III.
Cómo Lucio prosigue contando muchos acontecimientos que se ofrecieron siendo asno, yendo con los pastores.
De allí fuimos a una aldea, donde estuvimos toda aquella noche, y allí aconteció una cosa que yo deseo contar.
Un esclavo de un caballero, cuya era aquella heredad, estaba allí por mayordomo y guarda de toda la hacienda, y era casado con una esclava del mismo caballero. El marido andaba enamorado de otra moza libre, hija de un vecino de allí. La mujer, con el dolor y enojo de los amores del marido, tomó cuantos libros de sus cuentas tenía, y toda la hacienda y ropa de casa, no estando allí su marido, y quemolo todo. No contenta con lo que había hecho, ni pensando que estaba vengada de la injuria, tornose contra sí misma y tomó en los brazos un niño, hijo del marido, y atolo consigo y echose en un pozo muy hondo.
El señor, cuando supo la muerte de su esclava y del niño, que había sido por causa de los amores del marido, hubo mucho enojo, y tomolo desnudo y enmelado, y atolo muy fuertemente a una higuera vieja que tenía muchas hormigas, que hervían de un cabo a otro, las cuales, como sintieron el dulzor de la miel y el olor de la carne, y aunque eran chicas, pero infinitas, con los continuos y espesos bocados que le daban, en tres o cuatro días le comieron hasta las entrañas, que dejaron los huesos blancos y sin carne ninguna, atados a la vieja higuera, de lo cual se espantaron todos los labradores.
Dejamos también esta mala tierra y partimos, caminando a mucha priesa por unos grandes campos, hasta que llegamos a una ciudad muy noble y bien poblada, adonde aquellos pastores determinaron tomar sus casas y morada, porque les parecía que allí se podrían muy bien esconder de los que viniesen a buscarles. Demás de esto les convidaba a morar allí la abundancia que había. Finalmente, que después de haber reposado tres días por descansar, porque nos rehiciésemos del camino, para mejor podernos vender, sacáronnos al mercado, y un pregonero nos comenzó a pregonar, y luego vendió el caballo y otro asno, mas a mi nadie me quería, como a mala bestia.
Ya yo estaba enojado de los que allí estaban, que todos me palpaban las encías, queriendo saber y contar de mis dientes la edad que había, y con este asco, llegando a mí uno que le hedían las manos, sobajando muchas veces mi boca con sus dedos sucios, dile un bocado en la mano, casi le corté los dedos; lo cual espantó tanto a los que allí estaban alrededor, que ninguno me quiso comprar, diciendo que era asno bravo y fiero.
Entonces el pregonero comenzó a dar grandes voces, que ya estaba ronco, diciendo muchas gracias y burlas contra mi fortuna y desdicha.
—¿Hasta cuándo tardaremos en vender este asno viejo? Él tiene las manos y pies desportillados, flaco y de muy ruin color, perezoso, y, sobre todo, bravo y feroz tan sin provecho, que no es bueno sino para hacer de su pellejo un harnero; démoslo a alguno que no le pese de perder la paja y cebada que comiere.
En esta manera, jugando aquel pregonero, hacía dar grandes risas a los que allí estaban; pero aquella mi cruelísima fortuna, la cual yo, huyendo por tantas provincias, nunca pude huir de ella, ni con tantos males y tribulaciones como pasé, pude aplacar, otra vez de nuevo lanzó sus ojos ciegos contra mí, dándome un comprador perteneciente para mis duras adversidades; y ¿sabéis qué tal? Un viejo calvo y bellaco, cubierto de cabellos y medio cano, del más bajo linaje, y de las heces de todo el pueblo, el cual andaba con otros trayendo a la diosa Siria por esas plazas, villas y lugares, tañendo panderos y atabales y mendigando de puerta en puerta sin ninguna vergüenza.
Este echacuervos, con la mucha gana que tenía de comprarme, preguntó al pregonero que de dónde era yo. Él le respondió prestamente que era de Capadocia, y que era muy bueno y asaz recio. Preguntole más: ¿qué edad había? El pregonero, burlándose de mí, dijo:
—Un astrólogo que miró la constelación de su nacimiento, dijo, que podría ahora haber como cinco años, pero él sé que sabrá mejor estas cosas, según la profesión de su ciencia. Y como quiera que yo, a sabiendas, incurra en la pena de la ley Cornelia, si revendiere ciudadano romano por esclavo; pero ¿por qué no compras un servidor tan bueno y provechoso, que te podrá ayudar así en casa como fuera de ella?
Con todo esto, aquel comprador malo no dejó de preguntar cuando esto oyó, y sacar unas cosas de otras. Finalmente preguntó con mucha ansia si yo era manso. El pregonero le dijo:
—Es tan manso, que no parece asno, sino cordero: no muerde, ni echa coces, que no parece sino que debajo del cuero de un asno mora un hombre muy pacífico y modesto.
En esta manera, el pregonero, con sus chocarrerías, trataba aquel glotón echacuervos, el cual dio por mí siete dineros, y llevándome a su casa, luego, a la entrada de la puerta, comenzó a dar voces, diciendo:
—Mozas, un servidor os traigo del mercado, ¿veislo aquí?
Pero aquellas mozas que él decía, era una manada de mozos bardajas, los cuales, como lo oyeron, habiendo de ello mucho placer y alegría, alzaron grandes voces pensando que les traería algún esclavo que fuese aparejado para lo que ellos querían. Pero cuando vieron que era un asno, torciendo el rostro con enojo, increpaban a su maestro, diciéndole que no había traído servidor para ellos, sino marido para sí.
Diciendo estas y otras cosas de burlas, me ataron a un pesebre, y luego vino un mancebo, que tenía flauta y trompeta, que estaba allí por su sueldo para tañer a la diosa, y en casa ejercitábase en contentar a aquellos medio mujeres, el cual me echó de comer.