IV.

Cómo los ladrones trajeron una doncella robada, la cual llora su desdicha.

Aquella buena vieja proveyó muy bien a nosotros de cebada, sin tasa ni medida, tanto que mi rocín, como vio tanta abundancia y hartura para sí solo, creía que hacía carnestolendas, y como quiera que otras veces hubiese yo comido cebada, tragándola con pena por ser para mí manjar dañoso y desabrido; pero entonces miré a un rincón, donde habían puesto los pedazos del pan que habían sobrado de aquellos ladrones, y comencé a ejercitar mis quijadas, que tenían telarañas de mucha hambre.

Venida la noche, que ya todos dormían, los ladrones despertaron con gran ímpetu y comenzaron a mudar su real, armados con sus espadas y lanzas que parecían diablos, y salieron por la puerta afuera muy aprisa. Pero ni solo esto ni aun el sueño, que bien me eran menester, pudo impedir el tragar y comer que yo hacía, y como quiera que cuando era Lucio con uno o dos panes me hartaba y levantaba harto de la mesa; mas entonces, contentando a un vientre de asno tan ancho y profundo, ya entraba rumiando por el tercero canastillo de pan, cuando estando atónito en esta obra me tomó el día claro.

Entonces yo, como asno empachado de vergüenza, salime de casa y fui a un arroyo a hartarme de agua; no tardó mucho que no viniesen los ladrones, los cuales traían una doncella muy linda hurtada, y según en su gesto y hábito mostraba, debía ser alguna hijadalgo, que cierto yo, aunque era asno, la deseaba. La triste venía llorando y mesando sus cabellos.

Después que la metieron en su cueva, comenzaron a consolarla, diciendo:

—Tú, pues, estás aquí segura de la vida, y ahora ten paciencia, porque la necesidad y pobreza nos hace seguir este trato; tu padre y madre, aunque sean avarientos, no dejarán de rescatarte.

Con estas palabras y otras la consolaban, pero no dejaba su llanto.

Entonces los ladrones mandaron a la vieja que se sentase a par de ella y la consolase con blandas palabras mientras ellos iban a hacer su oficio; la vieja, movida de piedad, le decía muchas cosas; mas todo no aprovechaba, porque lloraba y decía palabras lastimosas, y de cansada se durmió.

Ya que había dormido un poco, despertó con un sobresalto como mujer sin seso, y comenzó de nuevo a hacer mayores llantos; como la vieja vio que otra vez de nuevo comenzaba, le rogó con mucha instancia la contase por qué causa lloraba más fuertemente después de haber dormido.

La doncella, aunque llena de lágrimas, le dijo de esta manera:

—Pocos días ha que yo fui desposada con un mancebo muy rico y de buena disposición, con el cual desde niña me crié, y siempre nos tuvimos grande amor, como si fuéramos hermanos. Así que estando para velarnos, de consentimiento de nuestros padres, con la casa aderezada y enramada de laureles, con contares y otras cosas de bodas, estándome mi madre ataviando para semejante fiesta, he aquí do entra súbitamente un escuadrón de ladrones con gran ímpetu, con las espadas desnudas, y no curaron de robar alguna cosa ni matar a nadie, sino todos juntos, sin los familiares de casa podérselo estorbar, me arrebataron y trajeron aquí. Pero ahora soñaba que mi querido esposo venía por librarme y que cruelmente le mataban estos hombres espantables y temerarios, y por esta causa me afligía más que de antes.

Entonces la vieja, suspirando, le dijo:

—Hija, esfuérzate y ten buen corazón; no te espantes con unas ficciones de sueños, porque demás de tener por cierto que los sueños del día son falsos, aun los de la noche traen los fines y salidas al contrario: porque llorar, ser herido o muerto, traen el fin próspero y de mucha ganancia; y, por el contrario, reír, o comer cosas sabrosas, o hallarse en placeres, significa tristeza de corazón o enfermedad del cuerpo y otros daños y fatigas. Pero yo te quiero consolar y decir una novela muy linda, con que olvides esta pena y trabajo.

La cual luego comenzó en esta manera: