III.

Cómo aquel ladrón cuenta que robaron a un hombre rico con una graciosa industria de una osa.

—Después de la pérdida de estos dos compañeros, nosotros, tristes y con pena, parecionos que debíamos dejar de entender en las cosas de aquella provincia de Tebas, y acordamos de venirnos a una ciudad que estaba cerca, que ha nombre Plates; en la cual hallamos gran fama de un hombre que moraba allí, llamado Demócares, el cual celebraba grandes fiestas al pueblo, porque él era más principal en la ciudad, hombre muy rico y liberal, y hacía estos placeres y fiestas al pueblo por mostrar la magnificencia de sus riquezas. ¿Quién podría ahora explicar y tener idóneas palabras para decir tanta facundia de ingenio, tantas maneras de aparatos como tenía? Los unos eran jugadores de esgrima afamados de sus manos; otros cazadores muy ligeros para correr; en otra parte había hombres condenados a muerte, que los engordaban para que los comiesen las bestias bravas. Había asimismo torres hechas de madera a la manera de unas casas movedizas, que se traen de una parte a otra, las cuales eran muy bien pintadas, para acogerse a ellas cuando corrían toros u otras bestias en el teatro. Demás de esto, ¿cuántas maneras de bestias había allí y cuán fieras y valientes? Tanto era su estudio de hacer magníficamente aquellos juegos, que buscaba hombres de linaje que fuesen condenados a muerte, para que peleasen con las bestias; pero sobre todo el aparato que buscaba para estas fiestas principalmente y con cuánta fuerza de dineros podía, procuraba tener número de grandísimas osas, demás de de las que él hacía cazar, de las que a poder de dinero compraba.

Mas este tan claro y magnífico aparejo de placer y fiesta popular, no pudo huir los ojos mortales de la envidia. Porque con la fatiga de estar mucho tiempo presas, y con el gran calor del verano, y también por estar flojas y perezosas por no andar ni correr, dio tan gran pestilencia en ellas, que casi ninguna quedó. Estaban por estas plazas muchas de ellas muertas con tanto estrago, que parecía haber hecho naufragio de bestias.

Aquellos pobres del pueblo, a los cuales la pobreza y necesidad constriñe a buscar algo para henchir el vientre, sin escoger manjares andaban tomando de la carne de aquellos animales que por allí estaban, para hartarse.

Cuando yo y este nuestro compañero Bardulo vimos aquello, inventamos del mismo negocio un muy sutil consejo, y era que estaba allí una osa muerta mayor que todas las otras, la cual de noche llevamos a nuestra estancia, y allí la desollamos muy bien, no tocándose en las uñas ni en la cabeza. Tomamos el cuero, y polvoreado por encima, pusímoslo a secar al sol. Nosotros nos conjuramos para el negocio, e hicimos juramento que uno de nosotros, el más valiente, se metiese dentro en aquella piel y se hiciese osa, y la llevaríamos de noche a casa de Demócares, para que nos abriese las puertas cuando todos durmiesen. Y para esto escogimos por todos a Trasileón, el cual con gran ánimo se metió en el cuero y comenzó a tratarlo y ablandarlo, para ejercitar en lo que había de hacer. Y nosotros rehenchimos algunas partes de él con lana para igualarlo todo; cosímoslo, y con los pelos de una parte y otra cubrimos la costura muy bien; hicimos a Trasileón que juntase su cabeza con la de la osa cerca del pescuezo, y por las narices y ojos de la osa abrimos ciertos agujeros por do pudiese mirar y resollar. Así que nuestro valiente compañero hecho bestia, metímoslo en una jaula.

De esta manera, prosiguiendo en nuestro negocio, supimos como este Demócares tenía un gran amigo en Tracia, del cual fingimos carta que le escribía, diciendo que por honrar sus fiestas le enviaba aquel presente, que era la primera bestia que había cazado. Y siendo ya noche, aprovechándonos del ayuda de ella, presentamos la jaula, con Trasileón dentro, a Demócares, y dímosle la carta falsa. El cual, maravillándose de la grandeza de la bestia, y muy alegre con la liberalidad de su amigo, nos mandó luego dar diez ducados.

Todos venían a ver la osa y decían no haber visto cosa tan grande; mas Trasileón daba muchas vueltas, saltando de una parte a otra, porque no viesen en alguna señal el engaño. Y así, todos a una voz decían que era muy espantable, ligera y grande. Así que Demócares mandaba llevar la osa a un buen pasto do tenía otras; mas yo le dije:

—Mira, señor, lo que haces, porque esta bestia viene fatigada del camino; no debía echarse con las otras fieras, mayormente que me dicen que están todas dolientes, antes sería bueno que la dejases en este patio, do corre este caño de agua, para que de noche se recree.

Con estas palabras, Demócares, habiendo miedo de que se le muriese aquella, como las otras muchas que se le habían muerto, fácilmente consintió a nuestras persuasiones, y mandó que pusiésemos la jaula o caja donde a nosotros pareciese; demás de esto yo dije que si él mandaba, que estábamos prestos de velar algunas noches cerca de la jaula para dar de comer y beber a la bestia cuando menester fuese, porque prestamente se le quitase la fatiga del sol y el cansancio del camino.

A esto respondió Demócares:

—No es menester que os pongáis en ese trabajo, porque todos los de mi casa, por la larga costumbre, están bien ejercitados para saber curar estas bestias.

Dicho esto, tomamos licencia y nos fuimos. Saliendo por la puerta de la ciudad vimos estar un enterramiento apartado y escondido del camino; allí abrimos algunos de aquellos sepulcros medio abiertos, donde moraban aquellos muertos hechos ceniza y comidos de carcoma, para esconder allí lo que robásemos.

Después, al principio de la noche, según es costumbre de ladrones, al primer sueño, cuando más gravemente carga los cuerpos humanos, con toda nuestra gente armada nos fuimos a poner ante las puertas de Demócares para robarlo, como cuando vamos citados a juicio.

No menos fue perezoso Trasileón, que como vido la oportunidad de la noche, saltó fuera de la jaula, abrionos las puertas, y como nosotros prestamente nos metiésemos en casa, mostronos un almacén donde aquella noche sagazmente él vio meter y encerrar mucha plata, al cual, quebradas las puertas por fuerza, mandó a cada uno de los compañeros que entrasen y cargasen cuanto pudiesen llevar de aquel oro y plata, y prestamente lo llevasen a esconder en las casas de aquellos fieles muertos, y que luego corriendo tornasen por más, y que para lo demás yo quedaría allí al umbral de las puertas, a resistir si alguno viniese, y para espiar solícitamente hasta que tornasen.

De más de esto la osa andaba por casa aparejada para matar a los que despertasen, porque, en la verdad, ¿quién podría ser tan fuerte y esforzado que viendo una forma de bestia tan fiera, y mayormente de noche, que, vista, no se pusiese en huir aceleradamente, o que no echase la aldaba a la puerta de su cámara y se encerrase de miedo?

Estas cosas así, prósperamente dispuestas, sucedió en ellas fin desdichado, porque en tanto que yo estaba esperando a mis compañeros que tornasen, entonces un esclavo de la propia casa, como vio la osa que andaba por toda la casa, vase muy pasico de cámara en cámara, diciendo a todos lo que había visto.

No tardó mucho que todos no salieran con candiles y mechones encendidos, y con lanzas y espadas se pusieron a guardar las puertas de casa. Demás de esto llamaron los perros de monte, grandes y bravos, y echáronlos a la osa.

Cuando yo esto vi, y que crecía el ruido y tumulto, aparteme de allí y púseme detrás de la puerta, de donde vi a Trasileón pelear maravillosamente contra los perros, el cual, como estaba en lo último de su vida, hacía cosas de espanto; ora huyendo, ora resistiendo, daba saltos sin compás; en fin, no pudiendo más, vínose retrayendo a la calle, en donde se juntaron muchos más perros, los cuales cercaron a Trasileón y lo despedazaban y mordían cruelmente.

Entonces yo, no pudiendo sufrir tanto dolor, metime en medio de la gente, y en lo que podía ayudaba a nuestro buen compañero, diciendo a todos de esta manera:

—¡Oh qué pérdida y mal hacemos! ¿Para qué queremos hacer morir una tan preciada y hermosa bestia?

Pero todas estas artes y cautelas no aprovecharon para el triste y desdichado de mi compañero vivir, porque un hombre de aquellos, indignado contra la osa, le arrojó una lanza, que le atravesó todo el cuerpo, y los más cargaron sobre la osa con sus espadas hasta que la mataron.

De esta manera acabó Trasileón, gloria y honra de nuestra capitanía. Y era tanto el miedo que todos tenían de la osa, que hasta el otro día bien tarde ninguno fue osado llegar a ella, hasta que uno de estos que andaban a desollar bestias, se le llegó, y empezando a desollar la piel, halló dentro a aquel magnífico ladrón.

Entonces nosotros cogimos nuestros líos que tenían en guarda aquellos fieles muertos, y cuan presto pudimos nos vinimos cargados con esta prisa que veis.

Acabada la habla, tomaron sus tazas y bebieron el vino puro, y en memoria de sus compañeros cantaron ciertas canciones al dios Marte, y después se fueron a dormir.