Monja Alférez, hija de padres nobles, hidalgos y personas principales, como ella misma nos dice, y de quien sus antiguos jefes aseguraban á una voz haberle conocido siempre con mucha virtud y limpieza.
¿Pues qué diremos de la licencia para vestir siempre hábito de varón, que en ese libro se supone haber otorgado á nuestra heroína la Santidad de Urbano VIII? ¿Ni qué del título de ciudadano romano concedido por el Senado de Roma? Es cierto que en cambio encontramos en él hechos ciertos y probados. Todo lo cual nos lleva, naturalmente, á creer que el autor de la novela tuvo en cuenta algún relato de la vida del Alférez Monja, en que las invenciones y las verdades andaban ya mezcladas y confundidas.
La confusión comienza precisamente en lo relativo á la fecha del nacimiento de Catalina. El retrato de Pacheco, hecho en 1630, dice que tenía ésta entonces cincuenta y dos años, por cuya cuenta se la supone nacida en 1578. La novela comienza así: «Nací yo Doña Catalina de Erauso en la villa de San Sebastián de Guipúzcoa, en el año 1585.» Ahora bien: en los libros parroquiales de San Vicente consta que recibió el bautismo el 10 de Febrero de 1592.
Su infancia nos es desconocida por completo. Todo cuanto se ha dicho sobre la violencia de su condición, que obligó á sus padres á recluirla desde muy niña en un convento, en el cual, al decir de un escritor francés, «on eût dit d’un faucon élevé par mégarde dans un nid de tourterelles», pertenece al dominio de la fábula. Entró en el convento de monjas Dominicas de San Sebastián el Antiguo, como entraron también en él tres hermanas suyas, como entraban entonces tantas doncellas principales, esto es, por vocación religiosa ó conveniencia de las familias. Las condiciones personales de sus hermanas les permitieron profesar; las suyas le llevaron á abandonar el convento antes que abrazar una profesión contraria á sus inclinaciones y deseos.
La noticia más antigua que de su vida ha llegado á nosotros se refiere al año de 1605, décimotercero de su edad y primero de su estancia en el convento, en el cual estuvo en calidad de novicia hasta Marzo de 1607. Desde esta fecha dejan de mencionarla los libros conventuales. Á este mismo año pertenecen en cambio las primeras noticias de su vida militar. «Certifico y hago fe á S. M. que conozco á Catalina de Erauso de más de diez y ocho años á esta parte que ha que entró por soldado en hábito de hombre», escribía, en 1625 D. Luis de Céspedes Xeria, antes citado. Catalina decía en 1626, en su pedimento, que «en tiempo de diez y nueve años á esta parte, los quince los ha empleado en las guerras del reino de Chile é Indios del Pirú.» Ahora bien: añadiendo á estos quince años los cuatro siguientes hasta 1626, en los cuales, descubierto su sexo, dejó de servir en la milicia, resultan los diez y nueve á que hace referencia, y el de 1607, principio de su vida militar. Á mayor abundamiento, el Capitán de infantería española D. Francisco Pérez de Navarrete asegura en su certificación “que cuando llegué al reino de Chile, que fué el año de seiscientos y ocho, le hallé (al Alférez Monja) sirviendo en el Estado de Arauco.”
Maravilla en verdad que una joven de diez y seis años, casi una niña, tuviese en tan tierna edad resolución y fortaleza bastante para abandonar su país, su familia, el convento en que vivía, atravesar el Atlántico y, lo que es más sorprendente todavía, que la novicia de San Sebastián el Antiguo se nos muestre de repente convertida en soldado, combatiendo entre aquellos héroes
Que á la cerviz de Arauco no domada
Pusieron duro yugo por la espada.
Sus condiciones militares fueron tantas y tales, que el Capitán Guillén de Casanova, castellano del castillo de Arauco, “la entresacó de la compañía, por valiente y buen soldado, para salir á campear al enemigo.” Por sus hechos mereció igualmente “tener bandera de S. M., sirviendo, como sirvió, de Alférez de la compañía de infantería del Capitán Gonzalo Rodríguez.” Y en todo el tiempo que sirvió en Chile y el Perú “se señaló con mucho esfuerzo y valor, recibiendo heridas, particularmente en la batalla de Purén.”
No conocemos caso semejante en nuestra historia. Nuestras heroínas antiguas y modernas fuéronlo, por decirlo así, de ocasión, en momentos determinados, en alguna empresa memorable. Pero abrazar la carrera de las armas, ser militares de profesión, rivalizar con los mejores soldados en valor, disciplina, fortaleza, heroísmo, y por espacio de tantos años como la Monja Alférez, ninguna.
Solamente la doncella de Orleans es comparable con la doncella donostiarra. Naturalezas, no diré idénticas, pero sí parecidas, parecidos fueron también los impulsos que las arrojaron al combate. Cuenta la leyenda de Catalina que ésta abandonó el convento por una reyerta que tuvo con otra monja. ¡Pequeña causa para explicar tan grandes efectos! Es Catalina quien nos refiere los verdaderos móviles de su pasada á las Indias: “la particular inclinación que tuvo de ejercitar las armas en defensa de la fe católica y el servicio del Rey”, es decir, de la patria.
La fe y la patria, he aquí los grandes sentimientos que despertaron las energías varoniles de aquella mujer extraordinaria, los que la infundieron el entusiasmo, el vigor, la constancia con que se arrojó á defenderlos al otro lado de los mares, en las tierras americanas. La sublime visionaria de la Lorena y la esforzada doncella vascongada son hermanas, mayor, si se quiere, la primera, y menor la segunda, pero hermanas, seguramente. La leyenda, que ha contribuído tanto á sublimar la figura de Juana de Arco, ha empequeñecido, por el contrario, la de la heroína del Arauco. La glorificación del martirio corona la grandeza de la doncella de Orleans: en este punto, como en otros, Juana de Arco no tiene igual, ni en la historia de Francia ni en la de ningún otro pueblo.
Lo que más es de admirar en el Alférez-Monja es que pudiera conservar, como rigurosamente conservó, el secreto de su sexo, de tal modo, que en los quince años que sirvió en Chile no fuera conocida sino por hombre, hecho el más comprobado de todos en su expediente. Y no es que debamos atribuirlo exclusivamente al poder de su voluntad, como algunos pretenden, sino también á la singularidad de sus condiciones físicas, manifiestamente varoniles, como lo prueban su retrato y la descripción de su persona, que nos han dejado algunos de los que la conocieron y trataron.
Su resolución y entereza en la ocultación de su sexo rayaron, á no dudarlo, en lo increíble. Basta saber «que con estar en compañía del Alférez Miguel de Erauso, su hermano legítimo, en el reino de Chile, nunca se descubrió á él, aunque ella le conocía por tal hermano, y esto hizo por no ser descubierta, negando la afición de la sangre.»
De su aspecto varonil cabe formar cabal idea por la relación de Pedro de la Valle, que la conoció y trató en Roma en 1626, cuando la antigua novicia fué en aquel año á echarse á los pies del Papa, confesando su vida é implorando el perdón de sus faltas. «Es—escribía—de estatura grande y abultada para mujer, bien que por ella no parezca no ser hombre. No tiene pechos: que desde muy muchacha me dijo haber hecho no sé qué remedio para secarlos y quedar llanos, como le quedaron: el cual fué un emplasto que le dió un italiano, que cuando se lo puso le causó gran dolor; pero después, sin hacerle otro mal, surtió el efecto.»
«De rostro no es fea, pero no hermosa, y se le reconoce estar algún tanto maltratada, pero no de mucha edad. Los cabellos son negros y cortos como de hombre, con un poco de melena como hoy se usa. En efecto, parece más eunuco que mujer. Viste de hombre á la española: trae la espada bien ceñida, y así la vida: la cabeza un poco agobiada, más de soldado valiente que de cortesano y de vida amorosa. Sólo en las manos se le puede conocer que es mujer, porque las tiene abultadas y carnosas, y robustas y fuertes, bien que las mueve algo como mujer.»
¿Cómo y cuándo se descubrió que fuese tal mujer? Lo positivamente cierto que se sabe en este punto, es que se descubrió ella misma, en 1622 ó 23, al Obispo de Guamanga, por unas heridas de muerte que tuvo. Los pormenores de este hecho han quedado desconocidos. La leyenda se ha apoderado de él más que de ningún otro. Baste decir que la supuesta Historia, la comedia de Montalbán y la zarzuela de Coello, nos dan otras tantas versiones, todas ellas igualmente fantásticas. La más poética, sin duda, es la de Coello, quien, con su admirable instinto dramático, atribuye al amor el secreto de la mudanza operada en Catalina.
¿Qué es lo que cambia mi sér?
Ya lo empiezo á vislumbrar:
La desgracia me hizo amar.....
Y el amor me hace mujer.
«Venida á España, en hábito de varón, solicitó y obtuvo, en premio de «sus servicios y largas peregrinaciones y hechos valerosos», un entretenimiento de setenta pesos, de á veintidós quilates, al mes, en la ciudad de Cartagena de Indias, y una ayuda de costa para el viaje.» Diríase que ya no sabía vivir lejos de la tierra americana, teatro de sus hazañas, tumba de sus cenizas.
Omito algunos otros pormenores de su vida, por considerarlos de secundaria importancia para el conocimiento de esta heroína excepcional, única en su siglo y en los anales de España, cuya verdadera historia concluyó el día en que se vió forzada á cerrar el ciclo de sus aventuras con la revelación de su sexo.