EL DEMONIO DE SÓCRATES.


ARGUMENTO.

Los dioses supremos habitan en las alturas del mundo sin contacto alguno con los animales que viven en la tierra; pero entre el hombre y la Divinidad hay poderes intermediarios.

Los genios o demonios son a la vez los intérpretes de nuestros votos y los mensajeros de los beneficios celestes, participando de doble naturaleza; como nosotros, son apasionados; como los dioses, inmortales. Su morada es ese intervalo aéreo que existe entre el cielo y la tierra. Su cuerpo es más ligero que el de los animales terrestres, y menos sutil que el de los seres superiores. Son visibles e invisibles según su voluntad, o mejor dicho, según sus diversas atribuciones.

Deben ser contados entre ellos los manes y demás genios familiares, y otros de superior esencia, como el Sueño y el Amor. Todos tienen un culto especial, todos agradecen las ofrendas, y a todos irrita la indiferencia o el desprecio.

Sin embargo, cada hombre tiene un demonio que debe honrar particularmente, un genio cuyos consejos debe escuchar y cuyas inspiraciones seguir. La sabiduría consiste en el culto tributado al genio especial de cada uno, y Sócrates fue el hombre más sabio por su obediencia a los mandamientos de su genio. En todas ocasiones escuchaba con respeto la divina voz que le hablaba. Este demonio fue quien le enseñó a distinguir los verdaderos de los falsos bienes, a despreciar los favores de la fortuna, y a buscar solo la virtud.

Imitemos a Sócrates: dejando de un lado las cosas exteriores, cultivemos nuestro genio; no deseemos más que los verdaderos bienes, y seremos felices, y mereciendo, como Ulises, elogios que solo se dirijan a nuestra virtud.

***

Examinando Platón la naturaleza de todas las cosas, y principalmente la de los seres animados, los dividió en tres clases. Creyó que había dioses superiores, dioses intermedios y dioses inferiores, distinguiéndoles no solo por sus moradas, sino también por la perfección de su naturaleza, y fundó esta diferencia en numerosas consideraciones.

Estableció primero, para mayor claridad, la distinción de las moradas y, cual su majestad lo exigía, asignó el cielo a los dioses inmortales.

Entre estos dioses celestiales unos aparecen a nuestros ojos, otros los descubre la inteligencia. Vemos, pues, con nuestros ojos

... esos astros brillantes

Que arreglan en los cielos el curso de los años.

Pero nuestros ojos no ven solo esos astros principales: el sol, creador del día; la luna, rival del sol, esplendor de la noche, que, alternativamente figura un arco o aparece la mitad, o se muestra en la plenitud de su forma, antorcha variable, que luce con mayor brillo conforme se aleja más del sol, midiendo los meses en sus períodos regulares, períodos que se componen de crecientes y menguantes iguales. ¿Brilla la luna, como creen los Caldeos, con luz propia, luminosa de un lado y oscura de otro; debe a la revolución de su globo los cambios de su color, forma y extensión, o es cuerpo oscuro y falto de luz, que absorbe como espejo los rayos oblicuos u opuestos del sol? O sirviéndome de la frase de Lucrecio: «La luz que en ella brilla ¿es prestada?»

Después veremos cuál de ambas opiniones es verdadera, pero lo cierto es que ni griegos ni bárbaros han negado o puesto en duda la divinidad del sol y de la luna.

No son estos astros, según he dicho, los únicos dioses superiores. Hay además cinco estrellas que el ignorante vulgo llama errantes, aunque tienen un movimiento eterno, regular y cierto: si bien siguen distinta ruta, conservan siempre una velocidad igual y semejante, una progresión y una vuelta admirablemente determinadas por su situación y por la oblicuidad de su curva. Este orden maravilloso lo han advertido los que estudian la salida y ocultación de los astros.

Los partidarios del sistema de Platón deben contar en el número de los dioses visibles a Arturo, las pluviosas Híades y las dos Osas, como también las demás constelaciones luminosas, coro admirable que en un cielo puro vemos brillar con severo resplandor; majestuosas bellezas de la noche sembrada de estrellas, luces deslumbradoras que reflejan, como dice Ennio, multitud de figuras en el magnífico escudo del mundo.

Hay también otra especie de dioses que la naturaleza ha negado a nuestras miradas, pero que advertimos en las contemplaciones de la inteligencia, cuando con los ojos del alma los consideramos atentamente; entre ellos están los doce siguientes, cuyos nombres reunió Ennio en dos versos,

Juno, Vesta, Minerva, Ceres, Diana, Venus, Marte,

Mercurio, Júpiter, Neptuno, Vulcano, Apolo,

y otros de igual naturaleza, cuyos nombres desde hace largo tiempo son familiares a nuestros oídos, y cuyo poder comprende nuestro espíritu por los distintos beneficios que nos prodigan en la vida, según sus diversas atribuciones.

Pero el vulgo profano, ignorante de la filosofía y de las cosas santas, privado de razón y de creencias, y extraño a la verdad; el vulgo crédulo e insolente desconoce a los dioses, y con un culto ridículo o con insolentes desdenes, unos son supersticiosos y otros despreciadores, aquellos por debilidad, y estos por orgullo. En efecto, el mayor número reverencia a todos los dioses que habitan en las altas regiones del aire y que están muy alejados de las debilidades humanas; pero los honores que les tributan son indignos de ellos. Todo el mundo teme los dioses, pero sin saber la razón. Pocos los niegan, y estos por impiedad.

Los dioses, según Platón, son naturalezas incorpóreas, animadas, sin principio ni fin, eternas en lo porvenir y en lo pasado, sin contacto alguno con los cuerpos perfectos y destinadas a la felicidad suprema. Buenos por sí mismos, no participan de ningún bien exterior y alcanzan el objeto de su deseo por un movimiento fácil, sencillo, libre y sin obstáculos.

¿Hablaré yo del padre de los dioses, del que crea y gobierna todas las cosas y que no está obligado a ningún acto, a ningún especial deber? ¿Qué diré de él cuando Platón, filósofo dotado de divina elocuencia y de penetración igual a la de los inmortales, ha repetido frecuentemente que la majestad de este ser, solo e infinito, está por encima de los términos y de las expresiones, y que ninguna palabra humana puede dar la menor idea de su perfección; que los mismos sabios, después de elevarse cuanto pueden sobre el nivel de los sentidos, apenas llegan a comprender este dios, y que lo entreven de ordinario como rapidísimo relámpago que brilla en densa oscuridad?

No me detendré en este punto; la fuerza me faltaría, puesto que mi maestro Platón no ha encontrado ninguna expresión digna de tan gran asunto: ante una materia que excede al alcance de mi débil genio, tengo que batirme en retirada, y del cielo bajo mi discurso a la tierra, donde el hombre es el primero de los animales.

En verdad, la mayoría de los hombres, depravados por el abandono de toda moral, entregados a los errores y a los crímenes, de dulces que eran naturalmente, han llegado a ser de tal modo feroces, que el ser humano podría ser considerado como el último de los animales de la tierra. Pero no tratamos ahora de discutir sobre sus extravíos, sino de poner de manifiesto la división de la naturaleza.

Los hombres están dotados de razón y de palabra, su alma es inmortal, su cuerpo perdurable, su espíritu activo e inquieto, sus sentidos groseros y falibles. Difieren entre sí por sus costumbres, y se parecen por sus extravíos, por su audacia, por la terquedad de sus esperanzas, por sus vanos trabajos, por su frágil fortuna. Cada hombre, aisladamente, es mortal, pero el género humano existe, se reproduce y se renueva perpetuamente. Su vida es rápida, su saber tardío, su muerte pronta y la tierra es la morada donde pasa su dolorosa existencia.

Tenéis, pues, dos clases de seres animados: los hombres y los dioses; mas estos difieren de aquellos en que habitan en lugares sublimes, en la perpetuidad de su vida, en la perfección de su naturaleza. Nada de común tienen con nosotros, porque la inmensidad separa sus moradas de las nuestras, porque en ellos la juventud es eterna e inalterable, y nuestra vida es frágil y rápida, y porque ellos están destinados a la felicidad, y nosotros oprimidos por el peso de las miserias.

Pero qué, ¿la naturaleza no está unida en sí misma por ningún lazo, sino que, dividida en parte divina y en parte humana, se hace impotente por esta escisión? Porque como Platón ha dicho, ningún dios se mezcla con los hombres, y la señal más evidente de su sublimidad es que jamás se manchan con nuestro contacto.

Algunos solamente, como los astros, aparecen a nuestra débil vista, y con todo eso, aun no estamos de acuerdo acerca de su tamaño y color. Los otros solo son comprendidos por los esfuerzos de nuestra inteligencia. Y no debe admirar que los dioses inmortales no estén al alcance de nuestra vista, porque aun entre los hombres, el que la fortuna eleva al trono, silla movible y frágil, se aparta lejos de todos, y, huyendo el contacto del vulgo, se oculta, por decirlo así, dentro de su propia dignidad, porque, así como la familiaridad produce el desprecio, la rareza de las relaciones inspira respetuosa admiración.

Dirase, sin embargo, ¿qué ha de hacerse, según esta opinión, quizá sublime, pero casi inhumana? ¿Qué ha de hacerse, si los hombres, rechazados por los Inmortales, relegados en el Tártaro de esta vida, privados de toda comunicación con los dioses, no tienen ninguna divinidad que vele por ellos como pastor por sus ovejas, si ningún poder celestial modera el furor de los malos, cura las enfermedades, consuela a los indigentes? Decís que ningún dios se ocupa de las cosas humanas. ¿A quién, pues, debo dirigir mis ruegos? ¿A quién ofreceré mis votos? ¿A quién inmolaré víctimas? ¿A quién podré invocar como protector de los desgraciados, defensor de los inocentes y enemigo de los perversos? ¿A quién, finalmente, apelaré como juez de mis juramentos? ¿Diré yo como el Ascanio de Virgilio:

«Juro por esta cabeza, por la cual mi padre antes juraba»?

Sin duda, Julio, tu padre podía invocar esta prenda sagrada entre los troyanos nacidos de la misma raza que él, y acaso entre los griegos que lo habían conocido en los combates; pero entre los Rútulos que recientemente has conocido, si nadie quiere fiar en dicha cabeza, ¿qué dios responderá por ti? ¿Apelarás, como el feroz Mecencio, a tu brazo y a tu lanza? Porque este tirano solo respetaba sus armas:

Mi dios es esta mano y este dardo que lanzo.

Apartad esos dioses tan crueles, esa mano fatigada de homicidios, ese dardo enmohecido por la sangre; ni aquella ni este tienen nada en sí que merezca que se les invoque o que por ellos se jure. Este honor solo corresponde al dios de los dioses, porque jurar es poner a Júpiter por testigo, como ha dicho Ennio.

¿Qué hacer? ¿Juraremos por Júpiter en piedra, según antigua costumbre de los romanos? Si la opinión de Platón es cierta, si los dioses no tienen ninguna comunicación con los hombres, la piedra no ha de oírnos con más facilidad que Júpiter. No, os responderá Platón por mi boca; no, los dioses no son tan distintos ni viven tan separados de los hombres, que no puedan oír vuestros votos. Son, en verdad, extraños al contacto, pero no al cuidado de las cosas humanas. Existen divinidades intermedias que habitan entre las alturas del cielo y el elemento terrestre, en ese medio que ocupa el aire, divinidades que transmiten a los dioses nuestros deseos y los méritos de nuestras acciones. Los griegos las llaman demonios.

Mensajeros de ruegos y de beneficios entre los hombres y los dioses, estos demonios llevan y traen de unos a otros, de una parte las demandas, y de otra los socorros; intérpretes con unos, genios bienhechores con otros, como lo dice Platón en su Banquete, presiden también en las revelaciones, en los encantos de los magos y en todos los presagios.

Cada cual de ellos tiene sus atributos especiales. Componen los sueños, despedazan las víctimas, arreglan el vuelo y el canto de los pájaros, inspiran a los adivinos, lanzan el rayo, hacen brillar los relámpagos y se ocupan, en fin, de cuanto nos revela el porvenir: cosas todas que debemos creer mandadas por la voluntad, la providencia y las órdenes de los dioses, y ejecutadas por el cuidado, la obediencia y el ministerio de los demonios.

Por ellos, por su intervención, fue Aníbal amenazado en sueños de la pérdida de un ojo; Flaminio, al ver las entrañas de la víctima, temió una derrota; los augures descubrieron a Navio Atto la maravillosa propiedad de la piedra de afilar; algunos hombres ven brillar los signos precursores del reinado que les espera; un águila corona a Tarquinio Prisco; una llama ilumina la cabeza de Servio Tulio; en fin, son las divinidades mediadoras entre los hombres y los dioses, que inspiran los presagios de los augures, los sacrificios toscanos, los versos de las Sibilas, y que indican los lugares donde ha de herir el rayo. Tales son las atribuciones de estos poderes intermedios entre los hombres y los dioses. Ciertamente sería impropio de la majestad de los dioses supremos, que alguno de ellos infundiera un sueño a Aníbal, o despedazara la víctima de Flaminio, o hiciera volar un ave junto a Atto Navio, o pusiera en verso las predicciones de la Sibila, o le quitara el bonete de flamen a Tarquinio, para devolvérselo, o hiciera aparecer envuelta en fuego la cabeza de Servio sin quemarla.

Las divinidades del cielo no descienden a estos detalles que corresponden a los poderes intermedios, cuya morada está en el espacio de aire contiguo a la tierra y a los cielos, y que habitan en él como cada especie animada en el elemento que le es propio: en el aire lo que vuela, y en la tierra lo que anda.

Y como hay cuatro elementos bien conocidos, que son, por decirlo así, las cuatro grandes divisiones de la naturaleza, y la tierra, el agua y el fuego, tienen cada uno sus animales peculiares (Aristóteles asegura que en las abrasadoras hornazas hay unos animales alados que revolotean y pasan su vida en el fuego, con el cual nacen, y sin él perecen), como tantos brillantes astros giran, según antes he dicho, en el éter, donde está el más vivo y puro origen del fuego, ¿por qué el aire, este cuarto elemento que ocupa tanto espacio, ha de estar vacío de toda cosa, y ser el único de los cuatro condenado por la naturaleza a no tener habitantes? ¿Por qué no ha de hacer que nazcan en el aire animales aéreos, como los produce inflamados en el fuego, fluidos en el agua y terrestres en la tierra? Porque los que asignan el aire como morada a las aves, cometen un error evidente. En primer lugar, ningún ave remonta su vuelo por encima del Olimpo, el monte más elevado del globo, cuya altura, según la medida de los geómetras, no llega a diez estadios. A partir de este monte, se extiende un inmenso espacio de aire hasta el primer círculo de la luna, donde verdaderamente empieza el éter. ¿Qué diréis, pues, de esta grande extensión de aire que se encuentra entre la cima del Olimpo y el círculo más próximo a la luna? ¿Estará despoblada de animales que le sean propios, y esta parte de la naturaleza quedará muerta e impotente? Porque, observad que el ave es más bien un animal terrestre que aéreo; su alimento está en la tierra; en ella nace y en ella descansa, y cuando vuela, solo atraviesa el aire más próximo a la tierra; en fin, cuando las alas que le sirven de remos están fatigadas, la tierra es el puerto que la recibe.

Puesto que la fuerza del razonamiento obliga a admitir la existencia de animales propios del aire, resta solo, tratar de su naturaleza y de sus propiedades. No serán terrestres, porque les arrastraría su peso: no estarán formados de fuego, porque la fuerza del calor les llevaría fuera del elemento en que viven. Preciso es, pues, combinar una naturaleza intermedia, como el sitio en que se encuentran, para que la constitución de los habitantes esté en armonía con la región que ocupan.

Formemos con el pensamiento, creemos una especie de animales hechos de suerte que no sean ni tan pesados como los de la tierra, ni tan ligeros como los del éter. Que difieran de unos y otros en algunas propiedades, o que las tengan de ambos, sea que se admita o que se rechace la participación de las dos naturalezas, advirtiendo de paso que la formación que admite la mezcla es más inteligible que la que la excluye.

Así, pues, los cuerpos de estos demonios tendrán algún peso para que no sean elevados a las regiones superiores, y alguna ligereza para que no sean precipitados a la tierra.

Ante todo, para que no me acuséis de presentaros creaciones increíbles, como hacen los poetas, os daré un ejemplo de este equilibrio.

Las nubes tienen alguna relación con los cuerpos de que os hablo: si fueran tan ligeras como las cosas que carecen de peso, jamás bajarían, como frecuentemente las vemos descender, hasta la cima de las montañas que parece coronan; y si, por otra parte, fueran tan densas y pesadas que ningún principio de ligereza las levantara, caerían por su propio peso como masa de plomo o como piedra, destrozándose contra la tierra. Pero permanecen en suspensión y son movibles, corren acá y allá en el océano y en los aires, como barco que gobierna el viento; cambian de forma según se acercan o se alejan de la tierra. Cuando están preñadas de aguas celestes, descienden como para parir, y cuanto mayor es su peso, más bajan negras y amenazadoras y más lenta es su marcha. Por el contrario, cuanto menos cargadas, se elevan en el espacio más rápidas y transparentes, y huyen como guedejas de ligera lana.

Ya sabéis los admirables versos de Lucrecio sobre el trueno:

El trueno que desgarra la cima de los cielos,

Formado está por nubes aéreas que entrechocan

Arrastradas a impulsos de fiero vendaval.

Si, pues, las nubes que se forman enteramente de la tierra y que a ella caen en seguida, se elevan a lo alto, ¿qué pensáis sucederá a los cuerpos de estos demonios, cuya combinación es mucho más sutil? No están formados, como ellas, de esos vapores espesos, de esas nieblas impuras, sino del elemento más puro, de la serenidad misma del aire, y a causa de ello no aparecen fácilmente a los mortales, llegando solo a ser visibles por la voluntad de los dioses, porque carecen de esa solidez terrestre que intercepta la luz, que detiene la mirada y que concentra necesariamente la vista. Los tejidos de su cuerpo son raros, brillantes y separados, de suerte que su resplandor deslumbra nuestros ojos y engaña las miradas.

Preciso es poner en esta categoría la Minerva de Homero, cuando se aparece en medio de los griegos para apaciguar a Aquiles,

Visible para él solo; ningún otro la ve.

También debe ponerse la Juturna de Virgilio cuando avanza por entre las filas del ejército para socorrer a su hermano, y

Mezclada con soldados, permanece invisible.

No es, pues, como ese soldado de Plauto, que se vanagloria de su escudo,

Cuyo brillo deslumbra los ojos enemigos.

Y para no decir más, en esta especie de demonios es donde los poetas, no apartándose mucho de la verdad, escogen ordinariamente los dioses que suponen amigos o enemigos de ciertos hombres, aplicados aquellos a elevar y a sostener a sus protegidos, estos a perseguirlos y afligirlos, de suerte que participan de todas las pasiones humanas, la compasión, el odio, la alegría, el dolor, y, como nosotros, son agitados por los movimientos del corazón y los tumultuosos pensamientos del espíritu.

Los dioses supremos viven tranquilos, extraños a todas estas perturbaciones, a todas estas tempestades. Estos habitantes del cielo gozan de eterna calma de espíritu. No sienten dolor ni voluptuosidad que les arrebate, ni cambios súbitos ni violencias extrañas, porque nada hay tan omnipotente como un dios; ni modificaciones espontáneas, porque nada hay que les iguale en perfección.

¿Cómo creer que sea perfecto el que pasa de un primer estado a otro más irregular? Ninguno cambia si no se arrepiente de su primera posición, y el cambio es la condenación del estado precedente. Así, pues, un dios no puede sentir ningún afecto temporal, ni el amor ni el odio; es inaccesible a la cólera y a la piedad, a las angustias del dolor y a los transportes del placer; para él no hay pasiones, ni tristeza, ni alegría, ni deseos súbitos y contradictorios.

Todos estos movimientos y muchos otros convienen a la naturaleza media de los demonios, que, por el lugar que habitan y por la índole de su espíritu, son término medio entre dioses y hombres, teniendo la inmortalidad de aquellos y las pasiones de estos.

Se les puede definir así: los demonios son seres animados, razonables y sensibles, cuyo cuerpo es aéreo y la vida eterna. De estos cinco atributos les son comunes con los hombres los tres primeros, el cuarto les es propio, y el último lo comparten con los dioses inmortales, de quienes solo difieren por la sensibilidad.

Llámoles sensibles no sin razón, puesto que su alma está sujeta a las mismas agitaciones que la nuestra, y por ello debemos prestar fe a las diversas ceremonias de las religiones y a las diferentes súplicas empleadas en los sacrificios.

Algunos de estos demonios aman las ceremonias que se celebran de noche, otros las que se verifican de día; unos prefieren el culto público, otros el privado; unos exigen la alegría, otros que la tristeza presida a los sacrificios y solemnidades que se les consagran. Por ello los dioses de Egipto son honrados casi siempre con sollozos; los de Grecia, con bailes; los de los bárbaros, con el ruido de címbalos, tambores y flautas.

Obsérvase la misma diferencia, según las costumbres de cada país, en la marcha de las ceremonias, en el silencio de los misterios, en las funciones de los sacerdotes, en los ritos de los sacrificadores y hasta en las estatuas de los dioses, en los despojos que les son ofrecidos, en la consagración de los templos y en el lugar donde son edificados, en el color y sacrificios de las víctimas.

Todos estos usos son establecidos solemnemente, según los diversos países, y con frecuencia reconocemos en los sueños, en los presagios y en los oráculos, que los dioses se indignan si por ignorancia o por orgullo se descuida algún detalle de su culto.

Podría citar multitud de ejemplos de este género, pero son tan conocidos y en tanto número, que quien quisiera enumerarlos olvidaría muchos más que citaría. No me detendré, pues, a enumerar estos hechos, a los cuales podrán no dar fe algunos espíritus, pero que al menos son universalmente conocidos. Más vale discurrir acerca de las diferentes especies de genios citadas por filósofos, a fin de que podamos conocer claramente cuál era el presentimiento de Sócrates, y cuál el dios que tenía por amigo.

Porque en determinada acepción, el alma humana, aun encerrada en el cuerpo, es llamada demonio.

¿Este ardor nos proviene, Euríale, de los dioses

Donde divinizamos nuestros deseos furiosos?

Así, pues, un buen deseo del alma es un dios bienhechor, y de ello proviene que muchos, como he dicho, llaman feliz a aquel cuyo demonio es bueno, es decir, cuya alma está formada por la virtud.

En nuestro lenguaje puede llamarse a este demonio genio. No sé si la expresión es perfectamente justa, pero me atrevo a llamarlo así porque el dios que representa es el alma de cada hombre; dios inmortal y que, sin embargo, nace en cierto modo con el hombre. Así, pues, las preces en las cuales invocamos el genio y Genita, me parece que explican la formación y el nudo de nuestro ser cuando designan con dos nombres el alma y el cuerpo, cuya unión constituye el hombre.

En otro sentido llámase también demonio al alma humana, que después de haber pagado su tributo a la vida, se separa del cuerpo. En la antigua lengua de los Latinos encuentro que se la llamaba Lémure. Entre estos Lémures los hay divinidades pacíficas y bienhechoras de la familia, que eran encargadas del cuidado de la posteridad y toman el nombre de Lares domésticos. Otros, por lo contrario, privados de una estancia feliz, expían los crímenes de su vida en una especie de destierro, y siendo espanto de los buenos y plaga de los malvados, yerran al azar. Se les designa generalmente con el nombre de Larvas.

Pero cuando no se está seguro de la suerte de uno u otro, ni si un genio es lare o larva, se le llama dios Mane. Este título de dios es solo una señal de respeto; porque no se llaman verdaderamente dioses sino a aquellos cuya vida se acomodó a las leyes de la justicia y de la virtud, y que, divinizados en seguida por los hombres, se les edificaron templos y recibieron homenajes, como Anfiarao, en Beocia; Mopso, en África; Osiris, en Egipto; otros, en otras naciones, y Esculapio, en todas partes.

Esta división de los demonios solo se refiere a los que vivieron en cuerpo humano. Pero hay otra especie de demonios no menos numerosos, superiores en poder, de naturaleza más augusta y elevada, que jamás estuvieron sometidos a los lazos y a las cadenas del cuerpo, y que tienen un poder cierto y determinado. En este número están el Sueño y el Amor, que ejercen opuesta influencia: el Amor hace velar, y el Sueño dormir.

En este orden más elevado coloca Platón a los árbitros y testigos de nuestras acciones, guardianes invisibles de todos, siempre presentes, siempre instruidos de nuestros actos y pensamientos.

Cuando abandonamos la vida, este genio, que ha sido dado a cada uno de nosotros, coge al hombre confiado a su guarda y le lleva ante el Tribunal supremo, donde se encarga de su defensa. Allí rebate sus mentiras, confirma sus palabras si dice verdad, y por su testimonio se da la sentencia.

Así, pues, todos vosotros los que escucháis esta divina sentencia de Platón, pronunciada por mi boca, arreglad a este principio vuestras pasiones, vuestros actos y vuestros pensamientos, y no olvidéis que para estos guardianes no hay secreto alguno ni dentro ni fuera de nuestro corazón; que vuestro genio asiste a toda vuestra vida, que todo lo ve, que lo comprende todo, y como la conciencia, penetra en los más ocultos repliegues del corazón.

Este genio es un centinela, un guía personal, un censor íntimo, un curador especial, un observador asiduo, un testigo inseparable, un juez familiar que desaprueba el mal, que aplaude el bien y que debe ser estudiado, conocido y honrado con un cuidado religioso; a quien debemos, como Sócrates, el homenaje de nuestra justicia y de nuestra inocencia. Porque en la incertidumbre de los acontecimientos prevé por nosotros, en la duda nos aconseja, en el peligro nos protege, en la miseria nos socorre.

En su poder está a veces por los sueños, a veces por los signos; por su presencia visible a veces cuando es necesario alejar el infortunio, atraer el éxito, engrandecer o conservar nuestra fortuna, disipar las nubes de la vida, guiarnos en los días felices o corregir la adversidad.

Y ahora bien: ¿quién extrañara que Sócrates, hombre eminente perfecto, sabio por el dicho del mismo Apolo, conozca y honre su dios, su guardián, su lare familiar (así puedo llamarlo) que aparta de él cuanto era preciso apartar, que le protege contra todos los peligros, que le da todos los consejos necesarios? Y cuando su saber desfallecía y sus consejos eran impotentes, siendo precisos los presagios, él era quien disipaba la duda en el corazón de Sócrates por medio de una revelación divina.

Hay, en efecto, en la vida muchas circunstancias en que los mismos sabios tienen que recurrir a los oráculos y a los adivinos.

¿No veis acaso en Homero, como en un gran espejo, esta distinción claramente fijada entre los consejos de la sabiduría y las advertencias del cielo? Cuando las dos columnas del ejército, Agamenón el poderoso rey, y Aquiles el formidable guerrero, se separan, siéntese la necesidad de un hombre sabio y elocuente que modere el orgullo del Átrida y el ardor del hijo de Peleo, y que, dominándoles por su autoridad, les instruya con sus ejemplos y les calme con sus discursos. ¿Quién se levanta en este momento? ¿Quién toma la palabra? El orador de Pilos, el respetable anciano cuya voz es tan dulce y tan persuasiva su sabiduría. Todos lo saben: la edad debilita su cuerpo, pero su alma está llena de sabiduría y de vigor, y sus palabras corren como la miel.

Pero en los reveses de la guerra, cuando precisa enviar emisarios que penetren en el campo enemigo en mitad de la noche, ¿a quién se escogerá? Ulises y Diomedes representan la prudencia y la fuerza, el espíritu humano, el pensamiento y la espada.

Ahora bien: si los griegos son detenidos en Áulida por los vientos contrarios, si se cansan de esperar y luchar contra los obstáculos, si para obtener una mar tranquila y una travesía feliz tienen que interrogar a las entrañas de las víctimas y al vuelo de las aves y a la comida de las serpientes, los dos sabios de Grecia, Ulises y Néstor, permanecen entonces silenciosos, y Calcas, el más hábil de los adivinos, dirige su vista a las aves y al altar, y de repente el profeta calma las tempestades, lanza los barcos al mar y predice un sitio de diez años.

Igualmente en el campo de los troyanos, cuando precisa recurrir a los augures, aquel sabio Senado permanece mudo, nadie se atreve a hablar, ni Hicetaón, ni Lampo, ni Clitio; todos escuchan en silencio, o las terribles predicciones de Heleno, o las profecías de Casandra, condenada a no ser jamás creída.

De igual manera Sócrates, cuando no bastaban los consejos de la sabiduría, seguía los presagios de su demonio, y su respetuosa obediencia le hacía agradable a su dios.

Si el genio detenía casi siempre a Sócrates en el momento de obrar, si jamás le excitaba, es por una razón que ya hemos dicho; porque Sócrates, hombre eminentemente perfecto, cumplía todos sus deberes con ardimiento, sin necesidad de ser excitado, sino retenido cuando sus actos podían producir algún peligro, y estas advertencias le obligaban a diferir por el momento empresas que reanudaba más tarde o por otros medios.

En estas ocasiones decía oír una cierta voz divina (es la expresión de Platón), y no es de creer que aceptara los presagios de boca del primero que llegara.

Un día que estaba fuera de la ciudad solo con Fedro, a la sombra de frondoso árbol, oyó esta voz que le advertía no atravesara el arroyo de Iliso antes de calmar con una retractación al Amor, que había ofendido. De haber acudido a los presagios, hubiera encontrado alguno que le excitara a obrar, como con frecuencia sucede a los hombres supersticiosos que se dejan guiar, no por su corazón, sino por la palabra de otro; que van por las calles recogiendo consejos de todo el mundo, y que, por decirlo de una vez no piensan con su entendimiento sino con sus oídos. Lo cierto es que los que escuchan la palabra de los intérpretes, palabra que con frecuencia han oído, no pueden dudar de que salga de boca humana. Pero Sócrates no dice que llega a sus oídos una voz, sino una cierta voz, y esta adición demuestra que no es una voz ordinaria, una voz humana, porque en tal caso hubiera añadido inútilmente la palabra cierta, siendo más exacto decir una voz o la voz de alguno, como la cortesana de Terencio:

Paréceme que oigo la voz de mi soldado.

Cuando se dice una cierta voz, es porque se ignora de dónde viene, porque se duda hasta de que exista; dase a entender que hay algo en ella de extraordinario, de misterioso, como la que a Sócrates le hablaba de una manera divina y tan oportuna.

Creo, además, que no conocía solo su genio por audición, sino también por signos visibles, porque con frecuencia decía que un signo divino y no una voz se había ofrecido a él. Este signo era quizá la figura del mismo demonio que Sócrates solo veía, como en Homero Aquiles ve a Minerva.

Persuadido estoy de que la mayoría de vosotros vacila en creer lo que acabo de decir y se admira de que la forma de un demonio haya aparecido a Sócrates; pero Aristóteles refiere (y es testigo importantísimo) que a los pitagóricos causaba extrañeza que alguno asegurara no haber visto jamás demonios. Si, pues, cada uno puede ver su divina imagen, ¿por qué no la había de ver Sócrates, cuya sabiduría lo elevó a rango de los dioses supremos? Porque lo que hay más semejante y más agradable a un dios, es un hombre de perfecta virtud, un hombre tan superior a los demás mortales, como es inferior a los dioses inmortales.

¿Por qué no nos estimula el ejemplo y el recuerdo de Sócrates? ¿Por qué el temor de estos dioses no nos induce al estudio de la filosofía? No sé lo que lo impide, y sobre todo me admira que deseando todos la felicidad y sabiendo que no reside sino en el alma, y que para vivir dichoso es preciso cultivar nuestra alma, no la cultivemos. Quien quiere tener penetrante vista, necesita cuidar sus ojos, por cuyo medio ve; a quien quiere correr con rapidez, le es preciso cuidar sus pies, que le sirven para correr, y quien quiere luchar al pugilato, debe fortificar sus brazos, con los cuales lucha; en fin, todos los demás miembros exigen un cuidado en relación con sus funciones.

Esto es claro para todo el mundo, y por ello me extraña y no comprendo que el hombre deje de cultivar su alma con el auxilio de su razón; porque al fin todos necesitamos saber vivir, no sucediendo en esto como en la pintura o en la música, artes que un hombre bueno puede ignorar sin incurrir por ello en nota de infamia. Yo no sé tocar la flauta como Ismenias, sin que esto me avergüence; no soy pintor como Apeles, ni escultor como Lisipo, y no me ruboriza el no serlo. En una palabra, es permitido ignorar sin desdoro todos los conocimientos de esta índole; pero decid, si os atrevéis: No sé vivir como Sócrates, como Platón, como Pitágoras, y no me sonrojo. No osaréis jamás decirlo.

Y ¡cosa extraña! lo que no se quiere ignorar se descuida el aprenderlo, retrocediendo a la vez ante el estudio y ante la ignorancia de este arte. Haced la cuenta de los gastos diarios, y encontraréis muchos cuantiosos e inútiles, y nada empleado para vos, es decir, para el culto de vuestro demonio, culto que no es otra cosa sino la santa práctica de la filosofía.

Construyen los hombres magníficas casas de campo, adornan espléndidamente sus palacios, aumentan el número de sus esclavos; pero en medio de toda esta abundancia hay alguna cosa que avergüenza, y es el dueño; y con razón, porque los dueños reúnen las riquezas, les dedican culto y permanecen ellos ignorantes, groseros y sin cultura.

Ved esos edificios en los que han gastado todo su patrimonio; nada hay más risueño y espléndido: posesiones tan grandes como ciudades, casas adornadas como templos, numerosos sirvientes cuidadosamente peinados, muebles soberbios, lujo deslumbrador. Todo es suntuoso, magnífico, excepto el dueño. Él solo, como Tántalo, es pobre. En medio de sus riquezas todo le falta; no desea un fruto que no tenga, pero tiene hambre y sed de verdadera felicidad, es decir, de una vida tranquila y de una dichosa filosofía. Ignora que las riquezas son examinadas como los caballos que él quiere comprar, pues cuando esto sucede no se para la atención en los arneses, ni en la silla, ni en los adornos que brillan en la cabeza, ni en las bridas bordadas con oro, plata o piedras preciosas, ni en la riqueza y arte de los objetos que rodean su cuello, ni en el cincelado del freno, ni en el brillo y dorado de la cincha; déjase todo esto aparte y se mira el caballo desnudo, se examina su cuerpo, su genio, la nobleza de su andar, la rapidez de su carrera y la resistencia. Mírase ante todo si tiene

El vientre corto, la cabeza fina,

Redonda grupa y musculoso pecho.

Después, si la espina dorsal es doble, porque queremos que el movimiento sea rápido y suave.

Por igual modo, en la apreciación del hombre, apartad cuanto le es extraño; examinad al hombre solo, reducido a sí mismo, pobre como mi Sócrates; y llamo extraño al hombre, cuanto debe a sus padres y a la fortuna, porque nada de esto entra en mi admiración a Sócrates. La nobleza, los abuelos, la genealogía, las envidiadas riquezas, todo esto, lo repito, es extraño. La gloria del nacimiento procede de un abuelo cuya conducta no ruborice al nieto, e igual sucede con las demás ventajas que podéis enumerar. Tal hombre es noble; pues alabáis a sus antecesores; es rico, pues no creo en la fortuna y de lo demás no hago caso; es vigoroso, pues la enfermedad puede debilitarle; es ágil, pues llegará a ser viejo; es bello, esperad un poco y dejará de serlo. Pero si decís: ha estudiado las bellas artes, es muy instruido, es tan sabio como puede serlo un hombre, es prudente, entonces elogiáis al hombre en sí mismo. Nada de esto es herencia de sus padres, ni regalo de azar, ni resultado efímero del sufragio, ni cosa que se altera con el cuerpo o cambia con la edad. Estas son las únicas ventajas de mi Sócrates, y por eso desdeñaba la posesión de las otras.

Si todo esto os excita al estudio de la filosofía, no oiréis mezclar a nuestras alabanzas nada que os sea extraño, y quien quiera elogiaros tendrá que decir de vosotros lo que Aecio al principio de su Filoctetes ha dicho de Ulises:

«Héroe glorioso, salido de patria oscura; tu nombre es célebre, tu alma está llena de sabiduría, tú guías a los griegos y sabes vengarles de Ilión, hijo de Laertes...»

Solo en último caso habla de su padre, y solo oís alabanzas que le son personales. Ninguna de ella llega a Laertes, ni a Anticlea, ni a Arcesio; todo el elogio corresponde a Ulises.

Homero, hablando de este héroe, dice lo mismo; le da por compañera la prudencia, designada, según costumbre de los poetas, con el nombre de Minerva. Con ella vence todos los obstáculos y evita todos los peligros; penetra en el antro del Cíclope, y sale de él; ve los bueyes del sol, y no los toca; desciende a los infiernos, y vuelve a la tierra. Con la sabiduría pasa Escila sin ser arrastrado, salva los remolinos del Caribdis sin ser sumergido; bebe la copa de Circe sin ser metamorfoseado; llega a la tierra de los Lotófagos sin permanecer allí, y oye a las Sirenas sin acercarse a ellas.