PEDRO DE VALDIVIA

Fué Diego de Almagro, al decir de Fernández de Oviedo, «uno de los escogidos é más acabados Capitanes que á Indias han passado, y aun que han militado fuera della.» La posteridad ha confirmado plenamente el juicio del viejo cronista de las Indias; pero para la generalidad de las gentes, el esforzado compañero y rival de Pizarro no es todavía lo conocido que merece. Basta decir que en ninguna de las publicaciones promovidas por la celebración del Centenario, el Adelantado del Cuzco ha sido recordado en el modo y forma que en justicia reclaman sus insignes merecimientos.

Solamente el descubrimiento de Chile coloca su nombre entre los más atrevidos y heroicos descubridores de los tiempos antiguos y modernos. El paso de los Andes, si indiscutibles testimonios históricos no lo probaran como lo prueban cumplidamente, parecería increíble. La travesía por el corazón de las nevadas sierras, que no han podido cruzar aún las vias férreas, para mayor grandeza, verificada en invierno, publica la fortaleza invencible de aquel capitán ilustre, á quien ni la magnitud de la empresa, ni el peso de la ancianidad, ni los sufrimientos pasados en la conquista del Perú, ni las riquezas y honores ya adquiridos, pudieron detener un solo instante en la ejecución de su colosal empeño.

¿Cómo, una vez coronado á tanta costa por el triunfo, después de arribar á Chile y de llegar hasta el Maule, dio la vuelta al Perú, sin dejar siquiera fundación alguna que asegurase y conservase lo descubierto y conquistado? Pregunta es esta, á la que no ha logrado aún responder satisfactoriamente la historia.

Tres españoles, Hoz, Camargo y Valdivia, acariciaron al mismo tiempo la idea de proseguir la abandonada empresa. Mas

Á solo el de Valdivia esta victoria

Con justa y gran razón le fué otorgada,

Y es bien que se celebre su memoria,

Pues pudo adelantar tanto su espada:

Éste alcanzó en Arauco aquella gloria

Que de nadie hasta allí fuera alcanzada;

La altiva gente al grave yugo trujo

Y en opresión la libertad redujo.

Así cantaba, con verdad y justicia, el insigne autor de La Araucana; pero se aparta igualmente de una y otra cuando, más adelante, nos dice que Valdivia

Con una espada y capa solamente,

Ayudado de industria que tenía,

Hizo con brevedad de buena gente

Una lucida y gruesa compañía.

Valdivia, al emprender la conquista de Chile, no era un simple y vulgar aventurero de capa y espada, como nos cuenta Ercilla, sino Maestre de Campo en el Perú, reputado por sus hazañas en las guerras de Italia, en el descubrimiento y conquista de Venezuela y en la batalla de las Salinas. Á su bien ganada fama y á su alto grado en la milicia, el esforzado extremeño añadía una posición desahogada, pues poseía el valle de la Canela, en las Charcas, que después de su partida fué suficiente para ser distribuído entre tres conquistadores; y una mina de plata que, en un decenio, produjo más de 200.000 castellanos. Consta del modo más auténtico, por confesión del mismo Valdivia en carta al Emperador Carlos V, fechada el 15 de Octubre de 1550. Si no hubiese estado acomodado, no habría podido emprender, como emprendió por su cuenta, la conquista de Chile. De Pizarro sólo recibió el nombramiento de Teniente de Gobernador y Capitán general de la Nueva Toledo y Chile, con facultades de explorar la tierra de allende los Andes, á su costa, como pudiera, sin proporcionarle ninguna especie de auxilio.

Uno de sus compañeros de armas, el capitán Alonso de Góngora Marmolejo, nos ha dejado el siguiente retrato de Valdivia: «Era hombre de buena estatura, de rostro alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo, que se había hecho gordo, espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no bien limadas, liberal, y hacía mercedes graciosamente. Después que fué señor rescibía gran contento en dar lo que tenía; era generoso en todas sus cosas, amigo de andar bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo andaban, y de comer y beber bien: afable y humano con todos; mas tenía dos cosas con que obscurecía todas estas virtudes: que aborrecía á los hombres nobles, y de ordinario estaba amancebado con una mujer española, á lo cual fué dado.»

No son estas las faltas que censura en Valdivia el autor de La Araucana, sino que fuese

Remiso en graves culpas y piadoso,

Y en los casos livianos riguroso.

Trece años duró el descubrimiento, conquista y gobierno de Chile por Valdivia; trece años de trabajos en tierras, no auríferas, sino yermas, y en lucha, no con indios como los del Perú, sino con uno de los pueblos más fieros y valerosos del Nuevo Mundo: los indómitos araucanos. «No eran éstos ciertamente—escribe el ilustre historiador chileno Amunátegui—los cumplidos caballeros armados de lanzas y macanas que ha pintado Don Alonso de Ercilla en octavas bien rimadas y peinadas, sino bárbaros sin más religión que algunas supersticiones groseras, ni más organización social que la que resultaba de la obediencia á los jefes que sobresalían por el valor ó la astucia; obediencia que, sobre todo en tiempo de paz, era sumamente floja.»

¿Qué testimonio mayor de la barbarie de estas gentes que lo que hicieron con Valdivia cuando cayó en sus manos prisionero, en la desgraciada rota de Tucapel? Según Ercilla, el conquistador de Chile fué muerto de un golpe de maza. El Padre Alonso de Ovalle dice que le echaron oro derretido en la boca. Pero lo más cierto en este punto es la relación de Góngora Marmolejo, confirmada por la carta del Cabildo de Santiago á la Real Audiencia de Lima, el 26 de Febrero de 1554, según la cual el desgraciado Valdivia, después de prisionero, vivió hasta tres días, herido y maltrado horriblemente, y, después de muerto, los feroces araucanos cortaron el cadáver en pedazos y se lo comieron. Ercilla, que con tan patéticos colores nos pinta la muerte del bárbaro Caupolicán, no tuvo para el heroico español sino vulgares frases, desnudas de poesía. No sabemos si para la honra de España han sido más fatales los versos de Ercilla ó las páginas del Padre Las Casas, abogados igualmente de los Indios é injustos con los conquistadores.

Codicia, fué ocasión de tanta guerra,

Y perdición total de aquesta tierra.

Decía el autor de la La Araucana, La codicia, y solamente la codicia, han repetido después, en su odio á nuestra patria, los detractores de sus glorias.

Por dicha nuestra, es la gloriosa figura del conquistador de Chile una de las que, de manera más cumplida, patentizan ante el mundo la grandeza civilizadora del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo. No fué sólo la codicia el móvil de obra tan grande, ni la guerra el único medio que emplearon nuestros padres. Valdivia, maestre de campo; Valdivia, acomodado, no fué á Chile por pura codicia; fué por dar rienda suelta á su espíritu aventurero, religioso y patriótico; fué por encontrar un campo en que poder dar vuelo á la fuerza de acción que sentía en sí mismo. Por eso en Valdivia vale, tanto ó más que el soldado, el civilizador y colonizador, el fundador de la sociedad chilena. Díganlo, si no, las ciudades que dejó fundadas, que son hoy las más florecientes de la República chilena. Santiago, La Serena, La Concepción, La Imperial, Valdivia, Valparaíso, todas fueron erigidas por Valdivia. En ninguna otra conquista entró por menos la sed de oro ni el afán de riquezas que en la conquista de Chile. Precisamente las minas de este país casi no han sido conocidas y explotadas hasta nuestro tiempo. La población de Chile fué desde el principio de gente trabajadora y modesta, pero fuerte y valerosa. Á esto quiza deba principalmente la hoy poderosa República el fundamento sólido y venturoso de su prosperidad y de su gloria.

Y, dicho sea en su honra, de todas las nuevas naciones americanas de origen español, Chile es la que más noblemente ha conservado y honrado las memorias de sus padres. En el cerro de Santa Lucía, en Santiago, coronando la ciudad, se alza hace años la estatua de Valdivia, ejemplo que no ha tenido hasta ahora los imitadores que debiera en otros Estados. Aún no tienen estatuas en Méjico Hernán Cortés, en Lima Pizarro, en Bogotá Quesada, en Buenos Aires Garay, y así otros grandes conquistadores de pueblos y fundadores de ciudades. Lejos de mi ánimo acusar de ingratas, sino de perezosas, á las naciones que se encuentran en este caso. Estoy seguro de que no ha de tardar mucho tiempo en que todas honrarán á sus conquistadores como Chile á Valdivia.

Importa añadir que, no sólo la estatua, sino la casa y capilla de Valdivia, en Santiago, publican la gratitud de los chilenos al desventurado y glorioso conquistador. Es más: la fiesta que anualmente consagran á su memoria, no fué interrumpida ni en los días de la guerra entre Chile y España. De este modo el pueblo chileno revela bien á las claras los caracteres que distinguen á su organización social, fundada igualmente en la tradición y el progreso, y la fuerza y esplendor de su cultura, de la que puede envanecerse justamente y con Chile la patria de Almagro y de Valdivia.

GONZALO JIMÉNEZ DE QUESADA
EN LA POESÍA Y EN LA HISTORIA

El 6 de Abril de 1536, D. Pedro Fernández de Lugo, Gobernador de Santa Marta, envió á su Teniente y Justicia mayor, el Licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, con 800 hombres, 100 caballos y 5 bergantines, Río Grande de la Magdalena arriba, «á inquirir particularmente lo que por este río la tierra adentro se pudiese calar y entender.»

El resultado de esta expedición fué el descubrimiento y conquista del territorio que Jiménez de Quesada, como granadino que era, bautizó con el nombre de Nuevo Reino de Granada, y que hoy constituye la mejor parte de la actual República de Colombia.

Entre los héroes españoles en el Nuevo Mundo, el conquistador de Nueva Granada y autor de la maravillosa expedición á Eldorado, por sus condiciones personales como por sus gigantescas hazañas, se cuenta sin duda entre los más grandes, acaso, después del conquistador de Méjico, y seguramente al lado de Cortés, Pizarro, Valdivia, Almagro y Orellana. Letrado, poeta, historiador, inteligencia aguda y brillante, añadía á estas prendas las que más enaltecieron á los mayores conquistadores: la constancia, la prudencia, la generosidad; en suma, las cualidades del General y del político á un tiempo.

Fué el descubrimiento del Nuevo Reino de Granada una de las empresas más admirables de aquella época, tan fecunda en hechos asombrosos. Buscando el nacimiento del Río Grande de la Magdalena, por las aguas y por las orillas subieron nuestros expedicionarios ciento seis leguas hasta llegar á Tora. En el transcurso de trece meses, de los 800 hombres quedaron vivos poco más de 150. El hambre les llevó, en ocasiones, á comer raíces de árboles, y aun las mismas adargas que llevaban para su defensa. Al salir de Tora, aquel puñado de héroes, rendidos, enfermos, caminaban apoyándose muchos en palos y ramas. El Capitán, no pudiéndose tener á pie ni á caballo, era llevado á hombros por su gente. Escena verdaderamente grandiosa, que deben tener presente los que sólo ven en los conquistadores la codicia del oro, olvidando sus padecimientos incomparables. Así atravesaron las montañas del Opón, y entraron en las altas tierras de Bogotá.

En estas condiciones acometieron la conquista de un territorio que podía tener sesenta leguas de N. á S., y sobre poco más ó menos otras tantas de E. á O. Obra de la prudencia y el ingenio, aunados al valor y á la firmeza, la conquista y pacificación de la tierra no fueron acompañadas de ferocidades y matanzas, como otras empresas semejantes. Y no es de olvidar que en algunas partes tenían que habérselas con indios como los Panches, «gente bestial y de mucha salvajía.» El hallazgo de las esmeraldas no suscitó tampoco sangrientas luchas entre los españoles. Las nuevas poblaciones nacieron sin violencia ni despojos, singularmente Bogotá, que aún conserva, como pocas ciudades de América, el sello impreso por su fundador en los primeros orígenes.

Cuando Sebastián de Belalcázar, viniendo de Quito, llegó á Nueva Granada, encontró á Quesada y á los suyos «en mucha neçesidad, por que ya les avía faltado casi todas las armas y herraje y vestidos y cosas de España.» Estas palabras de Belalcázar se contienen en carta escrita el 20 de Marzo de 1540, que saldrá íntegra á luz, muy en breve, en el tomo CIV de la Colección de documentos inéditos para la Historia de España. Precioso testimonio que prueba el penosísimo estado en que aquellos héroes se encontraban después del vencimiento.

Por fortuna, los sucesos principales de tan gran empresa quedaron registrados en documentos del más autorizado origen y procedencia. El primero de todos es la relación escrita por el conquistador, cuyo original se ha perdido, pero que manejó y copió en gran parte el cronista Fernández de Oviedo. «Muchas veces—escribe—tuve plática en Madrid con el licenciado Ximenez, y en Valladolid, en la corte del príncipe Don Felipe, nuestro señor, y nos comunicamos; y á la verdad es hombre honrado y de gentil entendimiento y bien hábil. Y como yo sabía quél avía conquistado el nuevo reyno de Granada y descubierto la mina de las esmeraldas, y avía visto la relaçion que los offiçiales avían enviado a Su Magestad Cessárea... quise informarme dél de algunas cosas viva voce, y él no solamente de palabra, pero por escripto, me mostró un gran cuaderno de sus subçesos, y lo tuve muchos días en mi poder, y hallé en él muchas cosas de las que tengo aquí dichas en los capítulos preçedentes, y de otras que aquí se pondrán.»

Después de Quesada, el historiador más antiguo y más importante es el autor de las Elegías de varones ilustres de Indias, Juan de Castellanos. Bien como continuación de las Elegías y formando cuerpo con ellas, que es lo que tengo por más seguro, bien como obra aparte y especial, como otros creen, ello es que Castellanos escribió en verso la historia del Nuevo Reino de Granada, desleída más tarde en prosa, sin decirlo, por Luis Fernández Piedrahita, fuente, á su vez, de los trabajos históricos posteriores. Castellanos pasó la mayor parte de su vida en el reino conquistado por Quesada, conoció á éste y á muchos de sus compañeros, y estaba, por consiguiente, en condiciones de relatar los sucesos con verdadero conocimiento de causa. Su versificación, desmayada y ramplona, vecina de la prosa, hace pesada la lectura de esta historia, por otra parte más fiel y exacta que los poemas históricos de descubrimientos y conquistas, incluso La Araucana de Ercilla, su modelo.

No puede decirse otro tanto de la comedia La Conquista de Bogotá, de D. Fernando Orbea. Precisamente esta comedia es todo lo contrario del poema del buen Clérigo de Alanis. Si éste descuella por su valor histórico, aquélla sobresale por su desconocimiento de la historia. De este modo, es el poema de Castellanos crónica rimada, y la comedia de Orbea pura novela, en su argumento, en sus situaciones, en una palabra, en todo. Solamente hay de real en ella los nombres de Quesada, Belalcázar y Lugo, y los de Tundama y Nemequene, aplicados á dos personajes bogotanos. Hasta en punto á versificación no cabe imaginar mayor contraste que el que ofrecen el poema y la comedia, prosaico en superlativo grado el primero, culterana á más no poder la segunda.

Hállase entre los manuscritos de nuestra Biblioteca Nacional procedentes de la de los Duques de Osuna, adquirida por el Estado. Su título es el siguiente:

«COMEDIA
NUEVA
La Conquista de Santa Fee de Bogotá
su autor Don Fernando Orbea. Copiada
fielmente segun su insigne Original.»

Ni de la comedia ni de su autor tenemos otras noticias. Conjeturo que Orbea era americano ó español residente en América. Me fundo para ello en las canciones que canta en indio y en español, en el acto III, la india Florela. En lo que no cabe duda es en que fué compuesta para Lima, como lo prueban sus últimos versos:

Ilustre Lima, aquí tiene

Fin el concepto expresado:

Vuestra discreción tolere

Los yerros, que han sido tantos.

No dejan de ser, en efecto, muchos los yerros de nuestro autor, desde el principio al fin de su comedia, sobre todo en lo que respecta á la verdad histórica, que sale, con leves diferencias, tan bien librada como en las demás comedias de descubrimientos y conquistas, inclusas las de Lope y Calderón.

Tundama, general de Osmín, rey de Bogotá, acaba de derrotar, en descomunal batalla, los ejércitos del rey de Popayán, trayendo entre los trofeos de su victoria á la infanta Amirena, por quien siente un amor tan súbito y vehemente como el que ha logrado inspirar á la intrépida amazona. Llegado á la corte, recíbenlo, con grande fiesta, el Monarca bogotano y su esposa Palmira. Entonces les sorprende la venida del Mariscal Quesada con Belalcázar y Lugo, que llegan á Bogotá por un río tan fantástico como el rey Osmín, la reina Palmira, la infanta Amirena, el general Tundama, la victoria de éste, las fiestas, en suma, todo. Bien es verdad que en lo que toca á los españoles, se permite nuestro autor libertades semejantes, convirtiendo á Belalcázar y Lugo en compañeros y capitanes de Quesada. Pero donde raya más alto su inventiva es en la marcha de la acción, que se reduce á una serie de batallas y de escenas mágicas y milagrosas, en las que ostentan todo su poder la Religión Cristiana y los dioses bogotanos en simbólicos combates. Y como si todo esto no fuese bastante para agotar la rica vena de nuestro autor, Quesada se enamora de Palmira, y ésta de Quesada, terminando la comedia con la boda en perspectiva del Capitán español y la Reina bogotana, á quien su futuro acaba de nombrar Duquesa de Cali y Tunga.

¡Dulce fin! Venus y Marte

Han vencido y han triunfado,

exclama Palmira, satisfecha del venturoso desenlace, y asunto terminado,

No es cosa de privar á los lectores del conocimiento de algunos otros incidentes de nuestra comedia. Amirena muere peleando como la más heroica amazona. Tundama, su amante, que aspiraba á ceñir á sus sienes la corona de Bogotá, perece en la demanda. El rey Osmín, es, en toda la obra, trasunto fiel del infortunado Boabdil. Y para serlo en todo, hasta es reprendido en iguales términos que aquél cuando rompe á llorar viendo perdido su reino.

Llore, pues, como mujer

Quien valiente no ha sabido

Ser en la campaña rayo

De aleves advenedizos.

Por el contrario, Castellanos nos representa al Rey de Bogotá digno, en su persona y en sus hechos, del poder que ejercía:

Éste, segun oyeron españoles,

Representaba bien en su persona,

Alta disposición y gallardía

Y gravedad de rostro bien compuesto,

La dignidad y mando que tenía

Sobre los otros reyes desta tierra.

Oviedo nos asegura «que era muy cruel é muy temido y no amado; y el día que se supo cierto que era muerto, fué general el alegría en toda su tierra, porque los caciques y señores quitaron de sí una tiranía muy grande.»

Orbea creyó preferible, sin duda, en vez de consultar los testimonios históricos, entregarse de lleno al libre vuelo de su fantasía, comenzando por bautizar al pobre Rey con el nombre turco-moro de Osmín, tan bogotano como el de Palmira, que da á su esposa.

De la propiedad histórica en todo lo demás, puede juzgarse sólo con parar mientes en los románticos amores que sirven de base al argumento de la comedia, recordando que en el territorio descubierto por Quesada existía la poligamia; que el Rey de Bogotá tenía centenares de mujeres, y cada uno de su reino cuantas podía mantener, y que, como refiere Castellanos, cuando un indio gustaba de alguna india

Contrata con los padres ó parientes

Que la tienen debajo de su mano,

Cerca del precio que dará por ella;

Y si la cantidad no les contenta,

El comprador añade por dos veces

La mitad más de lo que dió primero;

Y si de la tercera vez no compra,

Busca mujer que sea más barata;

Mas si les satisface lo que manda,

Dánsela, sin usarse de más ritos

De recibirla, dándoles la paga,

Quedándose con ella quien la vende,

Corre parejas con el romanticismo de los indios la erudición clásica que nuestro autor les prodiga á manos llenas, y aun más, si cabe, el manejo de la Historia de España que les atribuye, hasta el punto de que Amirena, al arengar á los soldados bogotanos, comienza por decirles:

Ea, valientes soldados,

Examinad la campaña;

No quede tronco ni selva

Que no registre la saña,

En pavesas renovando

Los estragos de Numancia.

Á pesar de tantas impropiedades, por otra parte, como el estilo gongorino, corrientes en nuestro viejo teatro, hay de vez en cuando en la comedia de Orbea algunos rasgos de cierto mérito, como, por ejemplo, aquel en que Quesada, después de amonestar al rey Osmín á que se convierta, le amenaza si no lo hace, diciéndole:

Te quitaré la corona;

Pisarála Carlos Quinto;

Pondré en tus bárbaros templos

Lo estandartes de Cristo.

Pondré la planta en tu cuello,

Después que te haya vencido:

Y al subir á mi caballo

Me servirás por estribo.

En ocasiones semejantes, Orbea suele abandonar el culteranismo y hablar el lenguaje propio de los afectos del alma. No así en las descripciones y relatos, en los cuales vierte el caudal de sus tinieblas, como, pongo por caso, en la relación que hace Tundama de su victoria sobre los popayanos, que es larga y tenebrosa como noche de invierno.

Para concluir, La Conquista de Bogotá es una de tantas comedias de descubrimientos y conquistas, en las cuales ni éstas ni aquéllos se nos muestran con la verdad y poesía que tuvieron. Toda la realidad y la vida con que aparecen en los monumentos históricos, desaparecen al ser convertidas en alegorías artificiales, batallas de teatro ó enredos de damas y galanes, ni más ni menos que en las comedias de capa y espada.

Digámoslo de una vez: los hechos del descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo no caben en el teatro. Caben, sí, en la Historia, que puede presentarlos en su propia grandeza y con su natural hermosura.