III.
Cómo Cupido avisa a su mujer que en ninguna manera oiga a sus hermanas, porque la quieren echar a perder.
Viendo Cupido los engaños y maldades que las hermanas ordenaban, habló a Psique de esta manera:
—¿No ves cuánto peligro te está aparejado de la cruel e inconstante fortuna, por medio de tus hermanas? Por eso, si tú de lejos no te apercibes, yo creo que te derrocará y hará mucho mal. Aquellas lobas tejen una desleal y mala tela para tu perdición. Ellas te quieren persuadir que tú veas mi cara, la cual, como muchas veces te he dicho, tú no verás; mas si intentares verla, ya aquellas malas brujas vienen armadas con sus malignos corazones encendidos de envidia por echarte a perder: tú no hables con ellas ni las admitas a que te vengan a ver. Y si por tu liviandad y amor que les tienes no te pudieres sufrir sin hablarles, no les respondas ni les des oídos a todo lo que hablaren acerca de tu marido, porque haciéndolo de esta manera acrecentaremos nuestro linaje, que este tu vientre un niño trae ya, y si tú encubres y guardas lo que te digo, ese niño que parieres será inmortal; haciéndolo de otra manera, yo te digo que será mortal.
Psique, cuando esto oyó, alegrose mucho con la divina generación, y prometió a su marido hacer lo que él decía. Pero aquellas furias espantables de sus hermanas ya deseaban echar de sí el veneno de serpientes: y con este deseo aceleraban su camino por la mar cuanto podían.
En esto el marido de Psique de nuevo la tornó a amonestar diciéndole las mismas palabras que de antes le había dicho.
Ella entonces, llorando, le dijo:
—Bien sabes tú, señor, que yo no soy parlera; ya el otro día me enseñaste la fe que te había de guardar y lo que había de callar; así, que ahora tú no verás que yo mude la constancia y firmeza de mi ánimo; solamente te ruego que mandes al viento que haga su oficio y que sirva en lo que le mandare, y en lugar de tu vista, pues me la niegas, a lo menos consiente que yo goce de la vista de mis hermanas. Esto, señor, te suplico por estos tus cabellos lindos y olorosos y por el amor que te tengo, aunque no te conozco de vista. Así conozca tu cara en este niño que traigo en el vientre, que concedas a mis ruegos, haciendo que yo goce de ver y hablar a mis hermanas. Y de aquí adelante no curaré más de querer conocer tu cara, y no me curo que las tinieblas de la noche me quiten tu vista, pues yo tengo a ti, que eres mi lumbre.
Con estas palabras, abrazando a su marido y llorando, limpiaba las lágrimas con sus cabellos, tanto que él fue vencido y prometió de hacer todo lo que ella quería, y luego, antes que amaneciese, se partió de ella, como acostumbraba.
Las hermanas, con su mal propósito, en llegando no curaron de ver a sus padres, sino en saliendo de las naos, derechas se fueron a aquel risco, a donde con el ansia que tenían no esperaron que el viento les ayudase, antes con temeridad y osadía se echaron de allí abajo; pero el viento, recordándose de lo que su señor le había mandado, recibiolas en sus alas y púsolas muy mansamente en el suelo.
Ellas se metieron luego en casa, y van a abrazar a la que querían perder, y comenzáronla a lisonjear de esta manera:
—Hermana Psique, ya nos parece que estás preñada. ¡Oh, cuán bienaventuradas somos nosotras, pues tenemos hermana que posee tantas riquezas, y más bienandante serás tú cuando te naciere el hijo, porque si él te pareciere, será el segundo dios Cupido!
Con estas palabras maliciosas ganaban la voluntad de su hermana.
Ella las mandó lavar en el rico baño, y después de lavadas sentáronse a la mesa, donde les fueron dados manjares reales en abundancia, y luego vino la música y comenzaron a cantar y tañer muy suavemente, que parecía celestial. Pero con todo esto no se amansaba la maldad de las falsas mujeres, antes procuraban de armar su lazo de engaños que traían pensado. Y comenzaron disimuladamente a meter palabras, preguntándole qué tal era su marido, de qué nación y ley venía.
Psique, habiendo olvidado lo que su marido le encomendara, comenzó a fingir una nueva razón, diciendo que su marido era de una gran provincia, y que era mercader de muy gruesa mercadería, y que era hombre de media edad.
No tardó mucho en esta habla, que luego las cargó de joyas y ricos dones, y mandó al viento que las llevase.
Después que fueron idas, entre sí iban hablando de esta manera:
—¿Qué diremos de esta loca? La otra vez nos dijo que era su marido mancebo desbarbado, y ahora nos dice que es de media edad. ¿Quién será este que tan presto se hizo viejo?
—Cierto, hermana; o esta mala hembra nos miente, o ella no conoce a su marido, y cualquier cosa de estas que sea, nos conviene que la echemos de estas riquezas. Ahora volvámonos a casa de nuestros padres y callémonos esto, encubriéndolo con el mejor modo que pudiéremos.