I.
Cómo viniendo un ladrón de la ciudad de Hipata, cuenta a los otros cómo no culpaban a nadie del robo de la casa de Milón, sino a Lucio Apuleyo, y cómo fue admitido a la compañía de los ladrones un mancebo.
Al otro día, de mañana, después de salido el sol, uno de la compañía de aquellos ladrones, según yo conocí en sus palabras, entró por la puerta, y como llegó a la entrada de la cueva, sentose allí para cobrar resuello, y comenzó a hablar a sus compañeros de esta manera:
—Cuanto toca a la casa de Milón, el de la ciudad de Hipata, la cual poco ha robamos, ya podemos estar seguros, porque yo lo he bien solicitado, que después que vosotros con vuestras fuerzas robasteis todo lo de aquella casa, y os partisteis para esta nuestra estancia, mezcleme entre aquella gente popular de aquella ciudad, haciendo parecer que me dolía y me pesaba de aquel negocio; donde andaba mirando qué consejo tomaban sobre buscar quién había hecho aquel robo y en qué manera y cómo querían hacer la pesquisa para buscar los ladrones, lo cual todo yo miraba para deciros, como me mandasteis. Y no solamente por dudosos argumentos, mas por razones probadas, todos los de aquella ciudad, y de consentimiento de todos, pedían no sé qué Lucio, diciendo ser el autor manifiesto de tan gran crimen. El cual, pocos días antes con ciertas cartas fingidas y fingiendo ser hombre de bien, había hecho amistad estrechamente con aquel Milón, en tanto que lo recibió por huésped en su casa y por muy su amigo, y él se detuvo algunos días en su casa, fingiendo tener amores con una criada de Milón, y espió muy bien las cerraduras de la puerta y los cuartos donde Milón tenía todo su patrimonio, para lo cual no pequeño indicio se halla contra aquel mal hombre, porque aquella misma noche, y en el momento de aquel robo, él huyó, y desde entonces acá nunca más pareció, y porque tuviese ayuda muy prestamente y muy lejos se escondiese, dejando atrás los que los seguían, tuvo buen remedio que llevó consigo, en que fue cabalgando, aquel su caballo blanco en que había venido, dejando en la posada a su mozo, el cual fue hallado allí, y por la justicia de la ciudad lo mandaron echar en la cárcel como testigo que sabía de las maldades y consejos de su señor. Y otro día, puesto a cuestión de tormento, lo quebrantaron y desmembraron hasta que llegó a punto de muerte, mas nunca confesó cosa ninguna de todo lo que al pobre hombre le preguntaban, por la cual causa enviaron muchos de aquella ciudad a la tierra de aquel Lucio para hacerle pagar la pena del delito que había cometido.
Contando él estas cosas yo gemía y lloraba dentro de mis entrañas, viéndome hecho asno, que no podía volver por mí ni defender mi honra. Veníanme al pensamiento los varones antiguos, que no sin causa pintaban a la fortuna ciega y sin ojos, la cual trataba bien y daba sus riquezas y honras a hombres malos y que no las merecían, y los trabajos, miserias y deshonras, a los buenos. Así que yo, a quien su cruel ímpetu trajo y reformó en una bestia de cuatro pies, de la más vil suerte de todas las bestias, sobre todo era ahora acusado de crimen de ladrón contra mi huésped Milón, que tanta honra me hizo en su casa, el cual crimen no solamente se podía llamar latrocinio, pero más justamente se llamaría parricidio.
Estando pensando en esto lleno de enojo, quise responder a los ladrones, diciendo que no hice tal cosa, pero nunca pude pronunciar más de una sílaba, la cual, dije muchas veces, rebuznando siempre: «No, no, no.» ¿Qué más me puedo yo quejar de la cruel fortuna sino que aun no hubo vergüenza de juntarme y hacerme compañero de mi caballo, que me trajo a cuestas?
Estando yo entre mí imaginando estas cosas, vínome al pensamiento otro mal mayor, y era acordarme que estaba sentenciado para ser sacrificio del ánima de aquella doncella, y mirando muchas veces mi barriga, me parecía que ya tenía la doncella dentro. Mas si os place, aquel ladrón que trajo la falsa relación del hurto, sacados de su seno mil ducados que allí traía cosidos, los cuales (según él decía) había sacado a muchos caminantes, echándolos dentro en el arca para provecho común de todos, comenzó a inquirir y preguntar por todos los compañeros, y sabido cómo algunos de los más esforzados eran muertos en diversos casos, persuadiolos que entretanto no robasen en los caminos ni en otra parte, hasta que entendiesen en buscar compañeros, y con la milicia de otros mancebos fuese restituido el número de su compañía como antes estaba, porque haciéndolo así podrían compeler, poniendo miedo a los que no quisiesen. Que no habría pocos que, renunciando la vida pobre y servil, no quisiesen más seguir su opinión y fuerte compañía, la cual parecía que era cosa de grande estado y poderío, diciendo que él había hablado de su parte con un hombre hacía poco, alto de cuerpo, y mancebo esforzado, y le había persuadido, y finalmente acabado con él, que tornase a ejercitar las manos, que traía embotadas de la larga paz, y que mientras pudiese usase de los bienes de la fortuna, y no quisiese ensuciar sus esforzadas manos, pidiendo por amor de Dios, sino que se ejercitasen cogiendo oro a manos llenas.
Cuando aquel mancebo hubo dicho estas cosas, todos los que allí estaban consintieron en ello, diciendo que tal hombre como aquel, que era ya probado en las armas, que debería ser luego llamado, y buscar otros para suplir el número de los compañeros. Entonces aquel salió fuera de casa y tardó un poco. El cual trajo consigo un mancebo grande y esforzado, como había prometido, que no se podía comparar a ninguno de los que estaban presentes, porque además de la grandeza de su cuerpo, sobrepujaba en altura a todos los otros, y entonces le apuntaban los pelos de las barbas; como quiera que venía muy mal vestido y con un sayo vil y roto, por el cual se le parecía el pecho y vientre con las costras y callos duros y fuertes. De esta manera, como entró en casa, dijo:
—Dios os salve, servidores del fortísimo dios Marte y mis fieles compañeros: recibid, queriendo de vuestra voluntad y gana, a un hombre muy valiente de un gran corazón, que quiere estar en vuestra compañía, que de mejor gana recibe heridas en el cuerpo que dinero en la mano, y es mejor que la muerte, la cual otros temen. Y no penséis que soy pobre y desdichado, ni estiméis mis paños rotos, porque yo fui capitán de un ejército, que casi destruimos a toda Macedonia; yo fui aquel ladrón famoso que ha por nombre Hemo de Tracia, del cual todas las provincias temen. Yo soy hijo de aquel Terón que fue muy famoso ladrón. Yo fui criado con sangre de hombre, y crecía entre los hombres de guerra, y fui heredero imitador de la virtud de mi padre, pero en espacio de poco tiempo perdí aquellas grandes riquezas, y aquella primera muchedumbre de mis fuertes compañeros, porque demás de yo haber sido procurador del emperador César, fui también su capitán de doscientos hombres, de donde la mala fortuna me derribó y fue causa de todo mi mal. Dejado esto aparte, como ya en vuestra presencia había comenzado, tomaré la orden de contar el negocio por que conozcáis y sepáis cómo pasa.
En el palacio del Emperador César había un caballero muy noble y privado del emperador, al cual la cruel envidia, por malicia de algunos acusado, desterró de palacio. Su mujer, dueña de mucha fidelidad y prudencia, menospreciando los placeres y reposo de la ciudad, le acompañó en su destierro; la cual, cortados los cabellos, en hábito de hombre, ceñida una cinta de oro, pasó muchos trabajos con ánimo viril en compañía de su marido. En fin, que aportando una vez al puerto de Accio, por donde nosotros andábamos robando toda Macedonia, ya que era noche se aposentó en un mesón a donde nosotros llegamos, y le robamos todo cuanto traía, y no con poco peligro de nuestras personas nos partimos de allí, porque como aquella dueña oyó el sonido de la puerta cuando la abríamos, metiose en su cámara dando grandes gritos y voces, que despertó a todos sus criados y criadas y vecinos; y si no fuera porque nosotros, como éramos muchos, teníamos atajados los pasos a todos, cierto que lo pasáramos mal. Pero a los pocos días aquella dueña suplicó a la majestad del Emperador, y alcanzó que su marido tornase a palacio; asimismo impetró que se hiciese pesquisa general sobre los ladrones, por donde fueron destruidos y muertos casi todos; y así se deshizo el colegio y compañía de Hemo. Y como era desbarbado, escapé de la furia del Emperador vestido en traje de mujer con un asno cargado de paja. Pero con todo esto, yo nunca me aparté ni disminuí la gloria de mi padre, ni de mi esfuerzo y virtud. Verdad es que casi con miedo, pasando cerca de los caballeros de la pesquisa, cubierto con el engaño del hábito de mujer, yo solo me iba por esas villas y castillos donde apañaba lo que podía para provisión de mi camino.
Diciendo esto, descosió aquellos paños rasgados que traía vestidos, y sacó dos mil ducados de oro, diciendo:
—Veis aquí esta pitanza, y aun digo, que en dote los doy de buena gana para vuestro colegio y esforzada compañía, y me ofrezco por vuestro capitán fidelísimo, que yo sé muchas provincias y ciudades, y conozco a los hombres ricos y pobres, y otras muchas cosas con que os holgaréis; y si vosotros no rehusáis esto, yo me obligo a hacer que en espacio de breve tiempo esta vuestra casa, que ahora es de piedra, se torne toda de oro.
No tardaron más los ladrones todos, que de un voto le hicieron su capitán, y le vistieron luego una vestidura de seda como convenía a tal capitán, quitándole primero el sayo roto, aunque rico, que traía.
En esta manera reformado, dio paz, y abrazó a cada uno de ellos, y sentado en más alto lugar que ninguno, comenzaban a hacer fiesta con su cena de muchos manjares y vinos.