II.
No es esto lo que opinaba nuestro maestro Sócrates.
Mirando cierto día a un bello joven que guardaba prudentísimo silencio: «Habla, le dijo, para que te vea.» Así, pues, para Sócrates, el callar equivalía a no dejarse ver, es decir, que pensaba no deben apreciarse los hombres con los ojos del cuerpo, sino con la mirada de la inteligencia y la vista del alma, y en este punto estaba en desacuerdo con el soldado de Plauto, que dice:
«Más vale un hombre con ojos que diez con oídos.»
El filósofo, para examinar al hombre, volvía del revés la frase diciendo:
«Más que diez hombres con ojos, vale uno con oídos.»
Por lo demás, si el juicio de la vista fuera superior al de la inteligencia, la sabiduría del águila sería mayor que la nuestra.
Nosotros los hombres no podemos distinguir los objetos ni demasiado distantes ni demasiado cerca; en cierto modo todos somos ciegos, y si quedáramos reducidos a los débiles ojos del cuerpo, tendría razón un famoso poeta al decir «que una especie de nube se extiende ante nuestros ojos impidiéndonos ver más allá de donde llega la piedra que sale de la honda». Pero el águila, cuando con sublime vuelo se lanza hacia las nubes, cuando llega a la región de las lluvias y de las nieves y más allá de las alturas donde se producen el relámpago y el rayo, y que, por decirlo así, son la base del éter y la cima de las tempestades; cuando allí se balancea suavemente a derecha o a izquierda y a su placer mueve la masa de su cuerpo, ayudándose de las alas como de velas, de la cola como de timón y de sus plumas como de remos infatigables, todo lo ve. Irresoluta un momento, suspende de pronto el vuelo, contempla cuanto le rodea y busca y escoge la presa sobre la que ha de arrojarse desde lo alto como el rayo. Desde las nubes, que ocultan su presencia, distingue el rebaño en la llanura, la fiera en la montaña y los hombres en el interior de las poblaciones; les amenaza con la vista y con las garras y se apresta a despedazar con el pico, a desgarrar con las uñas a la descuidada oveja o a la liebre medrosa, o a cualquier otra víctima que el acaso ofrece a su hambre o a sus crueles instintos.