IV.

Era Antigénidas un flautista que sabía cadenciar dulce como la miel todos los acordes y producir todos los modos que se deseaban, el sencillo eólico, el variado iásico, el plañidero lidio, el frigio religioso y el belicoso dórico. Lo que más afligía a este hombre eminente en el arte, lo que, al decir suyo, mortificaba más su alma y su genio, era oír llamar a los flautistas músicos de entierros. Pero seguramente hubiera sufrido esta calificación, de haber visto los mimos (entre los cuales unos presiden, otros reciben los golpes, y todos visten púrpura casi semejante), si hubiera asistido a nuestros juegos, donde de igual manera preside un hombre o combate, o si viera tomar la toga lo mismo para un sacrificio que para unos funerales, y el manto servir lo mismo para envolver cadáveres que para traje de filósofos.