III.

Cómo el asno fue vendido a un cocinero y a un panadero, que eran hermanos, y de la buena vida que tenía, donde pasó cosas de mucho gusto.

Aquel caballero que me hubo de buen lance, húbose de partir para Roma, por mandado de su capitán, a llevar ciertas cartas a su general, y ante que se partiese me vendió a dos hermanos, sus vecinos, por once dineros.

Estos tenían un señor rico, y el uno de ellos era panadero, que hacía pan y pasteles, y fruta de sartén y otros manjares. El otro, cocinero, que hacía manjares muy sabrosos y delicados.

Estos dos hermanos moraban ambos en una casa, y compráronme para traer platos y escudillas, y lo que era necesario para su oficio, de manera que yo fui llamado como un tercer compañero entre aquellos dos hermanos, para andar por las aldeas de aquel caballero, y traer todo lo que era menester para su cocina, y otras muchas cosas. Y ciertamente, en ningún tiempo experimenté tan mansa mi adversa fortuna, porque a la noche después de aquellas muy abundantes cenas, y sus esplendidísimos aparatos, mis amos acostumbraban a traer a su casilla muchas partes de aquellos manjares. El cocinero traía grandes pedazos de puerco, de pollo y otras carnes, pescados, y otras muchas maneras de comer. El panadero traía pan y pedazos de pasteles, y muchas frutas de sartén, así como juncadas y pestiños, mazapanes y otras cosas de azúcar y miel, lo cual todo dejaban encerrado en su aposento, y se iban a lavar al baño. En tanto yo comía y tragaba a mi placer de aquellos sabrosos y delicados manjares que Dios me daba, porque tampoco yo no era tan loco y verdadero asno que, dejados aquellos tan dulces y costosos manjares, cenase heno áspero y duro.

Esta manera y maña de comer a hurto me duró algunos días, porque comía poco y con miedo, y como de muchos manjares comía lo menos, no sospechaban ellos engaño ninguno en el asno; pero después que yo tomé mayor atrevimiento en el comer, tragaba lo más principal y mejor de lo que allí estaba, y como yo escogía siempre lo mejor y más preciado, no pequeña sospecha entró en los corazones de los hermanos, los cuales, aunque de mí no creyesen tal cosa, todavía con el daño cotidiano, con mucha diligencia procuraban de saber quién lo hacía. Finalmente, que ellos se acusaban uno a otro de aquella rapiña y fealdad, y desde adelante pusieron cuidado diligente y mayor guarda, contando los pedazos y partes que dejaban, y cómo siempre faltaba. Roto al fin el velo de la vergüenza, el uno al otro habló de esta manera:

—Por cierto ya esto ni es justo ni humano, menospreciar y disminuir cada día más la fe que está entre nosotros, hurtando lo principal que aquí queda, y aquello vendido escondidamente, acrecientas tu caudal, y aun de ese poco que queda, llevas tu parte igual; por tanto, si a ti no place nuestra compañía, podemos quedar hermanos en todas las otras cosas, y apartarnos de este vínculo de comunidad, porque según yo veo, este mal crece mucho, de donde nos puede venir gran discordia.

El otro hermano le respondió:

—Por Dios que yo alabo este tu parecer, pues has querido prevenir a la querella de lo que hasta ahora es secretamente hurtado a entrambos, lo cual yo sufriendo muchos días entre mí mismo, me he quejado, porque no pareciese que reprendía a mi hermano de un hurto tan bajo como este; pero bien está, pues que nos hemos descubierto, para que por mí y por ti se busque el remedio de nuestro daño, y la envidia, procediendo mansamente, no nos traiga contenciones, como entre los dos hermanos Eteocles y Polinices, que el uno al otro se mataron.

Estas y otras semejantes palabras dichas el uno al otro, juraron cada uno de ellos que ningún engaño ni hurto había hecho ni cometido; pero que debían por todas las vías artes que pudiesen buscar el ladrón que aquel común daño les hacía, porque no era de creer que el asno que allí solamente estaba se había de aficionar a comer tales manjares; pero que cada día faltaban los principales y más preciados manjares; demás de esto, en su cámara no había muy grandes ratones ni moscas, como fueron otro tiempo las arpías que robaban los manjares de Fineo, rey de Arcadia.

Entretanto que ellos andaban en esto, yo, cebado de aquellas copiosas cenas, y bien gordo con los manjares de hombre, estaba redondo y lleno, y mi cuerpo ablandado con la hermosa grosura, y criado el pelo, que resplandecía; pero esta hermosura de mi cuerpo causó saberse el negocio, porque ellos, movidos de la grandeza y grosura no acostumbrada de mi cuerpo, y viendo que el heno y cebada que me echaban cada día quedaba allí sin tocar en ella, sospecharon de mí, y a la hora acostumbrada hicieron como que se iban al baño, y cerradas las puertas como solían, pusiéronse a mirar por una hendidura de la puerta y viéronme cómo estaba puesto con aquellos manjares.

Ellos, no haciendo cosa de su daño, tornaron el enojo en muy gran risa; y llamando al otro hermano, y después a todos los servidores de casa, mostrábales la gula, digna de ponerse en memoria, de un asno perezoso.

Finalmente, que tan gran risa y tan liberal tomó a todos, que vino a las orejas del señor, que por allí pasaba, el cual preguntó qué cosa era aquella de que tanto se reían, si estaban locos o mordidos de la tarántula.

Y sabido el negocio que era, él también fue a mirar por el agujero, de que hubo gran placer, y tan gran risa le tomó, que le dolían las ingles; y abierto el aposento, púsose a mirar de más cerca.

Yo, cuando esto vi, pareciome que veía próspera y amigable la cara de la fortuna, que en alguna manera ya más blandamente me favorecía, y ayudándome el gozo y placer de los que presentes estaban, ninguna cosa me turbaba, antes comía seguramente, hasta tanto que con la novedad de aquella vista, el señor de casa, muy alegremente, mandó lavar, y él mismo por sus manos me llevó a su sala, y puesta la mesa, mandome poner en ella todo género de manjares enteros, sin que nadie hubiese tocado en ellos. Yo, como quiera que ya estaba algún tanto harto de lo que había comido, pero deseando hacerme gracioso y grato al señor, y que él me tuviese en algo, comía de aquellos manjares como si estuviera muy hambriento.

Ellos, por informarse bien si yo era manso, aquello que naturalmente aborrecen los asnos, eso me ponían delante, por si lo comía, así como carne adobada, gallinas y capones salpimentados, pescados en escabeche y otras muchas cosas.

Entretanto que esto pasaba, había muy gran risa entre los convidados que allí estaban, y un truhan que allí había, dijo:

—Dad alguna cosa a este mi compañero.

A lo cual respondió el señor, diciendo:

—Pues tú, ladrón, no has hablado neciamente, que muy bien puede ser que este nuestro convidado desee beber de buena gana de este vino.

Y luego dijo a un paje:

—Daca aquella copa de oro e hínchela de vino y da de beber a mi truhan, y aun dile cómo yo bebí antes que él.

Los convidados que estaban a la mesa estuvieron muy atentos esperando lo que había de pasar.

Entonces yo, no espantado por cosa alguna, muy despacio y a mi placer, retorciendo el labio de abajo a manera de lengua, bebí toda aquella gran copa. Y luego, todos a una voz, con grande clamor me dijeron:

—Dios te dé salud, que tan bien lo has hecho.

En fin, que aquel señor, lleno de gran placer y alegría, llamó a sus dos criados que me habían comprado, y mandoles dar por mí cuatro tantos más de lo en que me habían comprado, y a mí diome a otro su criado, haciéndole primero un gran sermón, encomendándome mucho, el cual me criaba y trataba asaz humanamente, como a un su compañero. Y porque su amo lo tuviese más acepto, procuraba cuanto podía darme placer con mis juegos. Y primeramente me enseñó a estar a la mesa sobre el codo; después también me enseñó a luchar y a saltar alzadas las manos. Y porque fuese cosa muy maravillosa, me enseñó a responder a las palabras por señales. En tal manera, que cuando no quería, meneaba la cabeza, y cuando algo quería, mostraba que me placía bajándola, y cuando había sed, miraba al copero, y haciendo señal con las pestañas, le demandaba de beber.

Todas estas cosas fácilmente las aprendía y hacía, porque aunque nadie me las mostrara, las supiera muy bien hacer; pero temía que si por ventura, sin que nadie me enseñase, yo hiciese estas cosas como hombre humano, muchos, pensando que podría venir de esto algún cruel presagio o agüero, que como a monstruo y mal agorero me matarían y darían muy bien de comer conmigo a los buitres.