LOS AMERICANOS EN EL ATENEO
La invitación del Ateneo á los americanos para que tomasen parte en sus conferencias históricas, simultánea de la invitación á los peninsulares, no se redujo á los Ministros de la América española, sino que se extendió también, desde su principio, á algunos escritores residentes en el Nuevo Mundo, conocidos por sus trabajos históricos.
De estos escritores, unos, respondieron rehusando, con razones más ó menos valederas, la participación ofrecida, y otros, á quienes, como á los anteriores, les fueron dirigidas las invitaciones por los conductos más seguros, á pesar del largo tiempo transcurrido no han acusado siquiera recibo de dichas invitaciones. Omito los nombres de unos y otros. Baste saber simplemente lo ocurrido. Y sépase también que el Ateneo, al invitarlos, no les pedía que vinieran expresamente á dar sus conferencias, sino que les advirtió que podían escribirlas y enviarlas y que serían leídas por las personas que ellos mismos designasen.
Creía el Ateneo que la ilustración histórica del descubrimiento, conquista y civilización del Nuevo Mundo era tan necesaria para los americanos como para los españoles, y que en América como en España el estudio científico de aquellos grandes hechos distaba mucho de alcanzar hoy día el florecimiento debido. Por lo que á España respecta, recuérdese lo que dije, con entera sinceridad y franqueza, en el primero de los trabajos que comprende este libro. Y por lo que á América concierne, creo que bien puede afirmarse de ella, en general, lo que, en particular, de Méjico, escribía no ha mucho el biógrafo insigne de Don Fray Juan de Zumárraga: «De los hombres que han figurado en nuestro suelo, pocos habrá que hayan sido juzgados sin pasión, porque el antagonismo de razas, la falta de instrucción, las discordias civiles, y sobre todo las religiosas, han agriado los ánimos y ofuscado las inteligencias;» añadiendo que «entre las víctimas de la ignorancia y del espíritu de partido» se distinguía nada menos que la venerable figura del primer Obispo y Arzobispo de Méjico.
Por fortuna, así como América cuenta con historiadores tan ilustres como García Icazbalceta y Barros Arana, no superados, sin duda, por nuestros mayores americanistas peninsulares, cuenta también, entre los dignos individuos de su representación diplomática en la antigua Metrópoli, distinguidos cultivadores de los estudios históricos, los cuales, comprendiendo la significación y alcance de la empresa acometida por el Ateneo, se apresuraron á aceptar la participación ofrecida, con generoso interés y verdadera eficacia.
Invitó el Ateneo, ante todo, á los Ministros de Méjico y Costa Rica Sres. General Riva Palacio y Peralta, Correspondientes de la Real Academia de la Historia, uno y otro conocidos ya ventajosamente por su probada pericia en materias históricas. Á propuesta de éstos, invitó después á los Ministros de Chile y Colombia, Sres. Vergara Albano y Betancourt, quienes aceptaron su encargo. Ausentes hoy ambos, no han podido cumplir su oferta.
La venida á Madrid de los señores Solar y Zorrilla de San Martín proporcionó al Ateneo nuevos cooperadores. Vicepresidente, el primero, de la República del Perú y Ministro de su país entre nosotros, debía llevar la voz de tan importante nación americana en la obra de las conferencias; Ministro del Uruguay el segundo, venía precedido de gran renombre literario. Los dos respondieron al llamamiento del Ateneo en términos verdaderamente fraternales y honrosos para nuestra patria. Los dos también han desempeñado luego sus respectivos encargos, como igualmente su compañero el Ministro mejicano. No así el de Costa Rica, cuya conferencia fué, con su aprobación, anunciada, suspendida por su encargo después, aplazada para más adelante, y á juzgar por el tiempo transcurrido y la falta de todo aviso, definitivamente abandonada.
Los temas escogidos por los conferenciantes americanos fueron los siguientes:
Sr. Ministro del Perú: El Perú de los Incas.
Sr. Ministro del Uruguay: Descubrimiento y conquista del Río de la Plata.
Sr. Ministro de Méjico: Establecimiento y propagación del Cristianismo en Nueva España.
Como se ve, los tres temas se refieren igualmente á la historia particular de cada uno de los países representados por los conferenciantes si bien con arreglo á las antiguas divisiones político-geográficas, como exigía la naturaleza histórica de las conferencias.
El 18 de Enero de 1892 dió la suya el Ministro de Méjico, primer americano que ha subido á la cátedra del Ateneo. El nombre y la persona del General Riva Palacio eran ya bien conocidos por los años que lleva de residir en España el distinguidísimo mejicano. Sus dotes poéticas y sus facultades oratorias han podido ser apreciadas más de una vez, así como su interés vivísimo en estrechar los vínculos de Méjico y España, acreditado especialmente en la participación activa y preferente que viene tomando en todo lo relativo á la celebración del Centenario. Las personas peritas en los estudios históricos tenían noticia de sus trabajos referentes á los Orígenes de la raza mejicana, leídos en la Real Academia de la Historia, que habían promovido interesante controversia por sus conclusiones favorables al autoctonismo de las primitivas razas mejicanas, y conocían también su erudita Historia de la dominación española en Méjico. El insigne General Arteche, en su magnífica conferencia sobre La conquista de Méjico, leída en el Ateneo en la semana anterior, había mencionado repetidamente con elogio esta última obra. Meses antes el Sr. Vilanoba se refirió con frecuencia á la anterior sobre los Orígenes de la raza Mejicana.
La conferencia del General Riva Palacio, así por su abundante y selecta erudición como por la elocuencia de la forma, rivaliza dignamente con las mejores que el Ateneo había escuchado anteriormente. El sentido critico del ilustre conferenciante, informado en la doctrina de la sociología positivista, puede prestarse á animadas polémicas; pero cualquiera que sea el punto de vista desde el cual se le considere, hay que reconocer forzosamente que estuvo representado á gran altura.
En sentir del Sr. Riva Palacio, existe «extraña semejanza entre el gran cambio religioso de los pueblos de América, y sobre todo de la Nueva España, con el progreso rápido y sangriento del islamismo, no sólo en los días en que Mahoma sujetaba la Arabia, sino durante el tiempo de sus sucesores, cuando Omar gobernaba á los creyentes; afirmando asimismo que no arrancó á los pueblos venidos del culto de los ídolos la predicación del apóstol, sino la espada del conquistador y el hacha y la tea del soldado, que derribaban al Dios de los altares, y ponían fuego á los adoratarios.»
En otro lugar escribe que «los conquistadores españoles sabían también á qué atenerse respecto á la fe religiosa de los vencidos; pero con una política verdaderamente hábil, contentáronse casi siempre con la aparente conversión de los indios, dejando á los misioneros el cuidado de explorar á aquellas conciencias, de cultivar en ellas las semillas del Cristianismo y de entregar á las llamas los templos de los ídolos, y hasta los recuerdos de los tiempos de la idolatría.»
Esta segunda afirmación es más conforme con la verdad histórica, reconocida y consignada ya en publicaciones anteriores por escritor tan competente como García Icazbalceta, quien, á este propósito, escribía lo siguiente: «La Cristiandad se había fundado en México por orden no común. Lo más ordinario en la predicación del Evangelio es que sus ministros se abran paso lentamente, en lucha continua contra el poder de gobiernos despóticos y contra el apego de los infieles á sus heredadas creencias. En la Nueva España fué muy diverso el caso. La predicación evangélica contaba con todo el apoyo del poder civil; las armas le habían allanado el camino, y no podía temer persecución general, si bien no le faltaron contradicciones, nacidas del carácter de algunos gobernantes y de la agitación de los tiempos. Los conversos no arriesgaban, pues, nada en el cambio de religión; antes podían contar por eso mismo con más favor de los señores de la tierra.» Así «el pueblo infiel, lejos de oponer resistencia al establecimiento de la ley cristiana, abrazaba con gusto sus dogmas, y se complacía grandemente en sus prácticas.»
Es verdaderamente notable por la exactitud lo que el General Riva Palacio decía de los frailes que llegaron á las Indias, los cuales «cifraban todo su empeño y encaminaban todos sus trabajos á sólo dos objetos: conversión de los idólatras á la fe cristiana, y protección de la vida y libertad de los vencidos. Fuera de esto—añade—nada les preocupaba ni llamaba su atención. Ningún anhelo de riquezas, ningún empeño por los honores, ningún cuidado por los títulos ni por el fausto; pobres hasta la miseria, abnegados hasta el sacrificio, ni temían concitarse el rencor y el odio de los encomenderos, ni vacilaban en desafiar el enojo de los terribles conquistadores, ni temblaban al levantar sus quejas, no siempre humildes, en favor de sus protegidos hasta el trono del poderoso Emperador Carlos V.» ¡Qué diferencia—añadiremos nosotros—qué diferencia tan radical entre estos medios empleados por el Cristianismo en el Nuevo Mundo y los usados por los musulmanes para la propagación del Islamismo!
Acabó su discurso el distinguido conferenciante con estas palabras, que el numeroso y culto auditorio recibió con grandes aplausos: «El historiador debe decir que el descubrimiento del Nuevo Mundo era una necesidad de la ciencia; su ocupación un derecho de la humanidad, y la conversión de sus habitantes al Cristianismo una exigencia ineludible de la civilización y del progreso.»
Ocho días después, el 25 de Febrero, dió su conferencia sobre el Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata el Sr. Ministro del Uruguay. Imaginación brillantísima, corazón entusiasta, poeta de grandes alientos, arrebató á sus oyentes, desde los primeros períodos, con el encanto y la magia de su elocuencia. Las hazañas de Juan Díaz de Solís, de Ayola, de Irala, de Garay y Ortiz de Zárate, tuvieron cantor inspiradísimo en el Sr. Zorrilla de San Martín; la colonización del territorio argentino, tan distinta de la de otras comarcas, expositor inteligente y discretísimo.
Aparte de estos merecimientos, el Sr. Ministro del Uruguay ofrecía á sus oyentes un atractivo mayor en aquellos momentos: el españolismo noble y generoso que rebosaba en sus frases, el entusiasmo con que en nombre del mundo de Colón y de Isabel publicaba muy alto la gratitud americana para con la madre patria. Era aquello un acto tan deseado como oportuno; la correspondencia debida á nuestro cariño, la consagración solemne de la fraternidad hispano-americana.
Y lo que daba más autoridad á sus palabras era el conocimiento que todos tenían de que no las dictaba el artificio retórico, ni las ceremoniosas formas de la cortesía; porque el nuevo Ministro del Uruguay, antes de representar á su país en el nuestro, allá, en su patria, repetidamente en sus discursos, en sus artículos, en sus versos, había hablado igual lenguaje, hijo siempre de sus convicciones y de sus arraigados afectos.
América, antes del descubrimiento—decía—«era un mundo casi vacío; todo era grande en ella menos el hombre; el hombre que allí existía no era ni podía ser un principio; era un término, un último vestigio. Era joven y hermosa la naturaleza: el hombre, decrépito.»
«Colón y sus carabelas no las buscaban; buscaban sólo el Oriente por el Occidente; no fueron, pues, las carabelas las que salieran al encuentro de América, fué ésta la que salió al paso á los heroicos navegantes.....»
Refiriendo las hazañas de los españoles en la conquista del Río de la Plata, decia: «Somos nosotros, más que vosotros, los que heredamos los frutos del árbol regado con su sangre, y los que en primer término estamos en el deber de admirar la memoria de los que la vertieron y de vindicarla siempre con reconocimiento filial.»
En consonancia con estos sentimientos,—añadía al final de su discurso—«Por eso, señores, como el Perú hace la apoteosis de Pizarro; como Buenos Aires da el nombre de Garay á una de sus calles; como Chile levanta la estatua de Valdivia, Montevideo da el nombre de Solís á su principal coliseo y levanta en una de sus plazas, votada por el Parlamento, la estatua de su fundador Don Bruno Mauricio de Zabala.
«Es el altar de la raza, señores, que complementa y preside en el orden cronologico-histórico los otros altares de la patria independiente; es la protesta de bronce que dice al mundo, y á vosotros especialmente, que si por ley providencial se pueden y es indispensable romper vínculos políticos, no pueden romperse ni se romperán jamás los de la sangre, los de la fe, los de la lengua y los de las tradiciones y glorias, que nos son comunes y constituyen nuestro orgullo conjuntamente con las demás glorias nacionales.
«Que Dios proteja, señores, los destinos de nuestra incomparable raza, de los cuales jamás debemos desesperar. ¡Quién sabe! Acaso España fué un día, geológicamente considerada, la cabeza del gran coloso destrozado y sumergido en parte por el Atlántico. Que el tiempo confirme, señores, esa atrevida suposición: sea ahora España la cabeza, el cerebro, el pensamiento; palpite en América el corazón, mientras circula para siempre en todo ese inmenso organismo, dueño tal vez del porvenir del mundo, la sangre y los recuerdos de los Cortés, de los Pizarros, de los Valdivias, de los Irala y los Garay, de los Juan Díaz de Solís y de los Bruno Mauricio de Zabala.»
La conferencia del Sr. Ministro del Perú sobre El Perú de los Incas, el 11 de Febrero siguíente, fué un trabajo erudito, de sobria y severa forma, que se escuchó con agrado, á pesar de la aridez del asunto.
«En este recinto de la ciencia y de las letras—decía, con extraordinaria modestia, al comienzo de su disertación—no tienen derecho á hablar sino los sabios y los literatos: yo no lo soy. Llevado á la carrera pública cuando apenas había salido de los claustros universitarios, y empujado, por un cúmulo de especiales circunstancias, á la política activa, de lucha y de combate en muchos casos, ha absorbido ésta mi tiempo y mis fuerzas, con detrimento y á costa quizá de otras muy preferentes exigencias sociales, privándome, en su consecuencia, de la satisfacción que ofrecen las bellezas y los encantos de la literatura...
«Pero ¿de qué se trata, señores? De hacer algo en bien de España: se da al Perú participación en tan importante labor, se me honra creyéndome capaz de contribuir á ese fin, aunque sea en mínima parte: no hay entonces excusa ni vacilación posible: se me impone un verdadero sacrificio, pero estoy acostumbrado á hacerlos por mi patria; y tratándose de honrar á la de mis padres y la de mis hijos, no considero nada imposible; no tengo, pues, derechos que ejercer, sino obligaciones muy sagradas que cumplir, y á cumplirlas he venido, señores.»
Á pesar de tales protestas, las observaciones sobre el origen é historia del Perú de los Incas exceden en mucho á todo lo que podría esperarse de las modestas palabras del Ministro peruano. Claro está que la originalidad en esta clase de estudios es sólo propia de los investigadores de profesión, y el Sr. Solar no ha podido dedicar á ellos el tiempo que ha tenido que emplear en la defensa y gobierno de su país en los puestos más elevados y en los empeños más penosos; pero el hecho solo de ser instruido en estas materias, así como la circunstancia de no dejarse llevar de los exagerados elogios que algunos historiadores de su patria tributan á la civilización de los Incas, en mengua de la española, son condiciones por extremo recomendables y que abonan la elevación y cultura de su inteligencia.
Oir hablar de los Incas á un peruano, por añadidura Vicepresidente actual de la República y ex Presidente del Consejo de Ministros; escuchar de sus labios sentidas y generosas frases para la patria de Pizarro y de la Gasca, en la cátedra de una corporación española y ante un auditorio de españoles, fué un espectáculo tan nuevo, tan hermoso, de tanta trascendencia, que figurará dignamente entre los actos de más valía de la celebración del Centenario.
Séame licito ahora consignar aquí las declaraciones más importantes del respetable Ministro del Perú sobre las relaciones de España y las naciones americanas sus hijas. «Estas conferencias—decía—han tenido por fin algo más que dar veladas ilustrativas en historia y literatura, y es iniciar con estas muestras de exquisita distinción un orden de relaciones entre España y aquellos países, que no sólo sean de franca y sincera amistad, sino de acción real y eficaz para su recíproco desenvolvimiento..... Se quiere que los indisolubles vínculos de origen y de idioma den unidad y solidez permanente á ese gran todo social que formaron España y la América española y que deben continuar siendo unos, por mutuos intereses y conveniencias.»
Reconoce luego que España «envió lo que faltaba á la grandeza deficiente, á la civilización imperfecta que constituían el destruido imperio de las Incas.» «Su rico territorio, bastante bien poblado,—proseguía,—estaba dispuesto á recibir la simiente que en él quisiera depositarse, para corresponder con óptimos frutos. La civilización europea, la luz vivificante del Evangelio, sembraron esa semilla. Hoy el Perú, animado con la vitalidad que lleva á las naciones americanas por el camino del progreso, ofrece á Europa sus casi inagotables riquezas en la minería, sus inmensos y vírgenes terrenos, para recibir emigraciones que los exploten con provecho, la exuberancia de sus productos como materia prima para la industria.»
Más adelante, tratando de la unión de España y el Perú, decía: «Ahora bien: ¿qué lazos de más perfecta unión puede haber entre dos naciones que la identidad que establece la sangre, el idioma, las creencias, los hábitos, las virtudes y los defectos de los pueblos que las forman?»
Y terminaba diciendo: «¡Si los españoles y americanos llegaran á convencerse de esta verdad!; si los Gobiernos, penetrados de ella, dictaran medidas eficaces para conseguir las conveniencias que todos deben reportar, entonces, eso que hasta hoy es una ilusión, sería mañana una halagadora realidad! ¿Qué falta para que esa realidad lo sea? Señores, quererlo, pero quererlo de veras, quererlo resueltamente. Si pudiera yo influir en este sentido, expresando, como lo hago, á nombre del Perú, su deseo, y el mío muy en especial, en apoyo de esta idea; si estas conferencias contribuyeran á alcanzar tan propicios resultados, ello sería motivo de la más pura satisfacción, tanto para los iniciadores de esta grande obra y sus colaboradores como para los Gobiernos que la ejecutaran. Para una nación que pudo descubrir un mundo y hacerlo suyo, no es, no puede ser labor ardua ni difícil recuperar, con los valiosos elementos de que dispone, su antigua grandeza, haciendo también grandes á los que con ella quieran serlo. Para el Perú, que llama á España con inefable complacencia, la madre patria, nada puede serle más grato que contribuir con sus riquezas y sus fuerzas al recíproco engrandecimiento de ambas. Una Reina, que se inmortalizó por su perseverancia y sus virtudes, iluminó la América con los resplandores del Catolicismo y de la ciencia; otra Reina, no menos digna y meritoria, está llamada á completar la obra, haciendo poderosos y felices á dos pueblos que merecen y que deben serlo.»
De manera tan digna y eficaz respondieron los conferenciantes americanos al llamamiento del Ateneo.