II.
Cómo Lucio Apuleyo se enamoró de Andria, la moza de su huésped Milón, y lo que pasó con ella.
Después que me aparté de mi tía me iba para casa de mi huésped; en el camino decía entre mí:
—Ea, Lucio, vélate bien, que ahora tienes entre las manos lo que tanto deseabas. Desecha de ti todo miedo, porque puedas presto alcanzar lo que deseas; pero mira bien que te apartes de no hacer vileza ni ensuciar la cama y honra de tu huésped Milón. Con todo eso bien puedes requerir de amores a Andria su criada, que parece agudilla, bonica y alegre. Aun bien te debes recordar cuando anoche te ibas a dormir, cómo ella te acompañó mostrándote la cámara, y cubriéndote con la ropa después de acostado, y te besó en la cabeza, partiéndose de allí contra su voluntad.
Yendo yo disputando entre mí estas cosas, llegué a la casa de Milón, y, como dicen, yo por mis pies confirmé la sentencia de lo que había pensado.
Entrando en casa, ni hallé a Milón ni tampoco a su mujer, que eran idos fuera, sino a sola mi Andria, que aparejaba de comer para sus amos. Estaba vestida de blanco, su camisa limpia, y ceñida una faja blanca por debajo de la tetas; y con sus manos blancas y lindas estaba haciendo unos pasteles; y como traía alderredor la masa, ella también se movía tan apaciblemente, que yo, con lo que veía, estaba enamorado de ella; y lo más cortésmente que pude, dije:
—Señora Andria, con tanta gracia y donaire aparejas este manjar, que yo creo ser más dulce y sabroso que otro alguno. Cierto, será dichoso aquel que dejares tocar a tus vestidos.
Ella, como era viva y decidora, me dijo:
—Anda, mezquino, quítate de aquí, vete de la cocina, no te llegues al fuego, porque si un poco del mío te tocare, arderás de dentro, que nadie podrá apagarlo sino yo, que sé muy bien merecer la olla y cama.
Diciendo esto mirome y riose; pero yo no me partí de allí hasta que le toqué con mis manos por su cuerpo, y dejadas las particularidades de su persona, porque todas eran cabales, yo me enamoré tanto de sus cabellos, que en público nunca partía los ojos de ellos, tanto les era su aficionado. Entonces tuve por cierta razón y conocí que la cabeza y cabellos es la parte principal de la hermosura en las mujeres, por dos razones, o porque es la primera cosa que nos ocurre a los ojos, o porque adorna la cabeza de la manera que los vestidos adornan las otras partes del cuerpo. Si trasquilasen la más hermosa mujer que hubiese en el mundo, aunque fuese la diosa Venus, acompañada de sus ninfas graciosas, con su Cupido y toda la más compañía que le sigue, con su arreo de cinta de oro y hermosas cadenas al cuello, y olores de cinamomo y bálsamo, si viniere sin cabellos, no aplacerá ni aun a su marido Vulcano. ¿Qué color puede más agradar que el natural de sus cabellos? Tanta es la gracia de ellos, que, aunque una mujer esté vestida de seda y oro y piedras preciosas, si no mostrase sus cabellos, no podrá estar perfectamente ornada ni ataviada.
Pero en Andria, mi señora, no el atavío de su persona, mas estando revuelta como estaba, le daba más gracia. Ella los tenía espesos y largos que le llegaban abajo de la cintura, y con una redecilla de oro ligados con un nudo muy artificialmente dado, que le daba mucha gracia. De manera que yo no me pude sufrir, y tomándola por el trenzado, la empecé a besar.
Ella me dijo:
—Oyes tú, escolar, dulce y amargo gusto tomas, pues mira que te aviso que, a trueque de comer de la miel, no gustes después la hiel.
Yo le respondí:
—Mi señora, por solo darte un beso a mi contento, sufriré veinte mil penas.
Y sintiendo yo que ella estaba ya encendida en mi amor, la abracé y besé muy a mi placer, y prometiome que esa noche se acostaría conmigo. Así que con esta promesa nos partimos por entonces.
Después, ya que era mediodía, mi tía Birrena me envió un presente de media docena de gallinas, un lechón y un barril de vino añejo. Yo lo entregué a Andria, como despensera de la miserable casa de Milón, y díjele:
—Ves aquí, señora, el dios del amor e instrumento de nuestro placer, viene sin llamarlo, de su propia gana. Bebámoslo sin que gota quede, porque nos quite la vergüenza y nos incite la fuerza de nuestra alegría, que esta es la vitualla o provisión que ha menester el navío de Venus; conviene, a saber, que en la noche sin sueño abunde en el candil aceite y vino en la copa.
Después que hube comido, me fui otra vez al baño; ya la noche me recogí a casa, y convidome a cenar mi huésped.
Senteme a una pequeña mesilla, guardándome cuanto podía de la vista de Pánfila, su mujer, porque acordándome del aviso que me había dado mi tía, parecíame que veía el infierno cuando la miraba, y por eso empleaba los ojos en mi Andria.
En esto, como vino la noche y encendieron lumbre, la mujer de Milón, mirando el candil, dijo:
—Cuán grande agua hará mañana.
El marido le preguntó que cómo lo sabía.
Ella le respondió que la lumbre se lo decía.
Milón, riéndose, dijo:
—Por cierto la gran sibila profetisa mantenemos en este candil que todas las cosas que han de ser nos dice primero.
Yo entremetime a hablar en su plática, y dije:
—Pues sabe que este es el principal argumento de la adivinación, y no te maravilles, porque como esta sea lumbre encendida por manos de hombres, a semejanza de aquel fuego mayor que está en el cielo, y, por tanto, se puede adivinar todo. Yo vi ahora en Corinto, antes que de allí partiese, un sabio que allí es venido, que toda la ciudad se espanta de respuestas maravillosas que da a los que le preguntan sus venturas y caminos que han de hacer, y qué día es bueno para hacer casamientos, o para hacer viajes y otras cosas. A mí dijo cuando venía para esta ciudad, que me acaecerían grandes cosas y que de mí se haría un cuento fabuloso, y cosas variables, y que había de escribir libros.
A esto respondió Milón riéndose:
—¿Qué señas tiene ese hombre, cómo se llama?
Yo le dije que era un hombre de buena estatura, entre rojo y negrillo, que se llamaba Diófanes.
Entonces Milón dijo:
—Ese es el que aquí en esta ciudad hacía muchas cosas semejantes a las que dices, por donde ganó hartos dineros; y estando él un día cercado de muchas gentes que le preguntaban sus venturas y suertes, acaso llegó un mozo que le abrazó, y el sabio se holgó mucho de verlo, y preguntando el mancebo cómo le había ido en el viaje de la isla Rubea, él dijo que muy mal, porque la nave, con una grande tormenta, se abrió, y ellos en un pequeño barquillo habían salido con harto trabajo a tierra.
Oyendo esto los que presentes estaban, se rieron y mofaron del sabio, diciendo que cómo conocía el hado y suerte de los otros y era necio en lo que le importaba. Pero tú, Lucio, ¿crees que aquel sabio te dijo verdad? No lo creas, que son grandes charlatanes, y con sus mentiras roban al pueblo ignorante y rudo.
Mi amigo Milón se detenía tanto en contar estas patrañas, que yo entre mí me deshacía, porque quería ir a gozar de mi Andria.
Finalmente, que yo me despedí de él, diciendo que todo me dormía, porque aún estaba fatigado del camino. Y así me fui a mi aposento, a donde hallé muy ricamente de cenar y las copas llenas de vino. Como yo cené a mi placer, acosteme en la cama.
He aquí do viene mi Andria (que ya dejaba acostada a su señora) con una guirnalda de rosas, la cual, como llegó, me besó muy dulcemente, y tomando las rosas, las echó sobre la cama; después hinchó una taza de vino, templola con agua caliente, y me la dio a beber, y teniéndola medio bebida, me la tomó de las manos y bebiose lo que me quedaba, mirándome y saboreando los labios, y de esta manera bebimos otra vez, hasta la tercera.
Después que estaba ya harto de beber, y no solamente con el deseo, sino también con el cuerpo aparejado a la batalla, roguele que se apiadara de mí y se acostase, diciéndole:
—Ya ves cuánta pena me ha dado tu señora, porque estando yo con esperanza de lo que tú me habías prometido, después que la primera saeta de tu cruel amor me dio en el corazón, fue causa de que mi arco se extendiese tanto, que si no le aflojas, tengo miedo que con la mucha tensión la cuerda se rompa, y si del todo quieres satisfacer mi voluntad, suelta tus cabellos y así me abrazarás.
No tardó ella, que había alzado la mesa prestamente con todas aquellas cosas que en ella estaban, y desnudada de todas sus vestiduras, hasta la camisa, y sueltos los cabellos, que parecía la diosa Venus cuando sale de la mar, blanca y hermosa, poniéndose la mano delante de sus vergüenzas. Y acostándose en par de mí, dijo:
—Ahora haz de mí lo que quisieres, que yo no entiendo ser vencida ni te he de volver las espaldas.
Así que pasamos la noche recreando el cuerpo con el beber, y de esta manera entretuvimos algunas otras, aguardando lo que la fortuna quería hacer de mí.