I.
Cómo andando Lucio Apuleyo por la ciudad se conoció con una su tía, que le dio algunos avisos.
Viniendo la mañana, yo me levanté con ansia y deseo de saber aquellas cosas que son raras y maravillosas, pensando entre mí que estaba en aquella ciudad tan populosa, y que era nombrada por todo el mundo de haber en ella muchos encantamentos de arte mágica.
También consideraba en aquella fábula de Aristómenes mi compañero, la cual había acontecido en aquella ciudad. Y así andaba escudriñando todas las cosas que veía. Y no había cosa que, mirándola yo, creyese ser lo que veía; mas parecíame que todas con encantamento estaban tornadas en otra figura. Andando así, atónito, no hallando principio a lo que deseaba, halleme en la plaza de Cupido, a donde vi venir una dueña con una buena compañía de servidores, vestida de oro y seda y piedras preciosas. Venía a su lado un viejo honrado, el cual, como me vio, dijo:
—En verdad, este es Lucio.
Y diome paz; y llegándose a la oreja de la dueña, no sé qué le habló, que, volviéndose a mí, dijo:
—¿Por qué no te llegas a tu madre y le hablas?
Yo le respondí:
—He vergüenza, porque no la conozco.
Y diciendo esto me detuve.
Ella puso los ojos en mí, diciendo:
—¡Oh bondad generosa de aquella muy noble Salvia, tu madre, prima mía, que en todo le pareces! Llégate a mí, que yo soy aquella Birrena, tu tía, cuyo nombre bien has oído muchas veces a tus padres. Ruégote que vengas a mi posada, aunque mejor diré a la tuya.
A esto respondí con mucha mesura y cortesía:
—Señora, yo poso en casa de Milón, y no me será bien contado mudar de posada; lo que haré será que te visitaré muchas veces.
Hablando estas y otras cosas llegamos a su casa, la cual era muy hermosa y bien labrada. Había en ella cuatro órdenes de columnas de mármol, y sobre cada columna de las esquinas estaba una estatua de la diosa de la Victoria, tan artificiosamente labradas, con sus rostros, alas y plumas, que parecía que querían volar. De la otra parte estaba la estatua de la diosa Diana, hecha de mármol muy blanco, enfrente de la entrada de la puerta. Estaba esta diosa tan pulidamente labrada, que parecía que el aire llevaba su vestidura y que se movía y andaba, y en su presencia mostraba gran majestad. Alderredor de ella estaban sus lebreles, hechos del mismo mármol, que parecía que amenazaban con los ojos, las orejas alzadas, las narices y las bocas abiertas. A las espaldas de esta diosa estaba una piedra muy grande, cavada en manera de cueva, en la cual había esculpidas hierbas de muchas maneras, con sus troncos y hojas, pámpanos y parras, y otras flores que resplandecían dentro de la cueva con la claridad de la estatua Diana, que era de mármol muy claro, y resplandeciente. Pensaras que viniendo el tiempo de las uvas, cuando ellas maduran, que podrás coger de ellas para comer. Y si miraras las fuentes que a los pies de la diosa corrían como un arroyo, creyeras que los racimos que cuelgan de las parras eran verdaderos, que aun no carecen de movimiento dentro en el agua. En medio de estos árboles y flores estaba la imagen del rey Acteón; estaba mirando cómo ella se lavaba en la fuente y cómo él se tornaba ciervo montés.
Andando yo mirando esto con mucho placer, dijo aquella Birrena, mi tía:
—Tuyo es todo lo que aquí ves.
Y diciendo esto mandó a los que allí estaban que se apartasen, que quería hablar un poco secreto; los cuales apartados, me dijo:
—Lucio, hijo muy amado, por esta diosa que delante de nos está, que tengo mucha compasión y ansia de ti, deseando cómo proveerte y remediarte, porque no te querría ver en esta tierra, ni en otra, en peligros y trabajos que ligeramente vienen a las personas. Guárdate fuertemente de las malas artes y peores halagos de aquella Pánfila, mujer de tu huésped Milón, porque es gran mágica y maestra de cuantas hechicerías se pueden pensar; que con cogollos de árboles y pedrezuelas y semejantes cosas, con ciertas palabras hace que la luz del día se torne tinieblas, y que la mar se levante y la tierra tiemble. Y si ve algún gentilhombre que tenga buena disposición, luego se enamora de él, y le hace tales encantamentos, que le ata el cuerpo y el alma, y después que se harta de él, conviértelo en piedra o en bestia, o en otra forma que ella quiere, y a otros mata. Esto te digo temblando, porque te guardes, que es muy enamorada, y tú, como eres mozo y gentilhombre, agradarle has.
Esto me decía mi tía con harta congoja y pena que de mí tenía. Mas yo holgué mucho de saber que mi huéspeda era mágica, porque pretendía alcanzar algo de ella. Y disimulando con mi tía lo mejor que pude, me despedí, pidiéndome que la visitase muchas veces, ya que no quería aceptar su posada. De esta manera salí de manos de mi tía, que ya no veía la hora de verme en casa de Milón, mi huésped.