II.
Cómo por industria de un senador antiguo fue descubierta
la maldad de la madrastra, y libre el mancebo.
Después que fue acabada la contención entre ellos, plugo a los jueces buscar la verdad de este crimen por cierta manera, y no dar tanto lugar a la sospecha que del mancebo se tenía. Y mandaron que fuese traído allí aquel esclavo diligente que afirmaba que él solo sabía aquel negocio cómo había pasado, y venido aquel bellaco ahorcadizo, ningún empacho ni turbación tuvo ni de ver en caso de tan gran juicio, ni de aquel senado adonde tales personas estaban, o a lo menos de su conciencia culpada, que él sabía bien que lo que había fingido era falso, lo cual él afirmaba como cosa verdadera, diciendo de esta manera:
Que aquel mancebo, muy enojado de su madrastra, lo había llamado y díchole que por vengar su injuria había muerto a su hijo de ella, y que le había prometido gran premio porque callase, y porque él dijo que no quería callar, el mancebo le amenazó que lo mataría, y que el dicho mancebo había destemplado con su propia mano la ponzoña, y la había dado al esclavo para que la diese a su hermano; pero él, temiendo tan gran mal, no la quiso dar al muchacho, y que en fin el mancebo con su propia mano se la había dado.
Diciendo estas cosas que parecían tener apariencia de verdad, aquel azotado fingiendo miedo, acabose la audiencia. Lo cual oído por los jueces, ninguno quedó tan justo y tan derecho a la justicia del mancebo, que no le pronunciase ser culpado manifiestamente de este crimen, y como a tal lo debían meter en un cuero de lobo, y echarlo en el río como a parricida; y como ya las sentencias y votos de todos fuesen iguales, y estuviesen firmados de la mano de cada uno, para meterlos en un cántaro de cobre, de donde no se podía sacar después de una vez metidos, ni convenía mudar alguna cosa, porque la sentencia ya era dada en cosa bien vista, y no restaba otra cosa sino entregarlo al verdugo para que cumpliese la justicia, uno de aquellos senadores, el más viejo y de mejor conciencia, letrado y médico, puso la mano encima de la boca del cántaro, porque ninguno echase su voto dentro, y dijo a todos de esta manera:
—Yo me gozo y soy alegre de haber vivido tanto tiempo, que por mi edad vosotros, señores, me tengáis en alguna más reputación y cuenta, y por esto no consentiré que acusado el reo por falsos testigos, se haya de condenar por cruel homicidio, ni que vosotros seáis engañados por la mentira de un esclavo, porque cierto yo no veo con qué razón nosotros podemos juzgar a este mancebo. Oíd ahora, y sabed todos cómo pasa este negocio: Este ladrón, muy diligente vino a mí por comprar ponzoña que luego matase, y ofrecíame cien sueldos de oro por que se la diese, diciendo que la había menester para un enfermo que estaba muy fatigado con una enfermedad de hidropesía perpetua, de la cual no podía sanar, y deseaba morir brevemente por librarse del tormento que con la vida tenía. Yo, viendo que este esclavo parlaba mucho y decía cosas livianas, no satisfaciéndome, antes siendo cierto que él procuraba alguna traición, acordé de darle, no ponzoña, mas otra poción soñolienta de mandrágora, que es muy famosa para hacer dormir gravemente, y da un sueño semejante a la muerte; por tanto, si es verdad que el muchacho bebió aquella confección que por mis manos fue hecha, él es vivo, y reposa con gran sueño, y en acabando de consumirse el potente humor de la mandrágora, despertará tan sano como antes. Y si él es verdaderamente muerto, o verdaderamente le mataron, yo no sé de eso.
En esta manera hablando aquel viejo, plugo a todos lo que decía, y fueron luego a mucha prisa al sepulcro donde estaba el cuerpo de aquel muchacho; que casi ninguno de los jueces ni de los principales de la ciudad, ni aun tampoco de los del pueblo, quedó que no viniese allí por ver aquel milagro.
Su padre, muy diligente, con sus propias manos alzó la cobertera de la tumba y halló a su hijo que ya comenzaba a querer levantarse, y abrazándole y besándole, enseñolo al pueblo, y así como estaba lo llevaron a casa de la justicia.
Así que en esta manera descubierta la maldad de la mala mujer y del bellaco del esclavo, fue pronunciada sentencia, que ella fuese desterrada y el esclavo ahorcado, lo que luego se cumplió.
Y a aquel viejo senador, que tanta prudencia tuvo en dar aquel brebaje de mandrágora, y en descubrir el negocio en tal tiempo, diéronle cien sueldos de oro por tan buen servicio.