II.

Cómo aquel mancebo, recibido en la compañía por Hemo, afamado ladrón, fue descubierto ser Lepolemo, esposo de la doncella, el cual la libertó con su buena industria, y la llevó a su tierra.

Pues hablando entonces unos con otros, comenzaron a decir de la huida de la doncella y de cómo yo la llevaba a cuestas, y diciendo asimismo de la monstruosa y no oída muerte que para entrambos nos tenían aparejada; lo cual todo por él oído, preguntó dónde estaba aquella moza, y lleváronlo a donde estaba, y como la vio en prisión cargada de hierro, comenzó a despreciarla haciendo un sonido con las narices, y saliose luego de la cámara, y desde que se tornó a sentar, dijo luego a los ladrones:

—Yo, señores, no soy tan bruto ni temerario que quiera refrenar vuestra sentencia y acuerdo; pero yo pensaría que tenía dentro de mi corazón pecado de mala conciencia, si disimulase lo que me parece que es bueno y provechoso; mas una cosa habéis de pensar, que esto que yo digo es por vuestra causa y provecho. Por ende, si esto que os dijere no os placiere, digo que tengáis libertad para tornarlo al asno; porque yo, señores, pienso que los ladrones saben que ninguna cosa más debe anteponerse a su ganancia. También esta venganza es dañosa muchas veces a ellos, y a otros. Pues si matareis la doncella en el asno, no haréis otra cosa sino ejercitar vuestro enojo sin ningún provecho ni ganancia. Por ende, me parece que esta doncella deberíais llevarla a alguna ciudad, porque no sería liviano el precio que por ella se diese, según su edad, que aun yo tengo conocido días ha algunos rufianes, de los cuales uno podría (según yo pienso) comprar esta moza con muchos talentos de oro, para ponerla al partido en el burdel, como ella merece por su huida, y vosotros quedáis bien vengados.

De esta manera, aquel abogado del fisco de los ladrones proponía nuestro pleito, como buen defensor de la doncella y del asno.

Todos se llegaron al consejo del nuevo ladrón, y luego soltaron a la doncella de las cadenas en que estaba; la cual, como vio aquel mancebo, y oyó hacer mención del burdel y del rufián, secretamente se reía, y estaba llena de placer; tanto, que a mí me vino al pensamiento que no hay que fiar en mujeres, pues aquella se alegraba con oír hablar de tan infame cosa.

Aquel mancebo, tornando a hablar, dijo.

—Pues ¿por qué no aparejamos de hacer sacrificio a nuestro dios Marte, que nos dé buena mano derecha en nuestro oficio? Mas paréceme que no tenemos aquí animal que sacrificar; por tanto, vengan conmigo algunos compañeros, e iré al primer pueblo a comprar lo necesario.

Dicho esto, partieron de allí, y antes de mucho tiempo vinieron unos cargados con cueros de vino, otros con pan, otros traían un rebaño de ganado, de donde escogieron un hermoso cabrón, que sacrificaron al dios Marte, y luego fue aparejada la comida abundantemente.

Entonces aquel nuevo mancebo, por ser a todos agradable, empezó a cocinar muchos y sabrosos manjares; después daba de beber a todos en grandes tazas; servíalos a la mesa, repartiendo los guisados por entre todos. Y algunas veces, fingiendo que iba por las cosas necesarias para la mesa, entraba donde estaba la moza, y traíale algunas cosas de comer, y aun la besaba muchas veces, lo que ella consentía de buena voluntad, la cual cosa a mí mucho me desplacía, y decía entre mí:

—¡Oh moza doncella, tan presto te has olvidado de tu desposorio y de aquel tu amado esposo, por quien tanto llorabas, y ahora besas a un advenedizo y cruel matador, ladrón corsario! ¿No te acusará la conciencia, no te acusará la fe que debes a tu esposo? Paréceme que te revolvió la inconstancia el corazón. ¿Qué será si esto entienden los otros ladrones? ¿Piensas que no tornarás otra vez al asno, y otra vez me causarás la muerte?

Entretanto que yo, en mi triste y desventurado pensamiento, falsamente acusaba y deponía contra la casta doncella estas cosas, y disputaba de ellas con gran enojo, conocí de sus mismas palabras, algo mansas y dudosas, aunque no muy oscuras para asno discreto, que aquel mancebo no era Hemo, ladrón famoso, mas que era Lepolemo, esposo de la doncella. Porque procediendo en sus palabras, que ya un poco más claramente hablaba, no curando de mi presencia, estuvieron hablando muy quedo, y él le dijo:

—Tú, señora Carites, mi dulcísima esposa, ten buen esfuerzo, que todos estos tus enemigos te los daré presos y cautivos en las manos.

Y diciendo esto, no cesaba de darles el vino, ya mezclado y algo tibio, con grande instancia, de manera que ellos estaban ya de buena manera. Él se abstenía de beber; y por Dios que a mí me dio sospecha que les había echado dentro los cántaros del vino algunas hierbas para hacerles dormir.

Finalmente, que todos, sin que uno faltase, estaban sepultados en vino, y algunos de ellos aparejados para la muerte.

Entonces Lepolemo, sin ninguna dificultad y trabajo, puestos ellos en prisiones y atados en ellas como a él le pareció, puso encima de mí la doncella; enderezó el camino para su tierra, a la cual, como llegamos, toda la ciudad salió a ver lo que mucho deseaban. Salieron su padre y madre y parientes, cuñados y esclavos, las caras llenas de gozo, que quien lo viera pudiera ver muy bien una gran fiesta de personas de todo linaje y edad, que por Dios que era un espectáculo digno de gran memoria, ver una doncella triunfante encima de un asno.

Yo también muy alegre como hombre varón, porque no pareciese que era ajeno del presente placer, alzadas las orejas, e hinchadas las narices, rebuzné muy fuertemente, y aun puedo decir que canté con clamor alto y grande.