V.
Cómo se buscaba a una mujer que estaba condenada o muerte, para que en unas fiestas tuviese acceso con el asno en el teatro público, y cuenta el delito que había cometido aquella mujer.
Porque aquella buena de mi mujer, por ser de linaje y honrada, ni tampoco otra alguna se pudo hallar para aquello, buscose una de baja condición por gran precio (la cual estaba condenada por sentencia de la justicia, para ser echada a las bestias), para que públicamente, delante del pueblo, en el teatro, se echase conmigo; de la cual yo supe esta historia:
Aquella mujer tenía un marido, el padre del cual, partiéndose a otra tierra muy lejos, dejaba preñada a su mujer, madre de aquel mancebo, y mandole que si pariese hija, que luego que fuese nacida la matase.
Ella parió una hija, y por lo que el marido le había mandado, habiendo piedad de la niña, como las madres la tienen de sus hijos, no quiso cumplir aquello que su marido le dijo, y dióla a criar a un vecino.
Después que tornó el marido, díjole como había muerto a una hija que parió. Pero después que ya la moza estaba para casar, la madre no la podía dotar sin que el marido lo supiese, y lo que pudo hacer fue que descubrió el secreto a aquel mancebo hijo suyo, porque temía quizá por ventura no se enamorase de la moza, y con el calor de la juventud, no sabiéndolo, incurriese en mal caso con su hermana, que tampoco lo sabía.
Mas aquel mancebo, que era hombre de noble condición, puso en obra lo que su madre le mandaba y lo que a su hermana cumplía, y guardando mucho el secreto, por la honra de la casa de su padre, y mostrando de parte de fuera una humanidad común entre los buenos, quiso satisfacer a lo que era obligado a su sangre, diciendo que por ser aquella moza su vecina desconsolada y apartada de la ayuda y favor de sus padres, la quería recibir en su casa so su amparo y tutela, porque la quería dotar de su propia hacienda y casarla con un compañero muy su amigo y allegado.
Pero estas cosas, así con mucha nobleza y bondad bien dispuestos no pudieron huir de la mortal envidia de la fortuna; por disposición de la cual, luego los crueles celos entraron en la casa del mancebo, y luego la mujer de aquel mancebo, que ahora estaba condenada a ser echada a las bestias por aquellos males que hizo, comenzó primeramente a sospechar contra la moza que era su combleza y que se echaba con su marido, y por esto decía mal de ella. De aquí se puso en acecharlos por todos los lazos de la muerte.
Finalmente, que inventó y pensó su traición y maldad de esta manera:
Esta mujer hurtó a su marido el anillo y fuese a la aldea donde tenía sus heredades, y envió a un esclavo suyo que le era muy fiel, aunque él merecía mal por la fe que le tenía, para que dijese a la moza que aquel mancebo, su marido, la llamaba que viniese luego allí a la aldea, adonde él estaba, añadiendo a esto que muy prestamente viniese sola y sin ningún compañero, y por que no hubiese causa para tardarse, dio el anillo que había hurtado a su marido, el cual, como lo mostrase ella, daría fe a sus palabras. El esclavo hizo lo que su señora le mandaba, y como aquella doncella oyó el mandado de su hermano, aunque este nombre no lo sabía otro, viendo la señal que le mostró, prestamente se partió sin compañía como le era mandado.
Pero después que caída en el hoyo del engaño, sintió las asechanzas y lazos que le estaban aparejadas, aquella buena mujer, desenfrenada, y con los estímulos de la lujuria, tomó a la hermana de su marido. Primeramente, desnuda, la hizo azotar cruelmente, y aunque ella, hablando lo que era verdad, decía que por demás tenía pena y sospecha que era su combleza, y llamado muchas veces el nombre de su hermano, aquella mala mujer la lanzó un tizón ardiendo entre las piernas, diciendo que mentía y fingía aquellas cosas que decía, hasta que cruelmente la mató.
Entonces, el marido de esta y su hermano, supo su amarga muerte por los que corrieran presto a la aldea donde estaba, y después de muy llorada, pusiéronla en la sepultura.
El mancebo, su hermano, no pudiendo tolerar ni sufrir con paciencia la rabiosa muerte de su hermana, y que sin causa había sido muerta, conmovido y apasionado de gran dolor que tenía en medio de su corazón, encendido de un mortal furor de la amarga cólera, ardía con una fiebre muy ardiente y encendida, de tal manera, que ya a él le parecía tomar medicinas.
Pero la mujer, la cual antes de ahora había perdido con la fe el nombre de su mujer, habló a un físico, que notoriamente era falsario y mal hombre, el cual tenía ya hartos triunfos de su mano, y era conocido en las batallas de semejantes victorias, y prometiole cincuenta ducados por que le vendiese ponzoña que luego matase, y ella comprase la muerte de su marido; la cual, como vido la ponzoña, fingió que era necesario aquel noble jarabe que los sabios llaman sagrado, para amansar las entrañas y sacar toda la cólera. Pero en lugar de esta medicina que ella decía, puso otra maldita para ir a la salud del infierno.
El físico, presentes todos los de casa y algunos amigos y parientes, quería dar al enfermo aquel jarabe, muy bien destemplado por su mano, pero aquella mujer, audaz y atrevida, por matar juntamente al físico con su marido, como a hombre que sabía su traición, y no la descubriese, y también por quedarse con el dinero que le había prometido, detuvo el vaso que el físico tenía, y dijo:
—Señor doctor, pues eres el mejor de los físicos, no consiento que des este jarabe a mi marido sin que primeramente tú bebas de él una buena parte; porque ¿cómo sé yo ahora si por ventura está en él escondida alguna ponzoña mortal? Cierto no se ofende, siendo tan prudente y tan docto físico, si la buena mujer, deseosa y solícita acerca de la salud de su marido, procura piedad para su salud necesaria.
Cuando el físico esto oyó, fue súbitamente turbado por la maravillosa desesperación de aquella mujer, y viéndose privado de todo consejo por el poco tiempo que tenía para pensar que con su miedo o tardanza diese sospecha a los otros de su mala conciencia, gustó una buena parte de aquella poción.
El marido, viendo lo que el físico había hecho, tomó el vaso en la mano y bebió lo que quedaba.
Pasado el negocio de esta manera, el médico se tornaba a su casa lo más presto que podía, por tomar alguna saludable poción para apagar y matar la pestilencia de aquel vino que había tomado. Pero la mujer, con porfía y obstinación sacrílega, como ya lo había comenzado, no consintió que el médico se apartase de ella tanto como una uña, diciendo que no se partiese de allí hasta que el jarabe que su marido había tomado fuese digerido, y pareciese probado lo que la medicina obraba.
Finalmente, que fatigada de los ruegos e importunaciones del físico, contra su voluntad, y de mala gana, lo dejó ir.
Entretanto, las entrañas y el corazón habían recibido en sí aquella ponzoña furiosa y ciega; así que él, lisiado de la muerte y lanzado en una graveza de sueño que ya no se podía tener, llegó a su casa, y apenas pudo contar a su mujer cómo había pasado. Mandole que, al menos, pidiese los cincuenta ducados que le había ofrecido, en remuneración de aquellas dos muertes. En esta manera aquel físico, muy famoso abogado, con la violencia de la ponzoña dio el ánima.
Ni tampoco aquel mancebo, marido de esta mujer, detuvo mucho la vida, porque entre las fingidas lágrimas de ella, murió de otra muerte semejante.
Después que el marido fue sepultado, pasando pocos días, en los cuales se hacen exequias a los muertos, la mujer del físico vino a pedir el precio de la muerte doblada de ambos maridos; pero aquella mujer mala, en todo semejante a sí misma, suprimiendo la verdad y mostrando semejanza de querer cumplir con ella, respondiole muy blandamente, prometiendo que la pagaría largamente y aun más adelante, y que luego era contenta con tal condición, que le quisiese dar un poco de aquel jarabe para acabar el negocio que había comenzado.
La mujer del físico, inducida por los lazos y engaños de aquella mala hembra, fácilmente consintió en lo que le demandaba, y por agradar y mostrarse ser servidora de aquella mujer que era muy rica, muy prestamente fue a su casa y trajo toda la bujeta de la ponzoña, y diósela a aquella mujer, la cual, hallada causa y materia de grandes maldades, procedió adelante largamente con sus manos sangrientas.
Ella tenía una hija pequeña de aquel marido que poco ha había muerto, y a esta niña, como la venían por sucesión los bienes de su padre, como el derecho manda, queríala muy mal, y codiciando con mucha ansia todo el patrimonio de su hija, deseábala ver muerta. Así que ella, siendo cierto que las madres, aunque sean malas, heredan los bienes de los hijos difuntos, deliberó de ser tan buena madre para su hija cual fue mujer para su marido, de manera que cuando vio tiempo ordenó un convite, en el cual hirió con aquella ponzoña a la mujer del físico, juntamente con su misma hija, y como la niña era pequeña y tenía el espíritu sutil, luego la ponzoña rabiosa se entró en las delicadas y tiernas venas y entrañas, y murió la mujer del físico.
En tanto que la tempestad de aquella poción detestable andaba dando vueltas por sus pulmones, sospechando primero lo que había de ser, y luego como se comenzó a hincar, ya más cierta que lo cierto, corrió presto a la casa del senador, y con gran clamor comenzó a llamar su ayuda y favor, a las cuales voces el pueblo todo se levantó con gran tumulto. Diciendo ella que quería descubrir grandes traiciones, hizo que las puertas de la casa, y juntamente las orejas del senador, se le abriesen, y contadas por orden las maldades de aquella cruda mujer desde el principio, súbitamente tomó un desvanecimiento de cabeza, cayó con la boca medio abierta, que no pudo más hablar, y dando grandes tenazadas con los dientes, cayó muerta ante los pies del senador.
Cuando él vio esto, como era hombre ejercitado en tales cosas, maldiciendo la maldad de aquella hechicera, que a tantos había muerto, no permitió que el negocio se enfriase con perezosa dilación, y luego, traída allí aquella mujer, apartados los de su cámara, con amenazas y tormentos sacó de ella toda la verdad, y así fue sentenciada que la echasen a las bestias.
Como quiera que esta pena era menor que la que ella merecía, diéronsela, porque no se pudo pensar otro tormento que más digno fuese para su maldad.
Tal era la mujer con quien yo había de hacer matrimonio públicamente, por lo cual, estando así suspenso, tenía conmigo muy gran pena y fatiga, esperando el día de aquella fiesta, y por cierto muchas veces pensaba tomar la muerte con mis manos y matarme, antes que ensuciarme juntándome yo con mujer tan maligna, o que hubiese yo de perder la vergüenza con infamia de tan público espectáculo.
Pero privado yo de manos humanas, y privado de los dedos, con la uña redonda y maciza no podía apretar espada ni cuchillo para hacer lo que quería. En fin, yo consolaba estas mis extremas fatigas con una muy pequeña esperanza, y era que el verano comenzaba ya, y que pintaba todas las cosas con hierbezuelas floridas, y vestía los prados con flores de muchos colores, y que luego las rosas, echando de sí olores celestiales, salidas de su vestidura espinosa, resplandecerían y me tornarían a mi primer Lucio, como yo antes era.