V.
Cómo la vieja madre de los ladrones cuenta a la doncella un cuento muy elegante y lleno de doctrina.
—Había en una ciudad un rey y una reina que tenían tres hijas: las dos mayores eran muy hermosas y bien apuestas; pero la más pequeña, era tanta su hermosura, que no bastan palabras humanas para poderlo decir. Muchos de otros reinos y ciudades, oyendo la fama de su gran beldad y hermosura, venían a verla, y luego, poniendo las manos en la boca y los dedos extendidos, así como a la diosa Venus, con sus religiosas adoraciones la honraban y adoraban.
Ya la fama corría por todas las ciudades y tierras cercanas, que esta era la diosa Venus, que por influjo de las estrellas del cielo había nacido otra vez, no en la mar, pero en la tierra, conversando con todas las gentes, adornada de flor de virginidad. De esta manera su fama crecía más cada día, y de muchas partes venían por mar y tierra, por ver este glorioso espectáculo que había nacido en el mundo. Y nadie quería ir a ver a la diosa Venus, que estaba en la ciudad de Pafo, ni a la isla de Gnido, ni al monte Citerón, donde solían sacrificar. Sus templos eran ya destruidos, sus ceremonias menospreciadas, sus estatuas sin honra. Todos a esta doncella suplicaban, y siendo humana la adoraban por tan gran diosa; y cuando de mañana se levantaban, todos le sacrificaban con manjares y otras cosas; cuando iba por la calle, todo el pueblo, con flores y guirnaldas de rosas, le suplicaban y honraban.
Esta honra que se daba a esta doncella encendió mucho en ira a la propia diosa Venus, y riñendo entre sí, dijo:
—Yo, que soy madre de todas las cosas criadas; yo, que soy principio y nacimiento de los elementos; yo, que soy Venus poderosa, ¿he de sufrir que se dé la honra debida a mi majestad a una moza mortal, y que mi nombre, puesto en el cielo, se haya de profanar en la tierra, y que en cada parte tengan duda si me han de sacrificar y adorar a mí o a esta doncella, y que tenga tal gesto que piensen que soy yo? Según esto, por demás me juzgó aquel pastor que por mi gran hermosura me prefirió a tales diosas, cuyo juicio aprobó aquel gran Júpiter. Mas a esta que mi honra ha robado, yo haré que se arrepienta de esto y de su hermosura.
Luego llamó a su hijo Cupido, al cual, con sus palabras encendido mucho, le llevó a aquella ciudad donde estaba esta doncella, que se llamaba Psique, y mostrósela, diciendo con mucho enojo y casi llorando toda la historia de la semejanza envidiosa de su hermosura, diciéndole de esta manera:
—¡Oh hijo, yo te ruego por el amor que tienes a tu madre y por las dulces llagas de tus saetas y por los sabrosos fuegos de tus amores, que des cumplida venganza a tu madre contra la hermosura rebelde y contumaz de esta mujer; y sobre todo te ruego que esta doncella sea enamorada de muy ardiente amor del más bajo y vil hombre que en todo el mundo se halle!
Después que Venus hubo dicho esto, besó y abrazó a su hijo, y fuese a la ribera de un río que estaba cerca, donde con sus hermosos pies holló el rocío de las ondas de aquel río, y de allí se fue a la mar, a donde todas las ninfas le vinieron a servir.
Allí vinieron las hijas de Nereo cantando, y el dios Neptuno con su áspera barba del agua de la mar y con su mujer Salicia, y Palemón, que es guiador del Delfín, y las compañas de los tritones, saltando por la mar, unos tocando trompetas, otros traían un palio de seda, porque el sol no le tocase; otros llevan el espejo delante de la diosa. De esta manera, nadando con sus carros por la mar, todo este ejército acompañó a Venus hasta el Océano.
Entretanto, la doncella Psique, con su hermosura para sí, ningún fruto recibía de ella. Todos la miraban y alababan, pero ningún rey, ni otro alguno, la pedía por mujer. Maravillábanse de ver su divina hermosura, pero era como quien ve una estatua de una diosa pulidamente fabricada.
Las dos hermanas mayores, como eran medianamente hermosas, no eran tanto divulgadas por los pueblos, y habían sido casadas con dos reyes que las pidieron: ya estaba cada una en su casa, reina y señora. Mas esta doncella Psique estaba en casa de su padre, llorando su soledad, y siendo virgen era viuda, por la cual causa estaba enferma en el cuerpo y llagada en el corazón. Aborrecía su hermosura, porque todos pasmaban de verla.
El mezquino padre, sospechando que alguna ira y odio tuviesen los dioses contra su desventurada hija, acordó de ir a consultar el oráculo antiguo del dios Apolo, que estaba en la ciudad de Mileto, y con sus sacrificios y ofrendas suplicó a aquel dios que diese casa y marido a la triste de su hija. Apolo le respondió en esta manera:
—Pondrás esta moza, adornada del aparato delante, en el más alto peñasco que hallares, y déjala allí. No esperes yerno que sea nacido de linaje mortal, mas espéralo fiero y cruel y venenoso como serpiente, el cual, volando, fatiga con sus saetas a todos.
El rey, que siempre fue próspero y favorecido, como oyó esto, triste y de mala gana se tornó para su casa. Y dijo a su mujer el mandamiento que el dios Apolo había dado a su desdichada suerte, por lo cual lloraron y gimieron algunos días.
En esto ya se llegaba el tiempo en que había de poner en efecto lo que Apolo mandaba; de manera que comenzaron a aparejar todo lo que la doncella tenía menester para sus mortales bodas. Encendieron las lumbres de las hachas negras con hollín, y los alegres instrumentos músicos se mudaron en lloro y amargura, los cantares en luto y lloro. De manera que el triste hado de esta casa hacía entristecer a toda la ciudad. El padre, por la necesidad que tenía de cumplir lo que Apolo había mandado, procuraba de llevar a la mezquina de Psique a la pena que le estaba profetizada; mas por otra parte, movido de piedad, detenía el negocio, llorando amargamente.
Entonces la hija dijo al padre y madre de esta manera:
—¿Por qué, señores, atormentáis vuestra vejez con tan continuo llorar? ¿Por qué fatigáis vuestro espíritu con tantos aullidos? ¿Por qué ensuciáis esas caras con lágrimas que poco aprovechan? ¿Por qué apuñeáis vuestros pechos con tanta fuerza? ¿Este será el premio y galardón de mi hermosura? Vosotros estáis heridos mortalmente de la envidia, y sentís tarde el daño. Cuando las gentes y los pueblos nos honraban y celebraban con divinos honores; cuando todos a una voz me llamaban la nueva diosa Venus, entonces os había de doler y llorar, entonces me habíais ya de tener por muerta. Ahora veo y siento que solo este nombre de Venus ha sido causa de mi muerte: llevadme ya en aquel risco donde Apolo manda, porque ya querría ver acabadas estas tristes bodas.
Acabado de hablar esto la doncella, cayó en tierra, y como ya venía todo el pueblo para acompañarla, metiose en medio de ellos y fueron su camino a un lugar donde estaba un risco muy alto sobre un monte, encima del cual pusieron la doncella, y allí la dejaron, poniendo en su compañía las hachas negras que delante de sí llevaban ardiendo. El pueblo, lleno de lágrimas, bajando sus cabezas, volvieron a sus casas, acompañando al rey y a la reina, los cuales, cubiertos de luto y cerrando las ventanas del palacio, se pusieron en perpetuo llanto.
Psique, estando temerosa en aquella peña, vino un manso viento y muy quietamente la puso en un delicioso prado, donde la dejó.