III.

Cómo Lucio recuenta una astuta manera de suerte que los echacuervos usaban para sacar dineros; y cómo fueron presos y él vendido a un tahonero.

Bien sabían engañar al pueblo aquellos limpios y buenos de mis amos, porque para sacar dineros inventaron una suerte sola; la cual aplicaban y referían a muchas cosas, y en cada pueblo de aquellos la sacaban para responder y engañar a los que les preguntaban, y consultaban sobre cosas varias; y la suerte decía de esta manera:

—Por ende, los bueyes juntos aran la tierra, porque para el tiempo venidero nazcan los trigos alegres.

Con esta suerte burlaban a todos; porque si algunos deseaban casarse, y les preguntaban cómo sucedería, decían que la suerte respondía que era muy buena para juntarse por matrimonio y para tener buenos hijos. Si alguno quería comprar una heredad, respondían que era muy bien, porque los bueyes y el yugo significaban los campos floridos y llenos de fruto. Si alguno quería ir camino y preguntaba a aquellos buenos sacerdotes de su viaje, decían que sería muy bueno, porque venían en la suerte los más mansos animales que hay en el mundo y más provechosos. Si alguno de aquellos quería ir a la guerra o a perseguir ladrones, y preguntaba si sería su ida provechosa, respondían que la victoria tenían muy cierta, según la demostración de la suerte; porque sojuzgarían al yugo las cervices de los enemigos, y habrían de lo que robasen muy abundante y provechosa presa.

Con esta manera de adivinar y con su grande astucia, no pocos dineros apañaban. Pero ya cansados de recibir dineros, aparejáronse para caminar, llevándome muy bien cargado por un camino muy bellaco de muchos lodos y lagunas, que a cada paso resbalaba y tenía gran miedo de dar con la diosa en tierra.

Saliendo de este mal camino llegamos a unos espaciosos y hermosos campos, y he aquí súbitamente a nuestras espaldas una manada de gente de a caballo, corriendo con gran ímpetu, y pegaron muy recio a los sacerdotes, llamándoles sacrílegos y regulares y grandes ladrones, engañadores y falsarios; dándoles buenas puñadas echaron a todos esposas a las manos, y con palabras muy recias les comenzaron a apretar, para que descubriesen dónde llevaban un vaso de oro que habían hurtado, y que dijesen la verdad, porque fingiendo ellos de sacrificar secretamente a la madre de los dioses que allí iba, de su estrado lo hurtaron escondidamente; y pensando escapar de la pena de tan gran traición, se partieron calladamente, antes que amaneciese, de la ciudad.

Diciendo esto, no faltó uno de aquellos caballeros que por encima de mis espaldas metió la mano debajo de las faldas de la que yo traía, y buscando bien halló el vaso de oro, el cual sacó delante de todos.

Pero con este tan gran crimen no se avergonzaron aquellos sucios bellacos, mas antes fingiendo un mentiroso reír, dijeron:

—¡Oh, qué crueldad y sinrazón! Por un vasillo que la madre de los dioses presentó a su hermana Siria, en don de haberla tenido por huésped en su casa, lleváis vosotros a sus sacerdotes presos como a homicidas.

Estas y otras tales mentiras y excusas gritando daban, mas aquellos caballeros, no curando de sus palabras, los tornaron para atrás y los metieron en la cárcel, y el vaso de oro y la diosa que yo llevaba pusieron en el templo de la madre de los dioses.

Al otro día sacáronme a la plaza, y otra vez me pusieron en almoneda, pregonando el pregonero: «¿Quién da más por él?» y un tahonero de un lugar allí cerca me compró por siete dineros más caro que el echacuervos me había comprado; el cual molinero luego me cargó muy bien de trigo, y por un camino lleno de piedras y cuestas me llevó a su tahona. Allí vi muchos caballos y acémilas que traían aquellas muelas en derredor dando vueltas siempre por un camino. Y no solamente de día, pero toda la noche hacían harina, volviendo continuamente aquellas tahonas. Pero como venía de nuevo, porque no me espantase de la novedad de aquel servicio, aposentome el nuevo señor en lugar ancho donde estuviese; aquel primer día que llegué me dejó holgar, dándome muy bien de comer.

Pero aquella bienaventuranza de holgar y comer no duró más adelante, porque al otro día siguiente bien de mañana yo fui ligado a un ingenio de aquellos, que parecía ser el mayor de todos, y cubierta mi cara fui compelido a caminar por aquel espacio redondo de canal torcida de manera que yo retornando y rehollando mis pasos en la redondez de aquel término triste y sin esperanza, y no olvidando mi sagacidad y prudencia, fácilmente me di a la novedad de mi servicio; y también cuando yo era hombre, muchas veces había visto semejantes ingenios.

Mas hallando este oficio muy trabajoso, propuse en mí de hacerme espantadizo y andar para atrás, pensando que como a asno bobo y sin provecho para aquel oficio, me enviarían a otro lugar donde tuviese más liviano trabajo, o por ventura me dejarían holgar.

Pero en balde pensé yo esta astucia dañosa, porque luego muchos de aquellos que allí estaban se pusieron alrededor de mí con varas en las manos; y como yo estaba seguro por tener los ojos tapados, súbitamente con grandes voces me dieron muchos palos, y en tal manera que con aquel ruido me espantaron, que luego dejado todo mi consejo, muy sabiamente, así como estaba ligado con aquellas cinchas de esparto, hice mis discursos y vueltas, alegre, aunque me daban harto trabajo; y con esta súbita mudanza de un extremo a otro, los que allí estaban se finaban de risa.

Ya gran parte del día había muy bien molido, y aun andaba harto desmayado y cansado, cuando me quitaron las cinchas de esparto con que andaba ligado, y lleváronme al pesebre. Pero yo, aunque había bien menester descansar, que casi estaba muerto de hambre, dejando todo refrigerio aparte, me puse a mirar la familia y gente de aquella casa. ¡Oh Dios, y qué hombrecitos había allí, pintados de las señales de los azotes que les daban, las espaldas negras de los palos, con unos enjalmillos más para cobertura que vestidura; otros solamente con paños menores cubiertas sus vergüenzas, y tan rotos, que casi todo se les parecía, herrados en la frente[4] y argollas de hierro en los pies, las cabezas trasquiladas, los ojos pelados y comidas las pestañas del humo y hollín de la casa; por lo cual todos tenían los ojos muy malos y blanqueaban con el polvo de la harina, como luchadores que se polvorean cuando quieren luchar!

Pues de mis compañeros, los otros asnos y acémilas que molían, ¿qué podría decir? ¡Cuán cansados, aquellos machos y jacones flacos, cerca de los pesebres royendo granzones de paja, los pescuezos desollados y llenos de llagas podridas, las narices abiertas para tomar más huelgo, los pechos, del muermo, tosiendo, y de los antepechos que les ponían para moler, todos pelados y llagados, que casi les parecían los huesos, las uñas de pies y manos alzadas hacia arriba de no herrarse, y mancos de andar alderredor, todo el pellejo sarnoso de magrez y flaqueza!

Mirando yo esto, temía de venir en otro tanto, y recordándome de cuando era hombre, y que había venido en tanta desventura, bajada la cabeza, lloraba, y no tenía otro solaz de mi pena, sino que con mi natural ingenio que tenía, me recreaba algo, porque no curando de mi presencia, libremente hacía y hablaba cada uno, delante de mí, lo que quería, por donde yo conocí que, no sin causa, aquel divino autor de la primera poesía[5], deseando mostrar un varón de gran prudencia entre los griegos, celebró y alabó a Ulises haber alcanzado las soberanas virtudes, por haber andado muchas ciudades y conocido diversos pueblos. Así que yo, recordándome de esto, hacía muchas gracias a mi asno, porque me traía encubierto con su figura, ejercitándome por muchos y diversos casos y fortunas, por lo cual si yo no fui prudente, al menos me hizo sabedor de muchas cosas.