IV.
Cómo Lucio cuenta qué estado era el de su señor,
y cómo partió para la ciudad de Corinto.
Por todas partes corría ya la fama de cómo yo, con mis maravillosas artes y juegos, era muy placentero; por esta causa era mi señor muy afamado y acatado de todos. Cuando iba por la calle, decían:
—Este es el que tiene un asno que es compañero y convidado, que salta y lucha, y entiende las hablas de los hombres, y da a entender lo que quiere con señales que hace.
Ahora lo demás que os quiero decir, aunque lo debiera hacer al principio; pero al menos relataré quién era este amo, el cual se llamaba Tiaso. Él era natural de la ciudad de Corinto, que es cabeza de toda la provincia de Acaya; según que la dignidad y majestad de su nacimiento lo demandaba, y de grado en grado, había tenido todos los oficios de honra de la ciudad, y ahora estaba nombrado para ser la quinta vez cónsul, y por que respondiese su nobleza al resplandor de tan gran oficio en que había de entrar, prometió dar al pueblo tres días fiestas y juegos de placer, extendiendo largamente su liberalidad y magnificencia. De manera que tanta gana tenía de la gloria y favor del pueblo, que hubo de ir a Tesalia a comprar bestias fieras, grandes y hermosas, y a traer muchas otras cosas de gran precio para regocijar al pueblo.
Después que hubo a su placer comprado todas las cosas que había menester, aparejó de tornarse a su casa. Y menospreciadas aquellas ricas sillas en que lo traían, y dejados los carros ricos, unos cubiertos de toldo y otros descubiertos, que allí venían vacíos, y los traían aquellos caballos que nos seguían; y dejados asimismo los caballos de Tesalia, y otros palafrenes franceses, a los cuales el generoso linaje y crianza que de ellos sale, los hace ser muy estimados, venía con mucho amor encima de mí, trayéndome muy ataviado con guarnición dorada y cubierto de tapetes de muy fina seda y brocado y con freno de plata, y las cinchas labradas de seda muy artificialmente, y adornado con muchas campanillas y cascabeles de plata, que venían sonando, que en verdad yo no parecía asno, sino un potente dromedario, según que venía ancho.
Después que hubimos caminado por la mar y por tierra, llegamos a Corinto, adonde nos salió a recibir gran compaña de la ciudad, los cuales, según que a mí me parecía, no salían tanto por hacer honra a mi señor, cuanto era deseando de verme a mí; porque tanta fama había allí de mí, que no poca ganancia hubo por mí aquel que me tenía en cargo. El cual, viendo que muchos tenían grande ansia deseando de ver mis juegos, cerraba las puertas y entraban uno a uno, y él, recibiendo dineros, no pocas sumas rapaba cada día.
En aquel conventículo y ayuntamiento fue a verme una matrona, mujer rica y honrada, la cual, como los otros, mercó mi vista con su dinero; y con las muchas maneras de juegos que yo hacía, ella se deleitó y maravilló tanto, que poco a poco se enamoró maravillosamente de mí, y no tomando medicina ni remedio alguno para su loco amor y deseo, ardientemente deseaba echarse conmigo y ser otra Pasífae de asno, como fue la otra del toro; en fin, que ella concertó con aquel que me tenía a su cargo que la dejase echar una noche conmigo y que le daría gran precio por ello. Así que aquel bellaco, por que de mí le pudiese venir provecho, contento de su ganancia, prometióselo.
Ya que habíamos cenado, partímonos de la sala de mi señor y hallamos aquella dueña que me estaba esperando en mi cámara.
¡Oh Dios, qué bueno era aquel aparato! ¡Cuán rico y ataviado! Cuatro eunucos que allí tenía nos aparejaron luego la cama en el suelo con muchos cojines llenos de pluma delicada y muelle, que parecía que estaban hinchados de viento, y encima ropas de brocado y de púrpura, y encima de todo otros cojines más pequeños que los otros, con los cuales las mujeres delicadas acostumbraban sostener sus rostros y cervices. Y por que no impidiesen el placer y deseo de la señora con su larga tardanza, cerradas las puertas de la cámara se fueron luego; pero dentro quedaron velas de cera ardiendo resplandecientes, que nos esclarecían las tinieblas oscuras de la noche.
Entonces ella, desnuda de sus vestiduras, y llegada cerca de la lumbre, sacó un botecillo de estaño y untose toda con bálsamo que allí traía, y a mí también me untó y fregó muy largamente; pero con mucha mayor diligencia me untó la boca y narices.
Tunc exosculata pressule, non qualia in lupanari solent basiola jactari, vel meretricum poscinummia, vel adventorum negotinummia, sed pura atque sincera instruit, et blandissimos affatus: Amo, et cupio, et te solum diligo, et sine te jam vivere nequeo: et cetera, quis mulieres et alios inducunt, et suas testantur affectiones. Capistroque me prehensum, more quo didiceram, declinat facile. Quippe quum nil novi nihilque difficile facturus mihi viderer; præsertim post tamtum temporis, tam formosæ mulieris cupientis amplexus obiturus. Nam et vino pulcherrimo atque copioso memet madefeceram; et unguento fragrantisimo prolubium libidinis suscitaram.
Sed angebar plane non exili metu, reputans quemadmodum tantis tamque magnis cruribus possem delicatam matronam inscendere; vel tam lucida, tamque tenera et lacte ac melle confecta membra duris ungulis complecti: labiasque modicas ambrosio rore purpurantes tam amplo ore tamque enormi et saxeis dentibus deformis saviari: novissime, quo pacto quamquam ex unguiculis perpruriscens, mulier tam vastum genitale susciperet. Heu me, qui dirupta nobili femina, bestiis objectus, manus instructurus sim mei domini! Molles interdum voculas, et asidua savia, et dulces gannitus, commorsicantibus oculis, iterabat illa. Et in summa, Teneo te, inquit, teneo meum palumbulum, meum passerem. Et cum dicto, vanas fuisse cogitationes meas, ineptumque monstrat metum. Artisime namque complexa, totum me, prorsus sed totum recepit. Illa vero, quotiens ei parcens nates recellebam accedens totiens nisu rabido, et spinam prehendens meam, appliciore nexu inhærebat: ut Hercules etiam deesse mihi aliquid ad supplendam ejus libidinem crederem; nec Minotauri matrem frustra delectatam putarem adultero mugiente.
Nota de transcripción
Los dos párrafos anteriores han sido puestos en latín por el editor, presumiblemente por su carácter explícito. La traducción que hizo de ellos López de Cortegana, en castellano del final del siglo XV, fue la siguiente:
«Esto hecho besome muy apretadamente, no de la manera que suelen besar las mujeres que están en el burdel, u otras rameras de mandonas, o las que suelen recibir a los negociantes que vienen, sino pura y sinceramente sin engaño. Y dende comenzome a hablar muy blandamente, diciendo: Yo te amo, y te deseo, y a ti solo, y sin ti ya no puedo vivir: y semejantes cosas con que las mujeres atraen a otros, y les declaran sus aficiones y amor que les tienen. Así que tomome por el cabestro, y como ya sabía la costumbre de aquel negocio, fácilmente me hizo abajar. Mayormente que yo bien veía que en aquello ninguna cosa nueva ni difícil hacía, cuanto más a cabo de tanto tiempo que hubiese dicha de abrazar una mujer tan hermosa, y que tanto me deseaba. Demás de esto yo estaba harto de muy buen vino, y con aquel ungüento tan oloroso que me había untado, desperté mucho más el deseo y aparejo de la lujuria.
»Verdad es que me fatigaba entre mí no con poco temor, pensando en qué manera un asno como yo podría abrazar con mis duras uñas, unos miembros tan blancos y tiernos hechos de miel y de leche: y también aquellos labios delgados, colorados como rocío de púrpura, había de tocar con una boca tan ancha y grande: y besarla con mis dientes disformes y grandes como de piedra. Finalmente que yo conocía que aquella dueña estaba encendida dende las uñas hasta los cabellos; guay de mí, que rompiendo una mujer hija dalgo como aquella, yo había de ser echado a las bestias bravas que me comiesen y despedazasen, y haría fiesta a mi señor. Ella entretanto tornaba a decir aquellas palabras blandas, besándome muchas veces y diciendo aquellos halagos dulces con los ojos amodorridos diciendo en suma: Téngote, mi palomino, mi pajarito: y diciendo esto mostró que mi miedo y mi pensamiento era muy necio. Tanto que por Dios yo creía que me faltaba algo para suplir su deseo, por lo cual yo pensaba que no de balde la madre del Minotauro se deleitaba con el toro su enamorado.»
Ya que la noche trabajosa y muy velada era pasada, ella, escondiéndose de la luz del día, partiose de mañana, dejando acordado otro tanto precio para la noche venidera, lo cual aquel mi maestro concedió de su propia gana sin mucha dificultad por dos cosas: lo uno por la ganancia que a mi causa recibía; lo otro, por aparejar nueva fiesta para mi señor. En fin, que sin tardanza ninguna le descubrió todo el aparato del negocio y en qué manera había pasado.
Cuando él oyó esto, hizo mercedes magníficamente a aquel su criado, y mandó que él me aparejase para hacer aquello en una fiesta pública.