I.

Cómo el asno fue llevado por el caballero a una ciudad,
y de un extraño caso que allí aconteció.

Otro día siguiente, no sé qué fue ni qué hicieron de mi amo el hortelano; pero aquel caballero que por su gran soberbia y tiranía fue muy bien aporreado, quitome de la casa y llevome a la suya sin que nadie se lo contradijese. Después me cargó de sus alhajas, que eran cosas de soldados.

Yo iba alegre y galán, porque resplandecía con un yelmo muy luciente y un escudo grande y hermoso y una pica muy fuerte y aguda, la cual había puesto con mucha diligencia encima de la carga, de la manera que los soldados la llevan enristrada, lo cual él no hacía tanto por causa que fuese bien puesta, cuanto por espantar a los pobres caminantes que encontrase.

Después que pasamos aquellos campos, no con mucho trabajo, por el camino llano llegamos a una ciudad pequeña, adonde fuimos a posar a casa de un capitán de peones, su amigo, y luego, como llegamos, encomendome a una esclava, y él se fue a visitar a su capitán.

Después de algunos días que allí estábamos, en los cuales yo tenía buena vida, aconteció una cosa fuera de toda razón y espantable, la cual, porque vosotros también sepáis, acordé poner en este libro.

Aquel curioso capitán, señor de esta posada, tenía un hijo mancebo, buen letrado y virtuoso, adornado de toda modestia y piedad.

Muerta la madre mucho tiempo había, su padre se casó segunda vez y de esta segunda mujer tenía otro hijo que pasaba de doce años. La madrastra, como era rica y viciosa, no mirando a su honor, puso los ojos en su entenado.

Ahora tú, buen lector, has de saber que no lees fábulas de cosas bajas, sino tragedia de altos y grandes hechos, y que has de subir de comedia a tragedia.

Aquella mujer, en cuanto el amor se iba arraigando en su pecho, resistía y disimulaba a sus llamas; pero después que el cruel amor tomó posesión en sus entrañas, no pudiéndolo resistir, determinó hacerse enferma en cama para por este medio alcanzar lo que deseaba, diciendo que era dolor del corazón.

Ninguno hay que no entienda que la persona doliente luego muestra señales claras de su mal: la flaqueza y color amarillo de la cara, los ojos marchitos, las piernas cansadas, el reposo sin sueño, grandes suspiros y luengos, con grandes fatigas.

Quien quiera que viera a esta dueña, no creyera que estaba atormentada de ardientes fiebres, sino que lloraba. ¡Guay del seso e ingenio de los médicos! ¿Qué cosa es la vena o el pulso, o la poca templanza del calor? ¿Qué es la fatiga del resuello y las vueltas continuas de un lado a otro sin reposo? ¡Oh buen Dios, qué fácilmente se descubre el mal del amor, no solamente al médico, que es letrado, pero a cualquier hombre discreto, especialmente cuando veis a alguno arder sin tener calor en el cuerpo!

Así ella, reciamente fatigada con la poca paciencia del amor, rompió el silencio de lo que callaba mucho tiempo había, y envió a llamar a su hijo, el cual nombre de hijo ella de buena gana rayara y quitara por no haber vergüenza del mismo.

El mancebo no tardó en obedecer el mandamiento de su madre enferma, y con el gesto triste y honesto entró en la cámara para servirla en todo lo que mandase. Pero ella, fatigada de un gran dolor, estaba en mucha duda entre sí, pensando si se descubriría, por dónde le entraría y qué palabras le diría, y en esto estuvo suspensa un rato.

El mancebo, que ninguna cosa sospechaba, bajados los ojos, le preguntó qué era la causa de su presente enfermedad.

Entonces ella, hallando ocasión muy dañosa, que es la soledad, tomó osadía para decirle su pena, y llorando reciamente y temblando, le comenzó a hablar de esta manera:

—La causa y principio de este mi presente mal, y aun la medicina para él y toda mi salud y remedio, tú solo eres, porque esos tus ojos, que entraron por los míos a lo íntimo de mis entrañas, mueven un cruel encendimiento en mi corazón, por lo cual te ruego que hayas mancilla de quien por ti muere, y no te espantes que pecas contra tu padre, mas antes entiende que libras a su mujer de la muerte. Ahora tienes tiempo, pues estamos solos para cumplir mis deseos a tu voluntad, porque lo que nadie sabe no se puede decir que es hecho.

El mancebo, cuando esto oyó, turbado de tan repentino mal, aunque se espantase y aborreciese tan gran crimen, no le pareció bien desengañarla luego con palabras ásperas, antes tuvo por mejor de amansarla con dilación cautelosa; y así le respondió alegremente, que se esforzarse y curase de sí, hasta que su padre se fuese a alguna parte, y viniese tiempo libre para su placer.

Diciendo esto, apartose de la mortal vista de su madrastra; y viendo que una traición tamaña, como ella pedía que se hiciese, había menester mayor consejo que el suyo, platicó el negocio con un viejo ayo suyo, hombre muy prudente, al cual no pareció otro mejor consejo, sino que el mancebo se fuese de casa lejos, por escapar de la tempestad de la cruel fortuna.

Pero la madrastra, como no tenía paciencia para esperar, persuadió a su marido con maravillosas artes y palabras, que luego se fuese a unas aldeas que estaban bien lejos de allí. Lo cual hecho, ella con su locura apresurada, viendo que había lugar para su esperanza, demandole con mucha instancia que cumpliese con ella lo que había prometido. Pero el mancebo excusábase, diciendo ahora una cosa, ahora otra; apartándose de su abominable vista cuanto podía, hasta tanto que, conociendo ella claramente que le negaba la promesa, prestamente se le mudó su nefando amor en odio mortal. Y llamando a un esclavo suyo muy malo y aparejado para toda maldad, comunicó con él todo este negocio y pensamiento malvado que ella tenía; lo cual entre ellos platicado, hallaron por bueno que lo matasen con ponzoña. Y luego envió al esclavo a comprar la ponzoña, la cual traída, mezcláronla en un vaso con vino.

En tanto que la malvada hembra y su esclavo deliberaban entre sí la oportunidad y tiempo para podérselo dar, acaso el hermano menor, hijo propio de la mala mujer, viniendo de la escuela a la hora de comer, teniendo sed, bebió de aquel veneno que allí halló, no sabiendo la ponzoña y engaño escondido que allí dentro estaba; y después que hubo bebido la muerte que estaba aparejada para su hermano, súbitamente cayó en tierra sin ánimo.

Los familiares de casa, que esto vieron, comenzaron a dar grandes gritos, y alborotados todos de tan repentino caso, llamaron prestamente a la madre, la cual, como estaba dañada, como mala hembra, ejemplo único de la malicia de las madrastras, no conmovida por la muerte de su hijo, por el parricidio que ella misma había causado, ni por la desdicha de su casa, ni por el enojo que de ello su marido había de tener, ni por la fatiga del enterramiento del hijo, procuró venganza muy presta, por donde causó daño para su casa. Así que muy presto despachó un mensajero que fuese a su marido y le contase la muerte de su hijo.

Cuando el marido oyó estas nuevas tornose del camino, y entrando en casa, luego ella, con gran temeridad y audacia, comenzó a acusar y decir que su hijo era muerto con la ponzoña del entenado; y en esto no mentía ella, porque el muchacho era muerto con la ponzoña que estaba aparejada para el mancebo; pero ella fingía que su hijo era muerto por maldad del entenado, a causa que ella no quiso consentir en su malvada voluntad, con la cual había tentado de forzarla; y no contenta con estas tan grandes mentiras, añadía más, que porque ella había descubierto esta traición, él la amenazaba de matarla con un puñal.

Entonces, el desventurado marido fue lleno de gran saña contra su hijo, así por la traición que le quería hacer, como por la arrebatada muerte del hijo que presente tenía; de manera que deliberó de hacer morir a su hijo por justicia. Y como hubo enterrado el hijo, luego se fue a los alcaldes, y les hizo saber la maldad que su hijo había cometido, diciendo que había cometido pecado de incesto en acometer a su madre, y que era homicida en la muerte de su hermano, y no contento con esto, amenazaba a la madre que la había de matar.

Esto decía el viejo llorando muy piadosamente, y con su lloro conmovió a los alcaldes; los cuales llamaron luego un pregonero para que llamase las partes a juicio. Vino el acusador y el reo por llamamiento del pregonero; y asimismo fueron amonestados los abogados de la causa, según la costumbre del Senado y leyes de Atenas, que no curasen de hacer dilaciones, ni conmoviesen a los presentes con sus proemios. Estas cosas en esta manera pasadas supe yo, porque las oía a muchos que hablaban en ello; pero cuántas alteraciones hubo de una parte a otra, y con qué palabras el acusador decía contra el reo, se defendía y deshacía su acusación; y estando yo ausente atado al pesebre, no lo pude bien saber por entero, ni las preguntas ni respuestas, y otras palabras que entre ellos pasaron, y por esto no os podré contar lo que yo no supe; pero sí lo que hoy quise escribir en este libro.