I.
Cómo la vieja cuenta a la doncella cómo Psique fue llevada a unos palacios muy poderosos, a donde holgó con su nuevo marido.
—Hallándose Psique en aquel prado hermoso y florido, aliviose algún tanto de la pena que en su corazón tenía. Y mirando a todas partes vio una floresta con muy grande arboleda, y una fuente muy clara y apacible, y allí junto estaba una casa real, la cual no parecía edificada por mano de hombres, sino por los dioses. A la entrada de la casa estaba un palacio tan rico y hermoso, que parecía morada de algún dios, porque el zaquizamí y cobertura de madera era de cedro y marfil maravillosamente labrado. Las columnas eran de oro, y todas las paredes eran de plata. Y todos los aposentos y cámaras relucían con el oro, y daban tanta claridad, que era cosa más celestial que humana.
Psique, convidada con la hermosura de tal lugar, llegose cerca, y con osadía entró dentro, maravillándose de lo que veía. Y dentro en la casa vio muchos palacios y salas tan perfectamente adornados y aderezados, que ninguna cosa había en el mundo que allí no hubiese; pero sobre todo, de lo que más se maravilló fue de ver los aposentos tan llenos de oro y riquezas, y sin cerradura ni guarda.
Andando ella con gran placer mirando estas cosas, oyó una sola voz que le decía: «¿Por qué, señora, te espantas de tantas riquezas? Tuyo es todo esto que aquí ves; por tanto, entra en la cámara y descansa en la rica cama, y cuando quisieres pide agua para bañarte, que nosotras, cuyas voces oyes, somos tus siervas, y en todo lo que mandares te serviremos, y luego vendrá la comida, que bien aparejada está para esforzar tu cuerpo.»
Cuando esto oyó Psique, entendió que aquello era ordenado por algún dios, y descansando de su fatiga, durmió un poco, y después que despertó levantose y lavose, y viendo que la mesa estaba puesta y aparejada, se fue a sentar a ella; luego vinieron muchos manjares y un vino que se llama néctar, del que los dioses beben, lo cual todo no parecía quién lo traía, solamente parecía que venía en el aire, ni tampoco la señora podía ver a nadie, mas solamente oía las voces que la hablaban. Después que hubo comido le vinieron a cantar y tañer muy suavísimamente sin ser vistos los músicos.
Acabado este placer ya que era noche, Psique se fue a dormir, temiendo la guarda de su virginidad. Y estando con este miedo vino el marido no conocido, y acostándose junto a ella se confirmó el matrimonio; y antes que fuese de día se partió de allí, y luego aquellas voces fueron oídas en la cámara y comenzaron a curar de la novia.
De esta manera pasó algún tiempo sin ver a su marido; ella, por la mucha continuación de las voces y del servicio que le hacían, lo tenía ya por deleite y pasatiempo.
Entretanto su padre y madre se envejecían en llanto y luto continuo, y la fama de este negocio cómo había pasado, llegó adonde estaban las hermanas mayores casadas, las cuales con mucha tristeza, cargadas de luto, dejaron sus casas y vinieron a ver a sus padres para hablarles y consolarles.
Aquella misma noche el marido habló a su mujer Psique, que aunque no lo veía, bien lo oía y con sus manos palpaba, y la dijo de esta manera:
—¡Oh, señora mía y muy amada mujer, la fortuna cruel te amenaza con un peligro de muerte, del cual yo querría que te guardases; con mucha cautela tus hermanas, turbadas pensando que tú eres muerta, han de venir a aquel risco en donde tú aquí viniste; si tú, por ventura, oyeres sus voces y llantos, no les respondas en ningún modo, porque si lo haces, darásme gran dolor y para ti causarás un grandísimo mal que te será casi la muerte!
Ella prometió de hacer todo lo que el marido le mandase; pero como la noche fue pasada y el marido de ella partido, todo aquel día la doncella consumió en llantos y en lágrimas, diciendo que estaba en una hermosa cárcel apartada de toda conversación humana, y que no podía ver a sus hermanas, ni aun responderlas. De esta manera, aquel día ni quiso lavarse, ni comer, ni holgarse con cosa alguna, sino llorando con muchas lágrimas, se fue a dormir.
Luego vino el marido, y acostándose en la cama la comenzó a reprender de esta manera:
—¡Oh, mi señora Psique! ¿Esto es lo que tú me prometiste? ¿Qué te puedo yo aconsejar siendo tu marido, que no sea tu provecho? Anda ya, y haz lo que te pareciere. Porque cuando te viniere el mal, te acordarás de lo que te he amonestado.
Entonces ella, con muchos ruegos, le hizo conceder que ella hable a sus hermanas y les dé todas las piezas de oro y joyas que quisiere. Pero muchas veces le amonestó que no curase de sus palabras ni curase de saber la cara y figura de su marido, porque si esto pretendiese, que caería de tanta felicidad como tenía.
Ella le dijo que todo lo cumpliría, y con muchos besos y abrazos que le daba, juntamente le pidió que mandase al viento que trajese allí a sus hermanas, así como a ella había traído, todo lo cual él le otorgó, y viniendo la mañana se partió del lecho.
Las hermanas preguntaron por aquel risco o lugar donde habían dejado a Psique, y luego se fueron para allá, donde comenzaron a llorar y dar grandes voces, hiriéndose en los pechos, tanto, que a las voces que daban acudió Psique, diciéndoles: «¿Por qué os afligís con tantas lágrimas y tristes voces? Dejad, hermanas, el llanto, y venid a ver y abrazar a quien lloráis.»
Entonces llamó al viento cierzo, y mandole que hiciese lo que su marido le había mandado. Él, sin más tardar, obedeciendo a su mandamiento, trajo luego a sus hermanas muy mansamente, sin fatiga ni peligro alguno, y como llegaron, comenzáronse a abrazar y a besar unas a otras con grandísimo contentamiento. Y Psique les dijo que entrasen en su casa alegremente y descansasen con ella de su pena y fatiga, deleitándose en ver tan suntuoso y rico palacio y frescos jardines.