II.

Cómo después que los pastores supieron la muerte de sus señores se huyeron con su hacienda.

Siendo aquellos pastores sabedores de la cruel fortuna que había pasado por sus amos, unos lloraban, otros gemían, doliéndose del triste suceso de aquella casa. Y temiendo la novedad de la mudanza de otro señor, aparejáronse para huir, y aquel mayordomo que tenía cargo de las yeguas y ganado (el cual me recibió muy encomendado para tratarme y curar bien), todas cuantas cosas había de precio en la casa y alquería las cargó encima de mis espaldas y de otros caballos, y así se partió, desamparando su primera morada. Nosotros llevábamos a cuestas niños y mujeres; llevábamos gallinas, pollos, pájaros, gatos y perrillos, y cualquiera otra cosa que por su flaco peso podía detener la huida andaba con nuestros pies, y aunque la carga era grande, no me fatigaba mucho el peso de ella, antes me holgaba con la huida por dejar aquel bellaco que me quería castrar y deshacerme de hombre.

Yendo por nuestro camino, habiendo pasado una cuesta muy áspera de un espeso monte, entramos por unos grandes campos, y ya que la noche venía, llegamos a una villa bien grande y rica, adonde los vecinos nos avisaron que no caminásemos de noche, porque había por allí infinitos lobos muy grandes, feroces y muy bravos, que estaban acostumbrados a saltear y comer a los hombres que caminaban de noche. Pero aquellos malvados huidores que nos llevaban, ciegos con el atrevimiento de la presa que llevaban, y miedo que no los siguiesen, desechando el consejo saludable que les daban, no esperaron el día, mas cerca de media noche nos cargaron y comenzaron a caminar.

Entonces yo, por miedo del peligro susodicho, me metí en medio de todas las otras bestias, y todos se maravillaban cómo yo andaba más liviano que cuantos caballos allí iban; pero aquello no era livianeza de alegría, mas era indicio del miedo que llevaba: finalmente, que yo pensaba entre mí, que aquel caballo Pegaso, por miedo le habían nacido alas con que voló, y por eso fue hasta el cielo, habiendo miedo que no lo mordiese la ardiente Quimera.

Aquellos pastores que nos llevaban hiciéronse a manera de un ejército; unos llevaban lanzas, otros dardos, otros ballestas, y otros piedras en las manos, y otros llevaban picas bien agudas, y algunos llevaban hachas ardiendo por espantar a los lobos; en tal manera iban, que no les faltaba sino una trompeta para que pareciera hueste de guerra.

Pero aunque pasamos nuestro miedo sin peligro, caímos en otro lazo mucho mayor, porque los lobos, o por ver mucha gente, o por las lumbres de aquellos, hubieron miedo, o por ventura porque eran idos a otra parte, ninguno de ellos vimos, ni pareció cerca ni lejos. Mas los vecinos de aquellos cortijos por donde pasamos, como vieron tanta gente y armada, pensaron que eran ladrones, y proveyendo a sus bienes y hacienda con gran temor que tenían de no ser robados, llamaron a los perros, que eran más rabiosos y feroces que lobos, y más crueles que osos, los cuales tenían criados así bravos y furiosos, para guarda de sus casas y ganados, y con sus silbos acostumbrados y otras tales voces, echaron los perros contra nosotros, y ellos, además de su propia braveza, esforzados con las voces de sus amos, cercáronnos de una parte y otra, y comienzan a saltar y a morder en la gente sin hacer apartamiento de hombres ni de bestias; mordían tan fieramente, que a muchos echaron por el suelo.

Vierais una fiesta que era más para haber mancilla, que no para contarla, porque como había muchos perros que andaban como rabiosos, y a los que huían arrebataban con los dientes, y a los que estaban quedos arremetían, y con crueldad y braveza les sacaban los pedazos, en tal manera, que a bocados disminuyeron toda nuestra compañía. He aquí que a este peligro sucedió otro mayor, que los villanos de encima de los tejados, y de una cuesta que estaba allí arriba, echábannos tantas piedras, que no sabíamos de qué habíamos de huir. De una parte los perros que andaban cerca de nosotros, y de la otra más lejos las piedras que venían sobre nosotros: de manera que estábamos en harto aprieto.

En esto vino una piedra que descalabró a una mujer que iba encima de mí, y ella, con el gran dolor, comenzó a dar grandes gritos y voces, llamando a su marido, que era un pastor de aquellos, que la viniese a socorrer.

Él, cuando la vio, limpiándole la sangre, comenzó a dar gritos, diciendo:

—¡Justicia de Dios! ¿por qué matáis los tristes caminantes, y los perseguís, espantáis y apedreáis con tan crueles ánimos? ¿Qué daño os hemos hecho? ¿Qué robo es este?

Como esto oyeron, luego cesó el llover de las piedras, y apartaron la tempestad de los perros bravos, y uno de aquellos labradores dijo a voces:

—No creáis que nosotros, teniendo codicia de vuestros despojos os queríamos robar; mas pensando que lo mismo queríais hacer a nosotros, nos pusimos en defensa por quitar nuestro daño de vuestras manos; así que de aquí en adelante podéis ir seguros y en paz.

Esto dicho, comenzamos a andar nuestro camino bien descalabrados, y cada uno contaba su mal: los unos, heridos de piedras; los otros, mordidos de los perros; de manera que todos iban lastimados.

Yendo adelante ya buena parte del camino, llegamos a un valle de muchas arboledas y espesuras de grandes matas, adonde acordaron aquellos pastores que nos llevaban, de holgar un rato por descansar y curarse de las heridas. Así que echáronse todos por aquel prado, y después de haber reposado, curáronse sus llagas lo mejor que pudieron: el uno se lavaba la sangre en un arroyo que por allí pasaba, y otros con esponjas mojadas remediaban la hinchazón de sus llagas; otros ligaban las heridas con vendas, y de esta manera procuraba cada uno su salud.

Entretanto, un viejo asomó por un cerro, el cual debía ser pastor, y uno de los de nuestra compañía le preguntó si tenía leche o cuajada para vender; el viejo cabrero, meneando la cabeza, dijo:

—No sabéis en qué lugar estáis; guardaos de ahí no muráis.

Y diciendo esto, fuese de allí muy lejos. La cual palabra y su huida no poco miedo puso a nuestros pastores. Así que estando ellos espantados y no viendo a quién preguntar qué cosa fuese aquella, asomó otro viejo muy mayor que aquel y más cargado de años, con un bordón en la mano, corcovado, y venía como hombre cansado, y llorando muy reciamente: llegó a nosotros, y haciendo grandes reverencias, comenzó a besar a cada uno de aquellos mancebos en las rodillas, diciendo:

—Señores, por vuestra virtud, y por el Dios que adoráis, que me socorráis en una tribulación, a mí, viejo cuitado, de un niño mi nieto que casi está a punto de muerte, el cual venía conmigo en este camino, y tiró una piedra a un pajarito que estaba cantado, y por matarlo, cayó en una cueva que estaba llena de árboles por encima, que no se parecía, y creo que está en lo último de su vida, aunque por las voces que da, conozco que aún está vivo, mas por mi vejez y flaqueza, como veis, no le pude ayudar. Vosotros, señores, que sois mancebos y recios, fácilmente podréis socorrer a este mezquino viejo, librándome aquel niño, que no tengo otro heredero, ni sucesor de mi linaje.

Diciendo esto, el viejo pelábase las barbas, de manera que todos habían mancilla de él. Pero uno más recio que ninguno, y más mozo, de gran cuerpo y fuerzas, que aquel solo había quedado sano del ruido pasado, levantose luego y preguntó en qué lugar había caído. El viejo le mostró con el dedo entre unas zarzas y matas espesas. Así que el mancebo siguió tras el viejo hacia do le había mostrado.

Los compañeros, de que hubieron bien comido, y nosotros pacido, cargáronnos para ir su camino, y como aquel mancebo no venía, comenzaron a darle voces; desde que vieron que no respondía, enviaron uno que lo buscase, y que le dijese que viniese presto, que era ya hora de caminar: aquel tardó en ir a buscar al otro, y tornó admirado y espantado, diciendo que había visto una cosa maravillosa de aquel mancebo, que vio cómo estaba muerto en el suelo medio comido, y un dragón espantable encima de él, comiéndolo todo, y que no parecía el viejo; lo cual, visto por los pastores, y conociendo que no había en aquella tierra otro morador, sino aquel viejo, conocieron que aquel era el dragón. Así que dejaron aquella tierra y se fueron.