I.

Es costumbre de los viajeros piadosos, cuando encuentran algún bosque sagrado o algún lugar santo, detenerse en ellos un momento para pedir ayuda a los cielos y ofrecerles sus votos. Yo, como ellos, al entrar en esta ciudad, la más santa de todas[6], apremiado como lo estoy por el tiempo, debo, ante todo, implorar indulgencia, detener mis pasos, pronunciar un discurso. Nada hay, en efecto, más digno de que un viajero de religiosas costumbres suspenda su marcha, ni el altar adornado con flores, ni la gruta que el follaje sombrea, ni la encina que termina en forma de cuernos, ni el haya coronada de pieles, ni la colina consagrada por un cercado, ni tronco que la azuela ha esculpido, ni césped fumigado con las libaciones, ni piedra impregnada de perfumes, porque tales signos son poca cosa, pocos son los que los conocen y adoran; el vulgo los ignora y sigue adelante.