EL MAESTRO LEBRIJA Y EL DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA
Pocos días después que salieron de Palos las naves descubridoras, el 18 de Agosto de 1492, veía la luz pública, en Salamanca, un libro que, á juzgar por su título, no parecía guardar relación alguna con la empresa de Colón y los españoles: la Gramática de la lengua castellana del maestro Antonio de Lebrija.
Al cabo de cuatro siglos, la obra del viejo humanista yace en tal olvido, que ni siquiera ha logrado recuerdo alguno de los doctos en el IV Centenario de su publicación, con saberse á ciencia cierta el año, el mes, hasta el día en que fué terminada, viniendo como vienen declarados al final del mismo libro en los términos siguientes: «Acabóse este tratado de grammatica que nuevamente hizo el maestro Antonio de lebrixa sobre la lengua castellana. En el año del salvador de mil e CCCCXCII á XVIII de Agosto. Empresso en la mui noble ciudad de Salamanca.»
Mucho ha contribuído, sin duda, á semejante olvido la extremada rareza de los ejemplares que quedan, así de esta edición como de la contrahecha que se publicó más tarde, á mediados del siglo xviii, en sentir del autor de la Tipografía Española. Á excepción de nuestra Biblioteca Nacional, que ha llegado á reunir tres, rarísima es la Biblioteca española que posee algún ejemplar, bien de la primera, bien de la segunda de dichas ediciones. No existe ninguno en Salamanca, donde salió á luz y en cuya Universidad fué catedrático el sapientísimo filólogo.
En cuanto al extranjero, sube de punto la rareza de los ejemplares. En Alemania, el fundador de la novísima filología neolatina, el gran Federico Diez, no pudo proporcionarse ninguno. Puedo decir que, en mi visita á la Biblioteca de la Universidad de Bonn, no encontré ejemplar alguno, ni entre los libros de la Biblioteca particular de Diez, adquirida por aquel centro, ni entre los fondos especiales de la Biblioteca universitaria. Vióse obligado Diez á hablar siempre de referencia de nuestro libro, cuyo conocimiento directo hubiérale sido utilísimo.
Tocante á Italia, me bastará decir que he visto un solo ejemplar, por cierto de la primera edición y en excelente estado, en la Biblioteca Ambrosiana, de Milán. Y por lo que á Francia respecta, debo asegurar que no logré ver ninguno, no ya en las diferentes Bibliotecas provinciales que visité, sino en todas las de París, que recorrí detenidamente, una por una, en compañía del ilustre profesor del Colegio de Francia Mr. d’Arbois de Jubainville, precisamente con objeto de consultar nuestro libro para el trabajo de que hablaré más adelante.
Muy diversa suerte ha tenido la Gramática latina del gran humanista, que aun hoy mismo sirve de texto en algunos centros de enseñanza en España y América. Es cierto que otras obras de nuestro autor figuran ya únicamente en las Bibliotecas, consultadas de vez en cuando por algún que otro erudito; pero no es menos cierto que se tiene mayor noticia de ellas que de la Gramática castellana, la cual ni ha vuelto á ser impresa, ni ha sido objeto nunca de estudios especiales, y, lo que es más, ni siquiera ha sido examinada, tanto en las bibliografías generales como en los estudios biográficos referentes al insigne polígrafo. Nicolás Antonio, y Salvá, por toda noticia, registran su título solamente; Gallardo no la cita; Méndez y Clemencín incurren en errores al mencionarla, y Muñoz, en su Elogio del sabio maestro, encaminado, como nos dice, «á dar á conocer el mérito de Antonio de Lebrija, rectificar el concepto que de él se ha tenido comunmente, y en sus estudios, escritos y enseñanza proponer la norma que deberán seguir los literatos, si quieren serlo de verdadero nombre, para bien suyo y de sus semejantes», olvida sus merecimientos como padre y fundador del estudio de la lengua castellana, y con él de la moderna Gramática neolatina, dentro y fuera de España.
Fué Lebrija, en efecto, el padre y fundador del estudio de la lengua española. «Esta, hasta nuestra edad, escribía, anduvo suelta é fuera de regla; é á esta causa a recebido en pocos siglos muchas mudanças.» Al acometer tal empresa no obró Lebrija, como suponen algunos, por encargo de la Reina Católica, ni tampoco, como otros han dicho, á petición de las damas de la gran Reina, «que quisieron también cultivar sus entendimientos.» Los autores de tales especies han probado cumplidamente que no habían leído siquiera el Prólogo de nuestro libro, pues en él nos declara su autor una por una las causas que le movieron á escribirlo, y la primera de todas (habla Lebrija) «porque mi pensamiento é gana siempre fué engrandecer las cosas de nuestra nación.» Sólo el más puro y generoso patriotismo podía inspirar, en efecto, empresa de esta índole. Por eso son aún más sensibles la ingratitud y el olvido que ha tenido en recompensa.
Dedicó nuestro autor su libro á la Reina Católica, su constante favorecedora. Por su mandado había compuesto antes unas Introducciones latinas, «contraponiendo línea por línea el romance al latín.» Buscaba ahora el patrocinio de su augusto nombre contra las envidias, injusticias y malquerencias de sus émulos; que hartos tuvo, como no podía menos de tener maestro de tan extraordinarias cualidades y merecimientos.
Doloroso es decirlo: la gran Reina no dió pruebas, en este caso, de su penetración acostumbrada. Cuando Lebrija le presentó en Salamanca su libro, Doña Isabel, lejos de comprender desde luego su necesidad y alcance, me preguntó (cuenta Lebrija) que para qué podía aprovechar.» Entonces (prosigue el maestro) «el mui reverendo padre Obispo de Ávila me arrebató la respuesta, é respondiendo por mí, dixo: Que despues que vuestra alteza metiesse debaxo de su iugo muchos pueblos bárbaros e naciones de peregrinas lenguas, é, con el vencimiento, aquellos ternían (tendrían) necessidad de recebir las leies que el vencedor pone al vencido é con ellas nuestra lengua, entonces, por esta mi Arte, podrían venir en el conocimiento della, como agora nosotros deprendemos (aprendemos) el arte de la gramática latina para deprender el latin.» ¿Cabe imaginar respuesta más elocuente y decisiva?
Ó mucho me engaño, ó en esa misma respuesta hay algo, tal vez, que toca al descubrimiento del Nuevo Mundo, que importa precisar en lo posible. Desde luego las palabras pueblos bárbaros e naciones de peregrinas lenguas no parecen muy adecuadas tratándose de pueblos europeos, á los que en modo alguno convenía el dictado de bárbaros, ni tampoco enteramente el de peregrinas á sus lenguas: diríase que se referían á otros pueblos y naciones. ¿Las del Nuevo Mundo? Pero éste estaba aún por descubrir cuando ocurrió la escena que acabamos de contar. Pasó ésta en Salamanca, como nuestro gramático nos dice, aunque sin mencionar la fecha. Las estadas de la Reina Católica en la ciudad salmantina anteriores á la publicación de nuestro libro, que hasta hoy se conocen, corresponden á los años 1486 y 1487, en los cuales parecía generalmente incierto el pensamiento del futuro descubridor.
Por otra parte, Lebrija no parece referirse á esos años, sino á fecha reciente, á 1492, cuando, terminado su libro, trataba de su publicación. Ahora bien: en 1492 la Reina Isabel permaneció en Granada hasta fines de Mayo. Desde entonces hasta el 10 de Agosto, en que se sabe que estaba en Barcelona, nada nos dice de su residencia en otras partes el curioso Memorial ó registro breve, de Galíndez de Carvajal, de los lugares donde el Rey y Reina Católicos estuvieron de 1468 en adelante. ¿Estuvo la Reina alguna vez en Salamanca en ese tiempo, esto es, por los meses de Junio y Julio? Es de advertir que, aunque Galíndez de Carvajal no lo consigna en su Registro, es indudable que en Junio estuvieron los Reyes en Guadalupe. ¿Estarían de igual modo en Salamanca? Aclarada esta cuestión, quedarían resueltas las demás.
En caso afirmativo, bien pueden ser interpretadas como alusivas á los futuros descubrimientos y conquistas de nuevas tierras y pueblos y naciones bárbaras las frases que examinamos, como cosa posible y esperada en días en que la Corona de Castilla había ya aceptado la empresa del gran navegante. De otro modo, no cabe ver en ellas sino referencias generales á la dilatación del imperio de España en otros pueblos y naciones, calificadas de bárbaras en el sentido de extrañas ó extranjeras.
Es de tener también en cuenta, si no como hecho probado, como verosímil al menos, que el maestro Lebrija, por sus conocimientos, no sólo en las letras clásicas, sino en otras muchas y distintas ramas del saber, así como por el alto aprecio en que era tenido, justamente, por los Reyes, el Cardenal Mendoza y otros personajes de la corte, parecía naturalmente llamado, como pocos, á ser oído y consultado en lo tocante á los fundamentos científicos de los proyectos de Colón, bien particularmente, bien en el seno de la Junta encargada de examinarlos. Y en este caso, ¿cabría contar al sabio maestro, al innovador por excelencia de aquellos tiempos en los estudios y en las ciencias, entre los que en nombre de la tradición y la rutina fueron adversarios decididos de las novedades colombinas? En manera alguna.
De todos modos, con ó sin referencias ni relaciones inmediatas con el descubrimiento del Nuevo Mundo, el libro de Lebrija venía á satisfacer una necesidad de primer orden y en los instantes más oportunos y adecuados. El imperio español tocaba ya entonces al período de su mayor grandeza, y con él la lengua española: era llegado el momento de fundar el estudio de esta lengua.
Después de cuatrocientos años, mucho de lo que dejó escrito el viejo filólogo, ó está en pie todavía, ó es de útil recuerdo y consulta. Si su tecnicismo gramatical, sus teorías en algunas cuestiones, las ortográficas especialmente, ó sus doctrinas sobre puntos históricos, bien del lenguaje en general, bien del idioma castellano, han envejecido, en cambio en materias fonéticas y sintáxicas hay no poco aprovechable, cuando no vigente, en nuestros propios días. Ya el mismo Lebrija estaba seguro de que podrían superarle los gramáticos posteriores, como superados fueron los padres de la gramática griega y latina; pero, como fundadamente escribía, «á lo menos fué aquella su gloria é será nuestra: que fuemos (fuimos) los primeros inventores de obra tan necesaria.»
Al emprender la suya, Lebrija, no sólo echó los cimientos de la Gramática española, sino también los de la Gramática moderna, introduciendo en el estudio de las lenguas romances el método gramatical que ha dominado más de tres siglos hasta el nacimiento de la Gramática histórica y comparativa. Ó en otros términos: la Gramática más antigua que se conoce de una lengua romance ó neolatina, con arreglo á las doctrinas del Renacimiento, es la Gramática de la lengua castellana, del maestro Lebrija. Los estudios gramaticales de esta clase más antiguos en Italia y Francia, todos son posteriores: en Italia Fortunio (1516) y Bembo (1525), y en Francia Palsgrave(l530), Robert Estienne (1569) y Canchie (1570). Demostré esta verdad doce años hace en mi trabajo España y la Filología principalmente neolatina, publicado en la Revista Contemporánea correspondiente á Enero de 1880, y más tarde en mi Memoria, leída primero en la Sociedad lingüística de París, que acababa de dispensarme el honor de elegirme socio de número el 19 de Febrero de 1887, y después en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras en 4 de Marzo del mismo año, por M. d’Arbois de Jubainville. Puede leerse integra en las Mémoires de la Société de Linguistique de Paris (t. VI, págs. 176-179).
En esta última Memoria, no sólo traté de evidenciar la prioridad de Lebrija sobre los gramáticos italianos y franceses, sino de probar al propio tiempo que le pertenecía de derecho y en exclusivo la paternidad de algunas doctrinas gramaticales que corren en Francia atribuídas á escritores de este país. Y así fué reconocido por los filólogos de la nación vecina en términos honrosos para nuestra patria[3].
[3] Al dar cuenta de mi Memoria, leída en la Academia de Inscripciones y Bellas Letras por M. d’Arbois de Jubainville, escribía lo siguiente la Révue critique d’Histoire et de Littérature (14 de Mars, 1887, page 220): «M. d’Arbois de Jubainville communique une remarque due à un philologue espagnol, M. Sánchez Moguel, professeur à l’Université de Madrid. La plus ancienne grammaire qui ait eu pour objet une langue néolatine, depuis la grande rénovation des études provoqués par l’invention de l’imprimerie, est la grammaire espagnole du célèbre humaniste Lebrija. M. Sánchez Moguel a reconnu que le grammairien espagnol du XVᵉ siècle a le premier découvert, et explique le mode de formation du futur et du conditionel des langues néo-latines, composées comm’on sait, à l’aide de l’infinitif et d’un temps du verbe avoir, le présent de l’indicatif pour le futur, l’imparfait pour le conditionel.» Véase también, sobre este punto, entre otras, la Révue Archéologique de París (troisième serie.—Tome IX, p. 354).
Hoy que los españoles de ambos mundos conmemoramos unidos comunes glorias, nada más justo que consagrar un recuerdo á la memoria del viejo humanista de los tiempos de Colón y los Reyes Católicos, que, aparte de la relación que pueda tener su nombre con la empresa descubridora, en los días mismos en que el genio de Colón y el arrojo de los españoles buscaban nuevas tierras para Castilla, fundaba el estudio científico del patrio idioma, que había de ser en lo futuro el vínculo más estrecho y más firme de la indestructible fraternidad de americanos y españoles.
LA AURORA EN COPACAVANA
COMEDIA DE DON PEDRO CALDERÓN
Derrocado el secular Imperio de los Incas, ondeando triunfante el estandarte de Castilla desde Túmbez hasta el Cuzco, creían los vencedores asegurada su dominación en las auríferas tierras peruanas, cuando un acontecimiento inesperado vino á poner en grave aprieto el naciente poderío español: el alzamiento, en 1536, de los indios, los cuales, en formidable número, sitiaron el Cuzco, guarnecido solamente por 180 españoles de á pie y de á caballo.
Tres veces incendiaron la ciudad los sitiadores, arrojando piedras hechas ascuas y flechas encendidas sobre los techos de paja de los edificios, y otras tantas veces, sin ningún esfuerzo por parte de los sitiados, se apagó el fuego. Refiérenlo así los antiguos cronistas como los modernos historiadores, desde Cieza de León hasta W. Prescott.
Atribuyóse por todos á favor divino, con especialidad á la protección de la Virgen María, á quien, no sólo nuestra gente, sino los indios, declaraban haber visto con sus propios ojos, ornada de celestiales resplandores, sobre el paraje mismo en que había de alzarse después el templo consagrado á su culto.
Este poético episodio es el alma de la comedia de Calderón La Aurora en Copacavana. Y no digo el argumento, porque éste, como vamos á ver, es más amplio y complicado, si bien dicho episodio constituye en realidad el núcleo de la acción, en tales términos, que ha podido dar nombre á toda la comedia.
Subdivídese ésta en tantas otras piezas como actos, con asunto especial y propio: el primer acto se refiere en exclusivo á la primera llegada de Pizarro y los suyos á Túmbez; el segundo, al sitio del Cuzco y aparición de la Virgen; y el tercero, á la milagrosa imagen de Nuestra Señora de Copacavana. Los dos últimos actos tienen alguna relación y enlace; no así el primero con los demás, puesto que la Virgen no tiene en él arte ni parte, como en los otros.
Lígalos todos el poeta en una fábula interesante, invención de su ingenio: la historia de dos amantes, el indio Jupangui y la india Guacolda, que sirve de argumento secundario, pero general, á toda la comedia, desde el principio hasta el fin.
Guacolda, virgen consagrada al culto del Sol, ama á Jupangui, personaje principal de la corte del Inca Guaxcar, y es correspondida de Jupangui. Ámala también el poderoso Monarca, pero en secreto, hasta el día en que tocó en suerte á Guacolda ser sacrificada al Sol. Entonces el Inca no puede ocultar por más tiempo su ardoroso cariño, y lo confía, para que la salve, á Jupangui, bien ajeno de sospechar en él un rival
Combatido tan á un tiempo
De celos, lealtad y amor.
Guacolda, fugándose, resuelve el conflicto por el pronto. Búscala y hállala Jupangui, resuelto á morir con ella, cuando los sorprende el irritado Inca.
Son delicadas y poéticas las escenas en que Calderón nos presenta á los amantes pugnando á porfía cada uno por salvar al otro, atribuyéndose por entero toda la culpa. Mándalos Guaxcar matar; pero es impotente para conseguirlo, porque Guacolda se abraza á una cruz y Jupangui á un plátano, atributo de María, y no pueden arrancarlos de ellos los verdugos. Después de este prodigio, Guacolda y Jupangui se convierten, y son luego los mayores devotos de la Virgen, á cuyo culto se dedican toda la vida. Es Jupangui quien por sus toscas manos comienza á labrar la imagen de la Virgen de Copacavana, concluída después por ministerio de los ángeles.
El santuario de Copacavana es desde entonces en el Alto Perú, hoy Bolivia, lo que el de la Virgen de Guadalupe en Méjico. Hasta en sus orígenes guardan señalada relación las tradiciones de ambas Vírgenes. Ya el doctísimo Muñoz, en su Memoria sobre las apariciones y el culto de Nuestra Señora de Guadalupe de México, puso de manifiesto que la primera de estas apariciones se refiere á un indio; á un indio también, en la tradición peruana, se aparece la Virgen, sirviéndole de modelo para su imagen de Copacavana.
Desamparadas por sus antiguos dioses en los días de la derrota, las razas vencidas buscaban y encontraban igualmente en la Virgen María el puerto de su refugio y amparo, y en el culto de sus imágenes la satisfacción religiosa de sus corazones. Acaso, y sin acaso, nada haya influído tanto en la civilización de los indios, en su barbarie avezados á los sacrificios humanos, como el tierno y delicado culto de la Virgen María.
El de Nuestra Señora de Copacavana no sólo se difundió en el Perú, sino también por España. Sólo en Madrid recuerdo dos iglesias donde le erigió altares la piedad de nuestros mayores: la Parroquia de San Ginés y el derruído templo de San Antonio del Prado. En Madrid también salió á luz su historia, obra de Andrés de San Nicolás, en 1665, quince años antes de la muerte del madrileño cantor de la peruana imagen. Ya antes, en Lima, había sido escrita y publicada en prosa (1621) por Alfonso Ramos Gavilán, y en verso (1641) por Fray Fernando de Valverde. Diríase que su devoción y culto se propagaron tan rápidamente como en nuestros días los de Nuestra Señora de Lourdes. De todos modos, la comedia de Calderón será siempre fraternal vínculo y monumento de la fe americana y española.
Con relación á la conquista del Perú, y desde el punto de vista histórico, Calderon se ajusta unas veces á las tradiciones y crónicas, y en otras se aparta de ellas, rindiéndose en absoluto á la fuerza creadora de su ingenio. La llegada de los españoles á Túmbez, asunto del acto primero; el desembarco de Pedro de Candía; la cruz que deja plantada por señales,
Pues nadie habrá que la vea
Que no diga: «Aquí llegaron
Españoles; que esta es muestra
Del celo que los anima
Y la fe que los alienta»,
se encuentra en el primer caso, y en el segundo las fieras, que se postran ante ella sumisas, y las flechas disparadas por los indios, que caen, sin tocarla, á su pie.
El sitio del Cuzco y aparición de la Virgen, del segundo acto, es el que contiene errores de mayor bulto, tales como los de atribuir dicho sitio á la segunda llegada de los españoles, el de poner al frente de los sitiados á Francisco Pizarro, y el de presentarnos al famoso conquistador escribiendo de su puño y letra á Carlos V y Felipe II la relación de sus victorias anteriores. Añádanse á éstos los de suponer reinando entonces á Guaxcar ó Huascar, tiempo antes muerto de orden de su hermano Atabaliba ó Atahualpa, y otros errores por el estilo. Y por lo que respecta al acto tercero, con decir que sigue generalmente á los historiadores de la imagen peruana, dicho está todo.
Ni la naturaleza, ni los indios, tales y como eran en los días de la conquista, ni las grandiosas escenas de audacia, valor, heroísmo y aun ferocidad verdadera de que dieron entonces señaladas pruebas los conquistadores, tienen en nuestra comedia el puesto natural y propio. Tejido de milagros, de alegorías convencionales y de escenas de amor, inverosímiles en los indios, trabajo costaría creer, si algunos rasgos felices no lo revelaran, que el autor de esta comedia es el mismo de La Devoción de la Cruz, y menos todavía del Alcalde de Zalamea.
Lo más extraño de todo es que poeta del vigor de Calderón no haya visto ni sentido la vigorosa figura de Francisco Pizarro, ejemplar y dechado como pocos de las excelencias y defectos del pueblo español en aquellos tiempos. Bien es verdad que ningún otro de los grandes conquistadores ha tenido tampoco la fortuna de inspirar con sus hazañas escenas de primer orden á nuestros autores dramáticos. Ténganlo en cuenta los que, sin pararse á comprobarlo, repiten uno y otro día que la historia de España en ambos mundos ha tenido su mejor órgano de expresión poética en nuestro viejo teatro.
DESCRIPCIÓN DE COPACAVANA
Es Copacavana un pueblo
Que casi igualmente dista,
En la provincia que llaman
Chucuitos, las propias millas
De la ciudad de la Paz
Y Potosí. Sus campiñas
Son fértiles, sus ganados
Muchos, y sus alquerías
De frutas, pescas y cazas
Abundantes siempre y ricas:
Cuya opulencia, en su lengua,
Á la nuestra traducida,
Copacavana lo mismo
Que piedra preciosa explica.
Pero aunque pudiera ser
Por esto grande su estima,
Lo hizo mayor que en sus montes
Yace aquella peña altiva
Que adoratorio del Sol
Fué un tiempo, por ser su cima
Donde diabólico impulso
Hizo creer que el Sol podía
Dar á su hijo para que
Los mande, gobierne y rija.
Á esta causa, entre la peña
Y la procelosa orilla
De gran laguna, que hace
El medio contorno isla,
Se construyó templo al sol,
En cuyas aras impías
Faubro al ídolo llamaron
Superior, que significa
Mes Santo, y mientras el cielo
No nos revele el enigma,
Ocioso es que discurramos
Ahora en su etimología.
En él, por los reservados
Juicios de Dios, las insidias
Del antiguo áspid, y en otros
Oráculos, respondían
Inspirando abominables
Ritos, cuya hidropesía
De sangre, mal apagada
Con la de las brutas vidas,
Pasó á beber la de humanas
Virgenes sacerdotisas.
En fin, siendo como era
Copacavana la hidra
De tantas cabezas cuantas
El padre de la mentira
En cada garganta mueve,
En cada anhélito inspira,
Fué la primera en quien Dios
Logró la feliz semilla
De su fe, siendo primeros
Obreros de su doctrina
De Domingo y de Agustino
Las dos sagradas familias.
Roma de América hay
Quien piadoso la publica;
Pues bien, como Roma, siendo
Donde más vana tenía
La gentilidad su trono,
Fué donde puso su silla
Triunfante la Iglesia; así
Donde más la idolatría
Reinaba, puso la fe
Su española monarquía.
Mostrando cuán docta siempre
La eterna sabiduría,
Donde ocurre el mayor daño,
El mayor remedio aplica.
(La Aurora en Copacavana, acto III.)