II.
Lucio cuenta cómo llegaron a la cueva, y el sitio de ella. Y otras cosas de gusto.
Brevemente contaré del sitio donde habitaban estos ladrones. Era allí una montaña bien alta, muy horrible y umbrosa, de muchos árboles silvestres; de esta montaña descendían ciertos cerros llenos de muy ásperos riscos y peñas, que no había persona que pudiese llegar a ellos, los cuales la ceñían; abajo había muchas y hondas lagunas, en aquellos valles llenos de espinas y zarzas, que naturalmente fortalecían aquel lugar. De encima del monte descendía una fuente de agua muy hermosa y muy clara, que parecía color de plata, y corría por tantas partes, que henchía los valles que abajo estaban a manera de un mar o de un gran río o lago que está quedo. Aquí estaba la cueva de estos ladrones, a donde nos descargaron, y ellos, cargados de lo que nosotros traíamos, lanzáronse en la cueva, y a nosotros nos ataron con cabestros bien recios a la puerta.
Luego empezaron a reñir con una vejezuela, la cual sola tenía cargo de la salud de tantos mancebos, diciendo:
—¡Oh sepulcro de la muerte, deshonra de la vida, enojo del infierno, así nos has de burlar, estándote sentada no haciendo nada, que nos tengas aparejado algún solaz por tantos trabajos como hemos pasado, que tú días y noches no entiendes en otra cosa sino echar vino en ese tu vientre sediento que nunca se harta!
La vieja, con su voz medrosa, temblando respondió:
—¡Oh señores valientes mancebos, todo está presto y aparejado abundantemente; yo tengo guisado de comer muy sabroso, mucho pan, y vino puesto en sus copas, y también agua cocida para que todos os lavéis!
Acabando la vieja de decir esto, ellos se desnudaron luego, y lavados con agua caliente, se untaron con aceite. Y puestas las mesas con sus manjares, sentáronse a comer.
Luego, en aquel tiempo que se sentaron a la mesa llegaron otros mancebos, los cuales en viéndolos quienquiera diría que eran ladrones como los otros, porque también traían muchos vasos y monedas de oro y plata, y ricas vestiduras. Así que, por el semejante lavados y refrescados, sentáronse a comer con sus compañeros. Ellos comían y bebían sin orden los manjares a montones; el beber sin cuenta ni razón; burlaban unos con otros, cantaban y reían motejándose.
Entonces un mancebo de aquellos, que parecía más valiente que los otros, dijo:
—Nosotros batimos esforzadamente la casa de Milón, de Hipata, y demás de la presa y grandes riquezas que por nuestro esfuerzo ganamos, tornamos todos a nuestra casa sin que uno faltase, y aun si hace al caso, digo que vinimos ocho pies más acrecentados. Pero vosotros que habéis andado por las ciudades de Beocia, donde perdisteis a vuestro capitán Lámaco y habéis disminuido el número de vuestra compañía. Cierto, yo más quisiera su salud y vida, que todo cuanto trajisteis en estos líos y fardos; pero como él haya muerto con esfuerzo y valentía, la memoria y fama lo hará vivir para siempre. Que, hablando verdad, vosotros sois ladrones medrosos, y para hurtos pequeños, andando por casillas de viejas y otras pobres.
A esto respondió uno de aquellos:
—¿Cómo ahora sabes que las casas mayores son más fáciles de robar que las otras pequeñas? Porque como quiera que en las casas grandes haya muchos servidores, cada uno cura más de su salud que de la hacienda de su señor. Pero los hombres de bien, solitarios y modestos sus bienes, pocos o muchos, disimuladamente los encubren, y reciamente defienden, y con peligro de su sangre y vida los fortalecen. El mismo negocio que ahora paso, os hará creer lo que digo. Casi como llegamos a Tebas, ciudad de Beocia, que es la más principal para el trato de nuestro arte, andando con diligencia buscando lo que habíamos de robar entre los populares, no se nos pudo esconder Criseros, un cambiador muy rico, y señor de gran dinero, el cual, por miedo de los tributos y pechos de la ciudad, con grandes artes disimulaba y encubría gran riqueza. Finalmente, que él, solo y solitario en una pequeña casa, aunque bien fortalecida, contento, sucio y mal vestido, dormía sobre los zurrones de oro. Así que todos de un voto acordamos que el primer ímpetu y combate fuese en esta casa, porque todos a una, comenzada la batalla, sin dificultad pudiésemos apañar los dineros de aquel cambiador rico. Lo cual puesto en obra al principio de la noche, fuimos a las puertas de su casa, las cuales ni pudimos alzar, ni mover, ni quebrar, porque como eran fuertes, al ruido de ellas despertó la vecindad toda en daño nuestro. Entonces aquel esforzado nuestro capitán y alférez Lámaco, con la furia de su gran esfuerzo y valentía, metió la mano poco a poco por aquel agujero que se mete la llave para abrir la puerta, y procuraba arrancar el pestillo o cerradura; pero aquel Criseros, malvado y maligno más que hombre del mundo, estaba vestido, y sintiendo lo que pasaba, vino hacia la puerta muy pacífico, que casi no resollaba, y traía en su mano un gran clavo y martillo, con el cual, súbitamente, con gran golpe clavó la mano de nuestro capitán en la tabla de la puerta, y dejado allí cruelmente clavado, como quien lo deja en la horca, subiose encima de una azotea de su casa, y de allí con grandes voces llamaba a los vecinos muy ahincadamente. Cuando los vecinos oyeron esto, cada uno espantado del peligro que podía venir a su casa por la del cambiador, venían corriendo a socorrerle. Entonces nosotros, puestos en uno de dos peligros, o de matar nuestro compañero, o desampararlo, acordamos un remedio terrible, queriéndolo él, y fue que le cortamos el brazo por la coyuntura del hombro, y dejado allí el brazo, atada la herida con muchos paños, porque la sangre no hiciese rastro por donde nos siguiesen, arrebatamos a Lámaco, y llevámoslo como pudimos, y como íbamos huyendo, ni él nos podía seguir, ni nos lo podíamos llevar, ni podía quedar seguro, y como era valiente, animoso y esforzado, viendo que no podía escapar de las manos enemigas, con mucha instancia nos rogaba, por la diestra del dios Marte y por el juramento que entre nos había, que lo matásemos, diciendo asimismo que cómo había de vivir un hombre teniendo el brazo cortado, con el cual solía robar y degollar, que él se tendría por bien aventurado si muriese a manos de sus compañeros. Así que después que vido que a ninguno de nosotros pudo persuadir que lo matase, tomó con la otra mano un puñal que traía y metióselo por los pechos. Nosotros, alabando el esfuerzo de tal varón, tomando su cuerpo envuelto en una sábana, lo echamos en la mar. Y así quedó allí nuestro capitán Lámaco, el cual hizo fin conforme a su oficio. Pues el nuestro compañero Alcimo, que tenía muy astutos principios, no pudo huir la sentencia de la cruel fortuna, el cual después de entrado en casa de una vejezuela, que estaba durmiendo, subió a la cámara donde dormía, y pudiera muy bien ahogarla si quisiera, pero quiso primero echar por una ventana a la calle todas las cosas que tenía, y ya que tenía todo echado, no quiso perdonar a la cama en que la vieja dormía. La mala vieja, viendo esto, le dijo llorando:
—Hijo, ruégote que me digas por qué echas mis cosas pobres al vecino rico, sobre cuya huerta cae esta ventana.
Alcimo, medio turbado, llegose a la ventana por ver si era así, mas la vieja, que lo vio medio salido de la ventana, mirando a una parte y a otra, súbitamente lo empujó, y dio con él abajo, donde se le abrió la cabeza, y contándonos el engaño que le hizo la vieja, acabó de morir, al cual dimos sepultura en la mar, como a nuestro capitán Lámaco.