III.

Hyagnis, según la tradición, fue el padre y señor del flautista Marsias, el único que en aquellos siglos rudos poseía el instinto de la música. Desconocía la flauta de muchos agujeros con su flexible armonía y variadas modulaciones, pues este arte, de reciente invención, estaba entonces en la infancia; que nada desde su origen es perfecto, y los elementos ricos en esperanzas preceden siempre a los resultados de la experiencia. Antes de Hyagnis, la mayoría, como el pastor o boyero de Virgilio, no sabían sino

Stridente miserum stipula disperdere carmen.

Aun los que tenían fama de haber profundizado más en los dominios del arte, limitábanse a hacer sonar una sola flauta, como se hace con una trompeta. Hyagnis fue el primero que movió los dedos para producir varios sonidos, el primero que animó dos flautas con un solo aliento, el primero que, por medio de agujeros colocados a izquierda y derecha, produjo el acorde musical mezclando sonidos agudos y notas graves. Marsias, su hijo, heredero de la flauta y del talento paterno, era, sin embargo, un frigio, un bárbaro asqueroso y repugnante, de barba sucia, erizada de espinas a guisa de pelos, y no obstante, se dice (audacia inaudita) que quiso rivalizar con Apolo, como si Tersites compitiera con Nereo, un rústico con un erudito, un bruto con un dios.

Minerva y las Musas fingieron constituirse en jueces para burlarse de la bárbara fanfarronada de este monstruo y para castigarle por su estupidez. Pero Marsias (y este era el rasgo distintivo de su necedad), no comprendiendo que servía de mofa, empezó, antes de hacer sonar la flauta, a decir groseras impertinencias de él y de Apolo. Alabábase de su cabellera echada hacia atrás, de su barba sucia, de su velludo pecho, de que el arte le había hecho flautista y la fortuna indigente; y, cosa ridícula, censuraba en Apolo las cualidades contrarias; que tuviese el cabello largo, gracioso semblante, cutis suave, grandes y variadas dotes artísticas y opulenta fortuna.

«Y además, dijo, su cabellera, arreglada en pequeños bucles y graciosos anillos, cae por ambos lados de la frente; todo su cuerpo es encantador, sus miembros de blancura deslumbradora, su boca profética con igual facilidad habla en prosa que en verso. ¿Qué? ¿Es acaso bella cosa su vestido de finísimo tejido, de blanda tela, teñido de radiante púrpura? ¿Lo es una lira en que brilla el resplandor del oro, la blancura del marfil y el fulgor de los diamantes? ¿Lo es, en fin, murmurar docta y gratamente algunas canciones? Todas estas niñerías no son títulos de virtud, sino signos de afeminación.»

Diciendo esto ostentaba las cualidades específicas de su persona. Las Musas, al oír que dirigía a Apolo censuras que todo hombre sensato desearía merecer, estallaban de risa. El flautista fue vencido en esta lid, y ellas le dejaron como oso en dos pies, con el pellejo roto y las entrañas palpitantes. Así fue castigado Marsias por su reto y su derrota, avergonzando a Apolo tan humilde victoria.