I.
Cómo Psique fue al templo de la diosa Ceres y al de Juno a demandarles socorro y ayuda para su fatiga, y ninguna se lo dio por no enojar más a Venus, que estaba enojada.
La desdichada Psique andaba por diversas partes y caminos buscando a su marido, y tanto más le crecía el deseo de hallarlo, cuanta era la pena que traía en buscarle. Y deliberaba entre sí que si no le pudiese con sus halagos como mujer amansar, que a lo menos con sus ruegos y oraciones lo aplacara.
Yendo así pensando en esto, vio un templo encima de un alto monte, y dijo:
—¿Qué sé yo ahora si por ventura mora mi señor en este templo? Y luego se fue hacia allá; y habiendo subido a aquel monte, llegó al templo y entró, donde vio muchas espigas de trigo y cebada derramadas por el suelo sin ningún orden ni concierto. Psique, como vio estas cosas derramadas, comenzó a apartar cada cosa por su parte, y a componerlo y a ataviarlo todo.
Estando en esta obra, entró la diosa Ceres, y como la viese, comenzole a decir.
—¡Oh Psique desventurada, la diosa Venus anda por todo el mundo con grandísima ansia buscándote, y pretende traerte a la muerte, y tú ahora estás aquí teniendo cuidado de mis cosas!
Entonces Psique echose a sus pies y comenzolos a regar con sus lágrimas, suplicándole y pidiéndole perdón, diciendo:
—Ruégote, señora, por la tu diestra mano, sembradora de los panes, y por las ceremonias alegres de las sementeras, y por las aradas y barbechos de Sicilia, y por los sacrificios que se hacen en la ciudad Eleusina, que tú socorras a la triste ánima de tu sierva Psique, y consiente que entre estos montones de espigas me pueda esconder algunos pocos días hasta que pase la cruel y vengativa ira de tan gran diosa como es Venus.
Ceres le respondió:
—Ciertamente yo me he conmovido a compasión por ver tus lágrimas y lo que me ruegas, y deséote ayudar, pero no quiero incurrir en desgracia de mi cuñada, con la cual tengo antigua amistad. Así que tú parte luego de mi casa, y recibe en gracia que no fuiste presa por mí ni retenida.
Cuando Psique esto oyó, llena de mayor dolor, tomó su camino adelante, y habiendo andado un gran rato, vio un hermoso templo que estaba en una selva de mucha arboleda, edificado muy pulidamente, en el cual entró y vio en él muy ricos dones de ropas y vestiduras colgadas de los troncos y ramas de los árboles con letras de oro que decían la causa por que eran allí ofrecidas, y el nombre de la diosa a quien se daban.
Entonces Psique, hincando las rodillas en el suelo y con las manos tocando el altar y limpiándolas con lágrimas de sus ojos, comenzó a decir de esta manera:
—¡Oh tú, Juno, mujer y hermana del gran Júpiter, o estés en el antiguo templo de la isla de Samos, la cual se glorifica porque tú naciste y te criaste allí; o estés en la silla de la alta ciudad de Cartago, la cual te adoró como doncella que fuiste llevada al cielo encima de un león; o estés en la ribera del río Ínaco, el cual hace memoria de ti, que eres casada con Júpiter y reina de las diosas; o estés en las ciudades de los griegos, adonde todos te honran como a diosa de los casamientos; donde quiera que estés, te ruego que socorras mis extremas necesidades y peligros!
Acabado de decir esto, luego le pareció la diosa Juno, y díjole:
—Yo te quisiera remediar con mi ayuda y favor; pero contra la voluntad de Venus, mi nuera, la cual siempre tuve en lugar de hija, no lo puedo hacer, porque la vergüenza me resiste. Demás de esto, las leyes prohíben que nadie pueda recibir los esclavos fugitivos contra la voluntad de sus señores; por tanto, vete luego de aquí.