II.
Cómo prosiguiendo la vieja en su cuento, dice cómo las dos hermanas de Psique la vinieron a ver y le tuvieron envidia.
—Después que así les hubo hablado, mostroles la casa y las grandes riquezas de ella, y la mucha familia de los que le servían, oyéndolos solamente. Después las mandó a un baño muy rico y hermoso, y luego vinieron a comer, donde había muchos manjares abundantemente. En tal manera, que la hartura y abundancia de tantas comidas y riquezas (más de los dioses que humanas), criaron envidia en sus corazones contra ella. Finalmente, que le comenzaron a preguntar curiosamente les dijese quién era el señor de aquellas riquezas celestiales. Pero Psique, disimulando, les dijo que su marido era un mozo hermoso que le apuntaba la barba, el cual andaba ocupado en la caza de montería. Y por no tratar más en este negocio, les dio mucho oro y piedras preciosas, y mandó al viento que las tornase a llevar de donde las había traído.
Lo cual hecho, las hermanas, tornándose a casa, iban ardiendo con la hiel de la envidia que les crecía, y una otra hablaban sobre ello muchas cosas, entre las cuales la una dijo esto:
—Mirad ahora qué escasa es la fortuna, ciega malvada; ¿parécete bien que seamos todas hijas de un padre y madre, y que tengamos diversos estados; nosotras que somos mayores que ella, seamos esclavas de maridos advenedizos, y que vivamos como desterradas fuera de nuestra tierra, y apartadas muy lejos de la casa y reino de nuestros padres, y esta nuestra hermana, última de todas, que haya de poseer tantas riquezas, y tener un dios por marido, y aun cierto ella no sabe bien usar de tanta muchedumbre de riquezas como tiene? ¿No viste tú, hermana, cuántas cosas están en aquella casa, cuántos collares de oro, cuántas vestiduras resplandecientes, y cuántas piedras preciosas relumbran por ella? Por cierto, si ella tiene el marido hermoso mancebo como nos dijo, ninguna más bienaventurada que ella. Y demás de esto, manda a los vientos, y tiene por servidoras las voces. Yo, mezquina, lo primero que puedo decir es que fui casada con un marido más viejo que mi padre y más calvo que una calabaza, y más flaco que un niño, guardando de continuo la casa.
La otra dice:
—Pues yo sufro a otro marido gotoso y aun corcovado, por lo cual nunca tengo placer con él, fregándole de continuo sus dedos, endurecidos como piedras, con medicinas hediondas, que ya estoy harta de tantos trabajos como paso con él; pero tú, hermana, paréceme que sufres esto con ánimo paciente, mas yo en ninguna manera puedo sufrir que tanta riqueza y bienaventuranza tenga esta melindrosilla. ¿No te recuerdas cuán soberbiamente y con cuánta arrogancia se hubo con nosotras, las piezas que nos mostró con tanta vanidad, y de tantas riquezas como allí había no nos dio más de esto poquito, y luego mandó al viento que nos llevase luego fuera? Pues no me tendría yo por mujer si no la echase de tantas riquezas. Tomemos yo y tú algún buen consejo para esto que digo, y estas cosas que llevamos que ella nos dio, no las mostremos a nuestros padres ni digamos cosa alguna de su salud y vida, ni publiquemos las muchas riquezas que vimos, porque no so pueden llamar bienaventurados aquellos cuyas riquezas no son sabidas: ahora dejemos esto y tornemos a nuestros maridos, y después, instruidas con mayor acuerdo y consejo, tornaremos más fuertes para castigar su soberbia.
Este mal consejo parecía bueno a las dos malas hermanas; y escondidas las joyas y dones que Psique les había dado, tornáronse desgreñadas como que venían llorando, y rascándose las caras, fingiendo de nuevo grandes llantos. En esta manera dejaron sus padres, refrescándoles su pena y dolor, y fuéronse a sus casas.