II.

Lucio recuenta una historia que oyó haber acontecido en un pueblo, de cómo una mujer burló de su marido.

Luego otro día siguiente, habiendo yo escapado de tanto peligro, me cargaron otra vez de los divinos despojos, y ellos con sus panderos y campanillas comenzamos a caminar, y habiendo ya pasado algunas caserías, llegamos a un lugarejo, adonde aquella noche nos aposentamos.

Allí oí contar un gracioso cuento, el cual quiero que vosotros sepáis.

Era un hombre que se alquilaba por trabajador, y con aquello que ganaba se mantenía miserablemente; tenía una mujer galana y requebrada. Un día de mañana, como el marido se fuese a la plaza para buscar de trabajar, vino el enamorado de su mujer y metiose en casa.

Estando ellos así, el marido, que ninguna cosa sabía ni sospechaba, tornó de improviso a casa y batió a la puerta.

La mujer, que era astuta para tales sobresaltos, hizo meter a su enamorado en un tonel viejo que estaba en un rincón de casa, medio roto y vacío; y abierta la puerta a su marido, comenzó a reñir con él, diciendo:

—¿Cómo así venís vacío y muy despacio, metidas las manos en el seno? ¿No veis nuestra necesidad y pobreza? ¿Por qué no traéis alguna cosilla para comer? Yo, mezquina, que todo el día y la noche me estoy quebrando los dedos hilando, encerrada en casa, al menos que tenga para encender un candil. ¡Bienaventurada mi vecina Dafnes, que en amaneciendo come y bebe cuanto quiere, y todo el día está en placeres con sus enamorados!

El marido, convencido con esto, dijo:

—¿Pues qué es ahora esto? Aunque mi amo está ocupado en un pleito y no nos ha llevado a trabajar, yo he proveído a lo que hemos de comer, porque he vendido aquel tonel, que nunca nos sirve de nada, por cinco dineros a un hombre que aquí viene; por tanto, ayúdame a sacarlo de aquí, y entregarlo hemos a quien me lo compró.

Cuando esto oyó la mujer, sacó el engaño de lo que el marido decía, y fingiendo una gran risa, le dijo:

—¡Oh qué hombre y buen negociador he hallado, que la cosa que yo, siendo mujer necesitada, tengo vendida por siete dineros, vendió él en la calle por menos!

El marido, alegre con esto, le dijo:

—¿Quién es este que tanto te dio por él?

La mujer respondió:

—Vos no sabéis nada; ahora entró uno dentro de él para ver qué tal estaba.

No faltó astucia al enamorado, que luego saltó de dentro, diciendo:

—Buena mujer, este tonel me parece que está abierto por muchas partes.

Y disimuladamente volviose al marido, como que no le conocía, y díjole:

—Tú, hombrecillo, quien quiera que eres, ¿por qué no me traes un candil para ver bien de dentro este tonel? ¿Por ventura piensas que he de dar mis dineros sin mirarlo muy bien?

El buen hombre, no sospechando mal, no tardó en encender el candil, y dijo al enamorado:

—Apártate, hermano, y huelga, que yo entraré a ver las heces, y verás si es hendido y mal tratado.

Diciendo esto, tomó la mujer el candil, y él entró en el tonel y comenzó a raer aquellas costras.

El adúltero, como vio que la mujer estaba bajada alumbrando a su marido, dolábala por detrás; y ella, con astucia metida la cabeza en el tonel, burlaba del marido, diciendo: «trae aquí y allí, y quita esto y esto otro», hasta que la obra de entrambos fue acabada.

Entonces salió del tonel, y tomando sus siete dineros el mezquino del marido cargó el tonel a cuestas, y llevolo a casa del adúltero.

Aquí estuvimos algunos días, donde por la liberalidad de los moradores de aquella ciudad fuimos muy bien tratados, y mis amos cargados de dones por su adivinar.